El Papa Gregorio XVI declaró:


Un hereje es un bautizado que rechaza un dogma de la Iglesia Católica Romana. Un cismático es quien niega estar en comunión con el Papa verdadero o con los verdaderos católicos. Un apóstata es quien rechaza por completo la fe cristiana. Todos los herejes, cismáticos y apóstatas se separan automáticamente de la Iglesia Católica (Pío XII, encíclica Mistici corporis, 29 de junio de 1943). Por lo tanto, quien es hereje no es católico (Papa León XIII, encíclica Satis cognitum, 29 de junio de 1896). Y la mayoría de los herejes están convencidos que no niegan dogma alguno, cuando en realidad sí lo hacen.


26/09/2007

Solemne Requiem Pontifical

Con motivo de conmemorarse el bicentenario de la muerte Henry Benedict Maria Clement Thomas Francis Xavier Stuart (Enrique IX), Principe y Duque de York, Cardenal-Obispo de Ostia y Belletri, Cardenal-Obispo de Frascati, Deacno del Sagrado Colegio de Cardenales, vice-Canciller de la Santa Iglesia Catolica y Cabeza de la Casa Real de Stuart, se realizo el pasado 23 de septiembre, unSolemne Requiem pontifical, en la iglesia conventual de Eovereing, dec la Orden militar y hospitalaria de San Juan de Jerusalem.

El Requiem Pntifical ( modo "extraordinario del Rito Romano), fue celebrado por uno de los Obispos Auxiliares de Westminster el Obispo Bernard Longley, presentamo a continuacion una seleccion de fotografias de esta inusual celebracion, dado que si como bien lo decia mi buen amigo chileno Soldado Romano con motivo de la entrada en vigencia del Motu Proprio el 14 pasado: "Hace mas 40 años que no se realizaba una misa pontifical en Chile"...figurense lo que es una misa de requiem Pontifical, mas improbable de presenciar aun.
benito

Breve Biografìa:

Enrique IX o Henry Benedict Maria Clement Thomas Francis Xavier Stuart Henry Benedict Stuart (11 de marzo de 1725 – 13 de julio de 1807 ), fue pretendiente a la Corona britanica , hijo segundo del Príncipe Jacobo Estuardo (Jacobo III para sus partidarios), y de Marìa Clementina Sibieski (nieta del Rey Juan III Sobieski de Polonia). Su padre le confirió el título de Duque de York.
Nació en Roma en el 11 de marzo de 1725. y fue bautizado el mismo día por el Papa Benedicto XIII , 37 años después de que su abueloJacobo II de Inglaterra perdiera su trono. Se ordenó de sacerdote en su juventud y llegó a ser nombrado Cardenal en el 30 de junio de 1743 . En 1788 heredó los derechos de la casa de Estuardo al trono británico, debido a que su hermano el Joven Pretendiente (Carlos III) murió sin hijos. También fue consagrado Arzobispo Titular de Corintio el 2 de octubre de 1758 . Falleció sin sucesión en 1807 y fue sepultado en el Vaticano. Sus derechos dinásticos fueron heredados por su lejano pariente Carlos de Saboya, Rey de Cerdeña (Carlos IV).

Pretendía el título de Enrique IX y I, Rey d eInglaterra, Escocia, Francia, e Irlanda.



Los dejo con las fotos

















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Carta desde el más allá

Reproduzco acontnuación un e-mail que me recibi.
Hace un par de años tuve la oportunidad de meditar esta impresionante carta en un retiro ignaciano de silencio.
benito


*Este texto, fuerte y conmovedor, nos lo envia un Sacerdote Jesuita amigo,
quien lo acompaña con la siguiente i ntroducción:*

Este material no es del gusto actual, de la sociedad moderna, por supuesto
del gusto mundano, ni lamentablemente de muchos entre los llamados fieles cristianos. Debemos prestar atención hoy día a esta realidad y verdad de fe definida en la Iglesia Católica, acerca de la existencia del infierno y de su duración eterna. Tristemente, el abandono consciente o inconsciente de su
consideración, está llevando a muchos a negar su existencia, con consecuencias más que lamentables en la conducta y en su ineludible juicio
Divino. Lo que sigue, guste o no, no es argumento para adoptar la conocida
actitud llamada del avestruz, de esconder la cabeza bajo las alas.

Este texto no configura ninguna definición eclesiástica, sino que es sólo un
escrito privado que goza de licencia eclesiástica, para que pueda imprimirse
y por tanto leerse.


*Carta del más allá*

*Testimonio impresionante de un alma condenada, acerca de lo que la llevó al
Inf ierno*

*Imprimatur del original alemán: Brief aus dem Jenseits-Treves,9-11-1953.N.4/53*

*Introducción al texto original*

Dios se comunica con los hombres de muchas maneras. Las Sagradas Escrituras se refieren a muchas comunicaciones divinas hechas a través de visiones y aún de sueños. Los sueños, no siempre son sólo sueños.

La "carta del más allá" que se transcribe seguidamente se refiere a la condenación eterna de una joven. A primera vista parece una historia novelada. Pero considerando las circunstancias se llega a la conclusión de que no deja de tener su fondo histórico, a partir de su sentido moral y su
alcance trascendental.

El original de esta carta fue encontrado entre los papeles de una religiosa fallecida, amiga de la joven condenada. Allí cuenta la monja los acontecimientos de la vida de su compañera como si fueran hechos conocidos y verificados, así como su condenación eterna comunicada en un sueño. La Curia diocesana de Treves (Alemania) autorizó su publicación como lectura
sumamente instructiva.

La "carta del más allá" apareció por primera vez en un libro de revelaciones y profecías, junto con otras narraciones. Fue el Rvdo. Padre Bernhardin Krempel C.P., doctor en teología, quien la publicó por separado y le confirió mayor autoridad al encargarse de probar, en las notas, la absoluta concordancia de la misma con la doctrina católica.

Entre los manuscritos dejados en su convento por una religiosa, que en el mundo se llamó Clara, se encontró el siguiente testimonio:


*El relato de Clara*

Tuve una amiga, Anita. Es decir, éramos muy próximas por ser vecinas y
compañeras de trabajo en la misma oficina M. Más tarde, Ani se casó y no
volví a verla. Desde que nos conocimos, había entre nosotras, en el fondo,
más amabilidad que propiamente amistad. Por eso, sentí muy poco su ausencia
cuando, des pués de su casamiento, ella fue a vivir al barrio elegante de las
villas, lejos del mío.

Durante mis vacaciones en el Lago de Garda (Italia), en septiembre de 1937,
recibí una carta de mi madre en la que me decía: "Anita N murió en un
accidente automovilístico. La sepultaron ayer en Wald Friendhof". Me
impresioné mucho con la noticia. Sabía que mi amiga no había sido
propiamente religiosa. ¿Estaría preparada para presentarse ante Dios? ¿En
qué estado la habría encontrado su muerte súbita? Al día siguiente escuché
misa, comulgué por la intención de Anita, en la casa del pensionado de las
hermanas, donde estaba viviendo. Rezaba fervorosamente por su eterno
descanso, y por esta misma intención ofrecí la Santa Comunión.

Durante todo el día percibí un cierto malestar, que fue aumentando por la
tarde. Dormí inquieta. Me desperté de improviso, escuchando algo así como
una sacudida en la puerta del cuarto. Encendí la luz. El reloj indicaba las
doce y diez minutos. Nada. Tampoco ruidos. Tan solo las olas del Lago de
Garda golpeando monótonas contra el muro del jardín del pensionado. No había
viento. Yo conservaba la impresión de que al despertar encontraría, además
de los golpes de la puerta, un ruido de brisa o viento, parecido al que
producía mi jefe de la oficina, cuando de mal humor tiraba sobre mi
escritorio una carta que lo molestaba. Reflexioné un instante si debía
levantarme. ¡No! Todo no es más que sugestión, me dije. Mi fantasía está
sobresaltada por la noticia de la muerte. Me di vuelta en la cama, recé
algunos Padrenuestros por las ánimas y me dormí de nuevo.

Soñé entonces que me levantaba de mañana, a las 6, yendo a la capilla. Al
abrir la puerta del cuarto, me encontré con una cantidad de hojas de carta.
Levantarlas, reconocer la letra de Anita y dar un grito, fue cosa de un
segundo. Temblando, las sostuve en mis manos. Confieso que quedé tan
aterrorizada que no pude rezar. Apenas respiraba. Nada mejor que huir de
allí, salir al aire libre. Me arreglé rápidamente, puse la carta dentro de
mi cartera y salí en seguida. Subí por el tortuoso camino, entre olivos,
laureles y quintas de la villa, más allá del conocido camino gardesano.

La mañana aparecía radiante. En los días anteriores, yo me detenía cada cien
pasos, maravillada por la vista que ofrecían el lago y la Isla de Garda. El
suavísimo azul del agua me refrescaba; como una niña que mira admirada a su
abuelo, así contemplaba, extasiada, al ceniciento monte Baldo, que se
levanta en la orilla opuesta del lago, hasta los 2.200 metros de altura. Ese
día no tenía ojos para todo eso. Después de caminar un cuarto de hora, me
dejé caer maquinalmente sobre un banco ubicado entre dos cipreses, donde la
víspera había leído con placer "La doncella Teresa". Por primera vez veía en
los cipreses el símbolo de la muerte, algo en lo que antes no había pensado.

Tomé la carta. No tenía firma. Sin la menor duda, estaba escrita por Ani. No
faltaba la gran "s", ni la "t" francesa, a la que se había acostumbrado en
la oficina, para irritar al Sr. G. No era su estilo. Por lo menos, no era
así como hablaba de costumbre. Lo habitual en ella era la conversación
amable, la risa, subrayada por los ojos azules y su graciosa nariz...Sólo
cuando discutíamos asuntos religiosos se volvía mordaz y caía en el tono
rudo de la carta. Yo misma me siento envuelta por su excitada cadencia. Hela
aquí, la Carta del Más Allá de Anita N., palabra por palabra, tal como la
leí en el sueño.


*La Carta*

CLARA, NO RECES POR MÍ, ESTOY CONDENADA. Si te doy este aviso - es más, voy
a hablarte largamente sobre esto - no creas que lo hago por amistad. Quienes
estamos aquí ya no amamos a nadie. Lo hago como obligada. Es parte de la
obra "de esa potencia q ue siempre quiere el mal y realiza el bien". En
realidad, me gustaría verte aquí, adonde llegué para siempre. No te extrañes
de mis intenciones. Aquí, todos pensamos así. Nuestra voluntad está
petrificada en el mal, es decir, en aquello que ustedes consideran "mal".
Aún cuando pueda hacer algo "bien" (como yo lo hago ahora, abriéndote los
ojos ante el infierno), no lo hago con recta intención.

¿Recuerdas? Hace cuatro años que nos conocimos, en M. Tenías 23 años y ya
trabajabas en el escritorio desde seis meses antes, cuando yo ingresé.
Varias veces me sacaste de apuros. Con frecuencia me dabas buenos avisos que
a mí, principiante, me venían muy bien. Pero, ¿qué es "bueno"? Yo ponderaba,
en aquel entonces, tu "caridad". Ridículo... Tus ayudas eran pura
ostentación, algo que desde entonces sospechaba.

Aquí, no reconocemos bien alguno en absolutamente nadie. Pero ya que
conociste mi juventud, es el momento de llenar algunas l agunas. De acuerdo
con los planes de mis padres, yo nunca tendría que haber existido. Por un
descuido se produjo la desgracia de mi concepción. Mis hermanas tenían 14 y
16 años cuando vine al mundo. ¡Ojalá no hubiera nacido! Ojalá pudiera ahora
aniquilarme, huir de estos tormentos! No hay placer comparable al de acabar
mi existencia, así como se reduce a cenizas un vestido, sin dejar vestigios.
Pero es necesario que exista. Es preciso que yo sea tal como me he hecho:
con el fracaso total de la finalidad de mi existencia.

Cuando mis padres, entonces solteros, se mudaron del campo a la ciudad,
perdieron el contacto con la Iglesia. Era mejor así. Mantenían relaciones
con personas desvinculadas de la religión. Se conocieron en un baile, y se
vieron "obligados" a casarse seis meses después. En la ceremonia nupcial,
recibieron solo unas gotas de agua bendita, las suficientes para atraer a
mamá a la misa dominical unas pocas veces al año . Ella nunca me enseñó
verdaderamente a rezar. Todo su esfuerzo se agotaba en los trabajos
cotidianos de la casa, aunque nuestra situación no era mala. Palabras como
rezar, misa, agua bendita, iglesia, sólo puedo escribirlas con íntima
repugnancia, con incomparable repulsión. Detesto profundamente a quienes van
a la Iglesia y, en general, a todos los hombres y a todas las cosas. Todo es
tormento. Cada conocimiento recibido, cada recuerdo de la vida y de lo que
sabemos, se convierte en una llama incandescente.

Y todos estos recuerdos nos muestran las oportunidades en que despreciamos
una gracia. Cómo me atormenta esto! No comemos, no dormimos, no andamos
sobre nuestros pies. Espiritualmente encadenados, los réprobos contemplamos
desesperados nuestra vida fracasada, aullando y rechinando los dientes,
atormentados y llenos de odio. ¿Entiendes? Aquí bebemos el odio como si
fuera agua. Nos odiamos unos a otros. Más que a nada, odiamos a Dios. Quiero
que lo comprendas. Los bienaventurados en el cielo deben amar a Dios, porque
lo ven sin velos, en su deslumbrante belleza. Esto los hace
indescriptiblemente felices. Nosotros lo sabemos, y este conocimiento nos
enfurece. Los hombres, en la tierra, que conocen a Dios por la Creación y
por la Revelación, pueden amarlo. Pero no están obligados a hacerlo.

El creyente - te lo digo furiosa - que contempla, meditando, a Cristo con
los brazos abiertos sobre la cruz, terminará por amarlo. Pero el alma a la
que Dios se acerca fulminante, como vengador y justiciero porque un día fue
repudiado, como ocurrió con nosotros, ésta no podrá sino odiarlo, como
nosotros lo odiamos. Lo odia con todo el ímpetu de su mala voluntad. Lo odia
eternamente, a causa de la deliberada resolución de apartarse de Dios con la
que terminó su vida terrenal. Nosotros no podemos revocar esta perversa
voluntad, ni jamás querríamos hacerlo.

¿C omprendes ahora por qué el infierno dura eternamente? Porque nuestra
obstinación nunca se derrite, nunca termina. Y contra mi voluntad agrego que
Dios es misericordioso, aún con nosotros. Digo "contra mi voluntad" porque,
aunque diga estas cosas voluntariamente, no se me permite mentir, que es lo
que querría. Dejo muchas informaciones en el papel contra mis deseos. Debo
también estrangular la avalancha de palabrotas que querría vomitar. Dios fue
misericordioso con nosotros porque no permitió que derramáramos sobre la
tierra el mal que hubiéramos querido hacer. Si nos lo hubiera permitido,
habríamos aumentado mucho nuestra culpa y castigo. Nos hizo morir antes de
tiempo, como hizo conmigo, o hizo que intervinieran causas atenuantes.

Dios es misericordioso, porque no nos obliga a aproximarnos a El más de lo
que estamos, en este remoto lugar infernal. Eso disminuye el tormento. Cada
paso más cerca de Dios me causaría una aflicción mayor que la que te
produciría un paso más rumbo a una hoguera.

Te desagradé un día al contarte, durante un paseo, lo que dijo mi padre
pocos días antes de mi comunión: "Alégrate, Anita, por el vestido nuevo; el
resto no es más que una burla". Casi me avergüenzo de tu desagrado. Ahora me
río. Lo único razonable de toda aquella comedia era que se permitiera
comulgar a los niños a los doce años. Yo ya estaba, en aquel entonces,
bastante poseída por el placer del mundo. Sin escrúpulos, dejaba a un lado
las cosas religiosas. No tomé en serio la comunión. La nueva costumbre de
permitir a los niños que reciban su primera comunión a los 7 años nos
produce furor. Empleamos todos los medios para burlarnos de esto, haciendo
creer que para comulgar debe haber comprensión. Es necesario que los niños
hayan cometido algunos pecados mortales. La blanca Hostia será menos
perjudicial entonces, que si la recibe cuando la fe, la esperan za y el amor,
frutos del bautismo - escupo sobre todo esto - todavía están vivos en el
corazón del niño.

¿Te acuerdas que yo pensaba así cuando estaba en la tierra? Vuelvo a mi
padre. Peleaba mucho con mamá. Pocas veces te lo dije, porque me
avergonzaba. Qué cosa ridícula la vergüenza! Aquí, todo es lo mismo. Mis
padres ya no dormían en el mismo cuarto. Yo dormía con mamá, papá lo hacía
en el cuarto contiguo, donde podía volver a cualquier hora de la noche.
Bebía mucho y se gastó nuestra fortuna. Mis hermanas estaban empleadas,
decían que necesitaban su propio dinero. Mamá comenzó a trabajar. Durante el
último año de su vida, papá la golpeó muchas veces, cuando ella no quería
darle dinero. Conmigo, él siempre fue amable. Un día te conté un capricho
del que quedaste escandalizada. ¿Y de qué no te escandalizaste de mí? Cuando
devolví dos veces un par de zapatos nuevos, porque la forma de los tacos no
era bastante moderna.

En la noche en que papá murió, víctima de una apoplejía, ocurrió algo que
nunca te conté, por temor a una interpretación desagradable. Hoy, sin
embargo, debes saberlo. Es un hecho memorable: por primera vez, el espíritu
que me atormenta se acercó a mí. Yo dormía en el cuarto de mamá. Su
respiración regular revelaba un sueño profundo. Entonces, escuché pronunciar
mi nombre. Una voz desconocida murmuró: "¿Qué ocurrirá si muere tu padre?"

Ya no lo quería a papá, desde que había empezado a maltratar a mi madre. En
realidad, no amaba absolutamente a nadie: sólo tenía gratitud hacia algunas
personas que eran bondadosas conmigo. El amor sin esperanza de retribución
en esta tierra solamente se encuentra en las almas que viven en estado de
gracia. No era ése mi caso. "Ciertamente, él no morirá", le respondí al
misterioso interlocutor. Tras una breve pausa, escuché la misma pregunta.
"El no va a morir!", repliqué con brusquedad.
Por tercera vez, me preguntaron: "Qué ocurrirá si muere tu padre?". Me
representé en ese momento en la imaginación el modo como mi padre volvía
muchas veces: medio ebrio, gritando, maltratando a mamá, avergonzándonos
frente a los vecinos. Entonces, respondí con rabia: "Bien, es lo que se
merece. ¡Que muera!". Después, todo quedó en silencio.

A la mañana siguiente, cuando mamá fue a ordenar el cuarto de papá, encontró
la puerta cerrada. Al mediodía, la abrieron por la fuerza. Papá,
semidesnudo, estaba muerto sobre la cama. Al ir a buscar cerveza al sótano,
debió sufrir una crisis mortal. Desde hacía tiempo que estaba enfermo.
(¿Habrá hecho depender Dios de la voluntad de su hija, con la que el hombre
fue bondadoso, la obtención de más tiempo y ocasión de convertirse?).

Marta K. y tú me hicieron ingresar en la asociación de jóvenes. Nunca te
oculté que consideraba demasiado "parroquiales" las instrucciones de las dos
directoras, las señoritas X. Los juegos eran bastante divertidos. Como
sabes, llegué en poco tiempo a tener allí un papel preponderante. Eso era lo
que me gustaba. También me gustaban las excursiones. Llegué a dejarme llegar
algunas veces a confesar y comulgar. Para decir la verdad, no tenía nada
para confesar. Los pensamientos y las palabras no significaban nada para mí.
Y para acciones más groseras todavía no estaba madura.

Un día me llamaste la atención: "Ana, si no rezas más, te perderás".
Realmente, yo rezaba muy poco, y ese poco siempre a disgusto, de mala
voluntad. Sin duda tenías razón. Los que arden en el infierno o no rezaron,
o rezaron poco. La oración es el primer paso para llegar a Dios. Es el paso
decisivo. Especialmente la oración a Aquella que es la madre de Cristo, cuyo
nombre no nos es lícito pronunciar. La devoción a Ella arranca innumerables
almas al demonio, almas a las que sus pecados las habrían lanzado
infaliblemente en sus m anos.

Furiosa continúo, porque estoy obligada a hacerlo, aunque no aguanto más de
tanta rabia. Rezar es lo más fácil que se puede hacer en la tierra. Y
justamente de esto, que es facilísimo, Dios hace depender nuestra salvación.
Al que reza con perseverancia, paulatinamente Dios le da tanta luz, y lo
fortalece de tal modo, que hasta el más empedernido pecador puede
recuperarse, aunque se encuentre hundido en un pantano hasta el cuello.
Durante los últimos años de mi vida ya no rezaba más, privándome así de las
gracias, sin las que nadie se puede salvar.

Aquí, no recibimos ningún tipo de gracia. Aunque la recibiéramos, la
rechazaríamos con escarnio. Todas las vacilaciones de la existencia terrenal
terminaron en esta otra vida. En la tierra, el hombre puede pasar del estado
de pecado al estado de gracia. De la gracia, se puede caer al pecado. Muchas
veces caí por debilidad; pocas, por maldad. Con la muerte, cada uno entra en
un estado final, fijo e inalterable. A medida que se avanza en edad, los
cambios se hacen más difíciles. Es cierto que uno tiene tiempo hasta la
muerte para unirse a Dios o para darle las espaldas. Sin embargo, como si
estuviera arrastrado por una correntada, antes del tránsito final, con los
últimos restos de su voluntad debilitada, el hombre se comporta según las
costumbres de toda su vida.

El hábito, bueno o malo, se convierte en una segunda naturaleza. Es ésta la
que lo arrastra en el momento supremo. Así ocurrió conmigo. Viví años
enteros apartada de Dios. En consecuencia, en el último llamado de la
gracia, me decidí contra Dios. La fatalidad no fue haber pecado con
frecuencia, sino que no quise levantarme más. Muchas veces me invitaste para
que asistiera a las predicaciones o que leyera libros de piedad. Mis excusas
habituales eran la falta de tiempo. ¿Acaso podría querer aumentar mis dudas
interiores? Finalmente, teng o que dejar constancia de lo siguiente: al
llegar a este punto crítico, poco antes de salir de la "Asociación de
Jóvenes", me habría sido muy difícil cambiar de rumbo. Me sentía insegura y
desdichada. Pero frente a la conversión se levantaba una muralla.

No sospechaste que fuera tan grave. Creías que la solución era tan simple,
que un día me dijiste: "Tienes que hacer una buena confesión, Ani, todo
volverá a ser normal". Me daba cuenta que sería así. Pero el mundo, el
demonio y la carne, me retenían demasiado firme entre sus garras. Nunca creí
en la influencia del demonio. Ahora, doy testimonio de que el demonio actúa
poderosamente sobre las personas que están en las condiciones en que yo me
encontraba entonces. Sólo muchas oraciones, propias y ajenas, junto con
sacrificios y sufrimientos, podrían haberme rescatado. Y aún esto, poco a
poco.

Si bien hay pocos posesos corporales, son innumerables los que están
poseídos intern amente por el demonio. El demonio no puede arrebatar el libre
albedrío de los que se abandonan a su influencia. Pero, como castigo por su
casi total apostasía, Dios permite que el "maligno" se anide en ellos. Yo
también odio al demonio. Sin embargo, me gusta, porque trata de arruinarlos
a todos ustedes: él y sus secuaces, los ángeles que cayeron con él desde el
principio de los tiempos. Son millones, vagando por la tierra. Innumerables
como enjambres de moscas; ustedes no los perciben. A los réprobos no nos
incumbe tentar: eso les corresponde a los espíritus caídos.

Cada vez que arrastran una nueva alma al fondo del infierno, aumentan aún
más sus tormentos. Pero, ¡de qué no es capaz el odio! Aunque andaba por
caminos tortuosos, Dios me buscaba. Yo preparaba el camino para la gracia,
con actos de caridad natural, que hacía muchas veces por una inclinación de
mi temperamento. A veces, Dios me atraía a una Iglesia. Allí, sentía una
cierta nostalgia. Cuando cuidaba a mi madre enferma, a pesar de mi trabajo
en la oficina durante el día, haciendo un sacrificio de verdad, los
atractivos de Dios actuaban poderosamente. Una vez fue en la capilla del
hospital, adonde me llevaste durante el descanso del mediodía. Quedé tan
impresionada, que estuve sólo a un paso de mi conversión. Lloraba. Pero, en
seguida, llegaba el placer del mundo, derramándose como un torrente sobre la
gracia. Las espinas ahogaron el trigo. Con la explicación de que la religión
es sentimentalismo, como siempre se decía en la oficina, rechacé también
esta gracia, como todas las otras.

En otra ocasión, me llamaste la atención porque, en lugar de una genuflexión
hasta el piso, hice solamente una ligera inclinación con la cabeza. Pensaste
que eso lo hacía por pereza, sin sospechar que, ya entonces, había dejado de
creer en la presencia de Cristo en el Sacramento. Ahora creo, aunque sólo
materia lmente, tal como se cree en la tempestad, cuyas señales y efectos se
perciben. En este interín, me había fabricado mi propia religión. Me gustó
la opinión generalizada en la oficina, de que después de la muerte el alma
volvería a este mundo en otro ser, reencarnándose sucesivamente, sin llegar
nunca al fin.

Con esto, estaba resuelto el angustiante problema del más allá. Imaginé
haberlo hecho inofensivo. ¿Por qué no me recordaste la parábola del rico
Epulón y del pobre Lázaro, en la que el narrador, Cristo, envió después de
la muerte a uno al infierno y al otro al Cielo? Pero, ¿qué habrías
conseguido? No mucho más de lo que conseguiste con todos tus otros discursos
beatos. Poco a poco me fui fabricando un dios: con atributos suficientes
para ser llamado así. Bastante lejos de mí, como para que no me obligara a
tener relaciones con él. Suficientemente confuso, como para poder
transformarlo a mi antojo. De este modo, sin cambia r de religión, yo podía
imaginarlo como el dios panteísta del mundo o pensarlo, poéticamente, como
un dios solitario.

Este "dios" no tenía Cielo para premiarme, ni infierno para asustarme. Yo lo
dejaba en paz. En esto consistía mi culto de adoración. Es fácil creer en lo
que agrada. Con el transcurso de los años, estaba bastante persuadida de mi
religión. Se vivía bien así, sin molestias. Sólo una cosa podría haber roto
mi suficiencia: un dolor profundo y prolongado. Pero este sufrimiento no
llegó. ¿Comprendes ahora el significado de "Dios castiga a aquellos que
ama"? Durante un domingo de julio, la Asociación de Jóvenes organizaba un
paseo de A. Me gustaban las excursiones, pero no los discursos insípidos y
demás beaterías. Otra imagen, muy diferente de la de Nuestra Señora de las
Gracias de A., estaba desde hacía poco en el altar de mi corazón. Era el
distinguido Max, del almacén de al lado. Ya habíamos conversado
entreten idos, varias veces. Justamente ese domingo me invitó a pasear. La
otra, con la que acostumbraba a salir, estaba enferma en el hospital.

El había comprendido que lo miraba mucho. Pero yo no pensaba en casarme
todavía. Su posición económica era muy buena, pero también demasiado amable
con todas las otras jovencitas. En aquel entonces yo quería un hombre que me
perteneciera exclusivamente, como única mujer. Siempre conservé una cierta
educación natural. (Eso es verdad. A pesar de su indiferencia religiosa, Ani
tenía algo noble en su persona. Me desconcierta que también las personas
"honestas" puedan caer en el infierno, si son deshonestas al huir del
encuentro con Dios).

En ese paseo, Max me colmó de amabilidades. Nuestras conversaciones, es
claro, no eran sobre la vida de los santos, como las de ustedes. Al día
siguiente, en la oficina, me reprendiste por no haber ido al paseo de la
Asociación. Cuando te conté mi diversión del d omingo, tu primera pregunta
fue: "¿Escuchaste Misa?". Tonta! ¿Cómo podríamos ir a Misa si salimos a las
6 de la mañana? Me acuerdo que, muy exaltada, te dije: "El buen Dios no es
tan mezquino como lo son los curas". Ahora debo confesar que Dios, a pesar
de su infinita bondad, considera todo con más seriedad que todos los
sacerdotes juntos. Después de este primer paseo con Max, fui solamente una
vez más a la Asociación, en las fiestas de Navidad. Algunas cosas me
atraían. Pero en mi interior, ya me había separado de todas ustedes.

Los bailes, el cine, los paseos, continuaban. A veces peleábamos con Max,
pero yo sabía cómo retenerlo. Odié mucho a mi rival que, al salir del
hospital, se puso furiosa. En realidad, eso me favoreció. La calma
distinguida que yo mostraba produjo una gran impresión en Max, que se
inclinó definitivamente por mí. Conseguí encontrar la forma de denigrarla.
Me expresaba con calma: por fuera, realidades objet ivas, por dentro,
vomitando hiel. Estos sentimientos y actitudes conducen rápidamente al
infierno. Son diabólicos, en el sentido estricto del término. ¿Por qué te
cuento todo esto? Para explicarte que así me aparté definitivamente de Dios.
En realidad, Max y yo no llegamos muchas veces al extremo de la
familiaridad. Me daba cuenta que me rebajaría a sus ojos si le concedía toda
la libertad antes de tiempo. Por eso, supe controlarme. Realmente, yo estaba
siempre dispuesta para todo lo que consideraba útil. Tenía que conquistar a
Max. Para eso, ningún precio era demasiado alto.

Nos fuimos amando poco a poco, porque ambos teníamos valiosas cualidades que
podíamos apreciar mutuamente. Yo era habilidosa, eficiente, de trato
agradable. Retuve a Max con firmeza y conseguí, al menos durante los últimos
meses antes del casamiento, ser la única que lo poseía. En eso consistió mi
apostasía, en hacer mi dios con una criatura. En ningu na otra cosa puede
realizarse más plenamente la apostasía como en el amor a una persona del
otro sexo, cuando ese amor se ahoga en la materia. Esto es su encanto, su
aguijón y su veneno. La "adoración" que tenía por Max se convirtió en mi
religión. En ese tiempo, en la oficina, yo arremetía virulentamente contra
los curas, los fieles, las indulgencias, los rosarios y demás estupideces.

Trataste de defender con una cierta inteligencia todo lo que yo atacada,
aunque quizás sin sospechar que en realidad el problema no estaba en esas
cosas. Lo que yo buscaba era un punto de apoyo. Todavía lo necesitaba para
justificar racionalmente mi apostasía. Estaba sublevada contra Dios. No te
dabas cuenta. Creías que todavía era católica. Por otra parte, yo quería ser
llamada así; inclusive pagaba la contribución para el culto. Porque un
cierto "reaseguro" nunca viene mal. Es posible que tus respuestas a veces
dieran en el blanco. Pero no me al canzaban, porque no te concedía razón. A
raíz de estas relaciones sobre bases falsas, fue pequeño el dolor de nuestra
separación, con motivo de mi casamiento.

Antes de casarme, me confesé y comulgué una vez más. Era una formalidad. Mi
marido pensaba igual. Si era una formalidad, ¿por qué no cumplirla? Ustedes
dicen que una comunión así es "indigna". Bien, después de esa comunión
"indigna", logré un cierto sosiego en mi conciencia. Esa comunión fue la
última. Nuestra vida conyugal transcurría, en general, en armonía. En casi
todos los puntos teníamos la misma opinión. También en esto: no queríamos
cargar con hijos. En realidad, mi marido quería tener uno, uno solo,
naturalmente. Finalmente conseguí que él renunciara a ese deseo. Lo que más
me gustaba eran los vestidos, los muebles lujosos, las reuniones mundanas,
los paseos en automóvil y otras distracciones. Fue un año de placer el que
medió entre mi casamiento y mi muerte repe ntina.

Todos los domingos íbamos a pasear en auto o visitábamos a los parientes de
mi marido. Me avergonzaba de mi madre. Esos parientes se destacaban en la
vida social, igual que nosotros. Pero en mi interior, sin embargo, nunca fui
feliz. Había algo indeterminado que me corroía. Mi deseo era que, al llegar
la muerte - la que sin duda demoraría mucho todavía - todo acabara. Ocurría
tal como yo lo había escuchado de niña, durante una plática: Dios recompensa
en este mundo toda obra buena que se haga. Si no puede premiarla en la otra
vida, lo hace en la tierra. Inesperadamente, recibí una herencia de la tía
Lote. Mi marido tuvo la suerte de ver sus ingresos notablemente aumentados.
Así pude instalar, confortablemente, una casa nueva.

Mi religión estaba muriendo, como un resplandor crepuscular en un firmamento
lejano. Los bares de la ciudad, los hoteles y los restaurantes por los que
pasábamos en nuestros viajes, no nos acerc aban a Dios. Todos los que los
frecuentaban vivían como nosotros: de fuera hacia adentro, no de dentro
hacia afuera. Si durante los viajes de vacaciones visitábamos una célebre
catedral, tratábamos de divertirnos con el valor artístico de sus obras
primas. Los sentimientos religiosos que irradiaban - especialmente las
iglesias medievales - yo los neutralizaba criticando circunstancias
accesorias de un hermano lego que nos guiaba, criticaba su negligencia en el
aseo, criticaba el comercio de los piadosos monjes que fabricaban y vendían
licor, criticaba el eterno repique de campanas llamando a los sagrados
oficios, diciendo que el único fin era ganar dinero...

Así era como conseguía apartar a la gracia, cada vez que me llamaba.
Especialmente descargaba mi mal humor frente a algunas pinturas de la Edad
Media representando al Infierno en libros, cementerios y otros lugares. Allí
el demonio asaba a las almas sobre fuego rojo o amarillo , mientras sus
compañeros, con largas colas, le traen más víctimas. Clara, el infierno
puede ser dibujado, pero nunca exagerado! Siempre me burlaba del fuego del
infierno. Acuérdate de una conversación durante la cual te puse un fósforo
encendido bajo la nariz, preguntándote: "¿Así huele?"

Apagaste en seguida la llama. Aquí nadie consigue hacerlo. Te digo más: el
fuego del que habla la Biblia no es el tormento de la consciencia. Fuego es
fuego! Debe ser interpretado al pie de la letra cuando Aquel dijo: "Apartáos
de mí, malditos, id al fuego eterno". Al pie de la letra! ¿Y cómo puede ser
tocado un espíritu por el fuego material? Preguntarás. ¿Y cómo puede sufrir
tu alma, en la tierra, si pones el dedo sobre una llama? Tampoco tu alma se
quema, mientras tanto el dolor lo sufre todo el individuo. Del mismo modo,
nosotros estamos aquí espiritualmente presos al fuego de nuestro ser y de
nuestras facultades. Nuestra alma carece de l a agilidad que le sería
natural; no podemos pensar ni querer lo que querríamos.

No te sorprendas de mis palabras. Es un misterio contrario a las leyes de la
naturaleza material: el fuego del infierno quema sin consumir. Nuestro mayor
tormento consiste en saber que nunca veremos a Dios. ¿Cómo puede
atormentarnos tanto esto, si en la tierra nos era indiferente? Mientras el
cuchillo está sobre la mesa, no te impresiona. Le ves el filo, pero no lo
sientes. Pero si el cuchillo entra en tus carnes, gritarás de dolor. Ahora,
sentimos la pérdida de Dios. Antes, sólo pensábamos en ella.

No todas las almas sufren igual. Cuanto mayor fue la maldad, cuanto más
frívolo y decidido, tanto más le pesa al condenado la pérdida de Dios, tanto
más lo sofoca la criatura de que abusó. Los católicos que se condenan sufren
más que los de otras religiones, porque recibieron y desaprovecharon, por lo
general, más luces y mayores gracias. Los que tuvieron mayores conocimientos
sufren más duramente que los que tuvieron menos. El que pecó por maldad
sufre más que el que cayó por debilidad. Pero ninguno sufre más de lo que
mereció. Oh, si esto no fuera verdad, tendría un motivo para odiar!

Un día me dijiste: nadie va al infierno sin saberlo. Eso le habría sido
revelado a una santa. Yo me reía, mientras me atrincheraba en esta
reflexión: "siendo así, siempre tendré tiempos suficiente para volver
atrás". Esta revelación es exacta. Antes de mi muerte repentina, es verdad,
no conocía al infierno tal como es. Ningún ser humano lo conoce. Pero estaba
perfectamente enterada de algo: "Si mueres, me decía, entrarás en la
eternidad como una flecha, directamente contra Dios; habrá que aguantar las
consecuencias". Como te dije, no volví atrás. Perseveré en la misma
dirección, arrastrada por la costumbre, con la que los hombres actúan cuanto
más envejecen.

Mi muerte oc urrió así: Hace una semana - digo según las cuentas que llevan
ustedes, porque si calculara por mis dolores, podría estar ardiendo en el
infierno desde hace diez años - mi marido y yo salimos en otra excursión
dominguera, que fue la última para mí. El día estaba radiante de sol. Me
sentía muy bien, como pocas veces. Sin embargo, me traspasaba un
presentimiento siniestro. Inesperadamente, en el viaje de regreso, mi marido
y yo fuimos enceguecidos por los faros de un automóvil que venía en sentido
contrario, a gran velocidad. Max perdió el control del vehículo. Jesús! Se
escapó de mis labios, no como oración sino como grito. Sentí un dolor
aplastante: comparado con el tormento actual, una bagatela. Después perdí el
sentido.

¡Qué extraño! Aquella misma mañana, sin explicación, había surgido en mi
mente este pensamiento. "Por una vez, podrías ir a Misa". Era como una
súplica. Un "¡no!" claro y decidido cortó el curso de la idea. "Con esas<>cosas tengo que terminar definitivamente". Es decir, asumí todas las
consecuencias. Ahora las soporto.

Lo que ocurrió después de mi muerte lo sabes. La suerte de mi marido, de mi
madre, lo que ocurrió con mi cadáver, mi entierro, lo sé por una intuición
natural que tenemos todos los que estamos aquí. Del resto de lo que ocurre
en el mundo poseemos un conocimiento confuso. Sabemos lo que se refiere a
nosotros. De este modo veo el lugar donde vives. Desperté de improviso en el
momento de mi muerte. Me encontré inundada por una luz ofuscante. Era el
mismo sitio donde había caído mi cadáver. Sucedió como en el teatro, cuando
se apagan las luces de la sala, sube el telón y aparece una escena
trágicamente iluminada. La escena de mi vida. Como en un espejo, mi alma se
mostró a sí misma. Vi las gracias despreciadas y pisoteadas, desde mi
juventud hasta el último "no" frente a Dios.

Me sentí como un asesino, al que llevan ante el tr ibunal para ver a la
víctima exánime. ¿Arrepentirme? ¡Nunca! ¿Avergonzarme? ¡Jamás!

Mientras tanto, no conseguía permanecer bajo la mirada de Dios, a quien
rechazaba. Sólo tenía una salida: la fuga. Así como Caín huyó del cadáver de
Abel, así mi alma se proyectó lejos de esta visión de horror.

Este era el Juicio particular.

Habló el invisible juez: "APÁRTATE DE MI". De inmediato mi alma, como una
sombra amarilla de azufre, se despeñó al lugar del eterno tormento.


*Epílogo de Clara:*

Así terminó la carta de Anita sobre el Infierno. Las últimas palabras eran
casi ilegibles, tan torcidas estaban las letras. Cuando terminé de leer la
última línea, la carta se convirtió en cenizas. ¿Qué es lo que escucho? En
medio de los duros términos de las palabras que imaginaba haber leído,
resonó el dulce tañido de una campana. Me desperté de inmediato. Estaba
acostada en mi cuarto. La luz matinal entraba por la ventana. Las campanadas
de las Avemarías llegaban de la iglesia parroquial. ¿Todo había sido un
sueño?

Nunca había sentido antes en el Angelus tanto consuelo como después de ese
sueño. Lentamente, fui rezando las oraciones. Entonces comprendí: la bendita
Madre del Señor quiere defenderte. Venera a María filialmente, si no quieres
tener el destino que te contó - aunque fuera en sueños - un alma que jamás
verá a Dios. Temblando todavía por la visión nocturna, me levanté, me vestí
con prisa y huí a la capilla de la casa. Mi corazón palpitaba con violencia.
Los huéspedes que estaban más cerca me miraban con preocupación. Quizás
pensaban que estaba agitada por correr escaleras abajo.

Una bondadosa señora de Budapest, un alma sacrificada, pequeña como una
niña, miope, aún fervorosa en el servicio de Dios, de gran penetración
espiritual, me dijo por la tarde en el jardín: "Señorita, Nuestro Señor no
quiere ser servido con excitación". Pero ella advertía que otra cosa me
había excitado y aún me preocupaba. Agregó, bondadosamente: "Nada te turbe -
conoces el aviso de Santa Teresa - nada te espante. Todo pasa. Quien a Dios
tiene, nada le falta. Sólo Dios basta". Mientras susurraba esto, sin adoptar
un aire magisterial, parecía estar leyendo mi alma.

"Sólo Dios basta". Sí, El ha de bastarme, en éste o en el otro mundo. Quiero
poseerlo allí un día, por más sacrificios que tenga que hacer aquí para
vencer. No quiero caer en el infierno.

*Algunas consideraciones finales*

Quizás no como objeción, pero no puede eludirse una pregunta: ¿Cómo puede
haber recordado Clara con tal precisión todas las palabras de la carta de la
condenada? Respondemos: quien hace lo más, puede hacer lo menos. Quien
comienza una obra, puede también concluirla. Si la manifestación de
ultratumba es un hecho preternatural, Clara debe haber tenido también una
asistencia preternatural para e scribir con exactitud todas las palabras
leídas durante la visión.

La eternidad de las penas del infierno es un dogma. Seguramente, el más
terrible de todos. Tiene su fundamento en las Sagradas Escrituras. Ver San
Mateo XXV, 41 y 46; II a los Tesalonicenses, 1, 9; Judith XIII; Apocalipsis
XIV, 11 y XX, 10; todos estos textos son irrefutables, en los que la
expresión "eterno" no puede interpretarse como "largo o prolongado". De la
conveniencia de ilustrar este dogma con un caso particular, nos da ejemplo
Nuestro Señor Jesucristo en la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro.
Allí se encuentra una descripción del infierno y del peligro de caer en él.
No es otra la intención de este trabajo. Expresa también nuestra finalidad
el siguiente consejo: "Hágamos oración mientras estemos vivos, obedezcamos las peticiones de nuestra Madre en Fátima, Consagrarnos a su Inmaculado Corazón y rezar el Rosario todos los días, hacer sacrificios y penitencia en reparación de nuestros pecados y de los desdichados que pueden estar a punto de caer en el infierno" No nos dejemos atrapar por las nuevas teorías de que el infierno no existe, o que está vacío, hay muchos testimonios de "vida después de la muerte que nos traen noticias como esta" UNA ETERNIDAD EN EL CIELO, O UNA ETERNIDAD EN EL INFIERNO, ES LO QUE NOS ESTAMOS JUGANDO. Seamos INTELIGENTES

22/09/2007

¿Director espiritual o "dictador "espiritual?

NOTA DE benito

He recojido con mucho agrado el presente articulo, el cual aclara cual es la funcion de director espiritual, y lo he querido reproducir con la clara intencion de "destaparle los filtros" a un par de jovenes que he conocido y que en alguna ocacion llegaron a manifestar que : LA VOZ DEL DIRECTOR ESPIRITUAL ES LA VOZ DE DIOS ( fracesita obviamente pontificada por algun venerable padrecito de aquellos que visten pulclo cleryman alternadamente con una sotana que con el pasar de los años curiosamente siempre es la misma y siempre esta nueva).
Querria decir esa frace que Dios tiene tantos "vicarios" en la tierra como "curitas pretenciosos existen", por lo que tambien se podria deducir que en cada uno de ellos se autoerije una suerte de iglesia personal, como veran ya cruzamos el umbral de la herejia y si seguimos deduciendo, podriamos llegar hasta el mismo infierno asi es que pararemos acá.
De acuerdo a la R.A.E. director espiritual es el sacerdote que aconseja en asuntos de conciencia a alguien., y la misma R.A.E. define dictador como la persona que abusa de su autoridad o trata con dureza a los demas.
Los dejo con las definiciones que hoy por hoy se encuentran tan en desuso y que por lo general inciden en la asignacion de diferentes y personales significados tanto a fraces como palabras.



En muchas ocasiones he escuchado expresiones como estas vertidas por jóvenes de ambos sexos:
- Mi director espiritual me dijo que me pusiera de novio.
- Mi director espiritual me dijo que tengo vocación.
- Mi director espiritual me dijo que siguiera tal carrera universitaria.
- Le consulté a mi director espiritual y me dijo que me convenía ponerme de novia con Tal chico.
- Mi director espiritual no me deja ir a Tal lugar.
e così via…
Cuando indago un poco más, en casi todos los casos, descubro que los “directores espirituales” son jóvenes sacerdotes que no superan los 30 o 35 años. Reconozco que he quedado asombrado por tamaña audacia de los jóvenes presbíteros y por tamaña ingenuidad de los jóvenes dirigidos. Así las cosas, se presentan dos problemas para discutir. Empecemos entonces por el más fácil, aunque previamente conviene hacer una aclaración fundamental. Cuando se habla en esta ocasión de Director Espiritual y de Dirigido no hago referencia, por cierto, a la dirección espiritual tal como tradicionalmente la entendió la espiritualidad cristiana y que, paradigmáticamente, podríamos verla reflejada en los Padres del Desierto. No es al caso de abba Antonio o abba Arsenio ni de sus discípulos del éremo egipcio, ni de los starets o “padres” en el sentido más pleno del término que poblaron los siglos posteriores. De modo tal que mi crítica no es a esta venerable institución sino a su deformación.
Por parte de los dirigidos, si son jóvenes, es bastante comprensible la actitud de pasiva sumisión a los graves dictámenes presbiterales. Consiste, ni más ni menos, en el lógico y natural proceso de evitar la angustia de la libertad de la que tan bien escribió Kierkegaard. Toda situación de libertad, es decir, de saberse causa sui, de ser dueño de los propios actos y de las propias decisiones, lo cual implica no sólo una elección puntual sino, en cierto modo, una elección de vida y una elección de sí mismo, produce angustia. Es mejor, en ese sentido, no ser libre. No sólo nos ahorraríamos el temor al fracaso sino también el pecado, como bien decía Simone Weil. Toda decisión lleva consigo, inexorablemente, la sombra del fracaso, y la posibilidad del fracaso angustia. En cambio, si puedo liberarme de elegir, es decir, si otro elige por mí, la responsabilidad del posible fracaso correrá por su cuenta. Yo, aunque víctima, quedaré liberado de esa carga y con ella, de la angustia.
Y es así que el dirigido, más allá de los lícitos intereses sobrenaturales que lo motivan, se acerca el director por razones más prosaicas y psicológicas, aunque plenamente humanas.
Es este el lugar de preguntarse, además, acerca de la necesidad de la dirección espiritual. Resulta claro que no es en absoluto necesaria para la salvación. Si así lo fuera, los Evangelios y los otros escritos revelados nos lo dirían. La salvación es obra del Espíritu, y éste, en el actual orden querido por Dios, necesita para obrar en las almas solamente de los sacramentos. Y la dirección espiritual no es un sacramento. Ergo,…
Sí podemos decir que la dirección espiritual es muy conveniente para la salvación en algunos casos. Los autores espirituales de tradición monástica consideran que estos casos particulares son: elección de estado de vida, escrúpulos y fenómenos místicos. En otras circunstancias podrá ser conveniente desde lo espiritual y desde lo afectivo. Habrán personas que son más propensas a la figura de un pater supervisor, otras que atraviesas situaciones particulares y necesitan consejo y apoyo. Pero, en general, una vida sacramental y de oración ordenada, es suficiente para la salvación que, insisto, no es obra mía ni se debe a mis actos de piedad, sino que es obra exclusiva del Espíritu.
Por parte del Director: No sería demasiado complejo trazar un perfil de estos “directores”. Se trata de curitas de formación más bien conservadora, egresado de seminarios del tipo de los que ya hemos hablado en estas páginas, que se lanzan con entusiasmo a la tarea apostólica, dirigida preferentemente hacia sus pares por motivos sobrenaturales (“hay que salvar almas”), institucionales (“los jóvenes son prioridad para la Iglesia), naturales (“los jóvenes son quienes se encuentran en mayor peligro espiritual”) y hasta psicológicos (¡cuántas cosas, en parte ciertas, podría decir Freud al respecto!). En su haber cuentan con la imposición de manos que les confiere una real gracia de estado, algunos años de vida espiritual más o menos mostrenca, y algunas lecturas. Seguramente habrán leído lo siguiente: 1) La “Vida” y “Las siete Moradas” de Santa Teresa; 2) la mitad de “La subida al Monte Carmelo” de San Juan de la Cruz; 3) la totalidad de la “Teología de la Perfección Cristiana” de Royo Marín, lectura ésta realizada con detenimiento y hasta con fruición (lo cual constituye un caso de perversión propia de los estudios de Erich Fromm); 4) Un pedazo de las “Tres edades de la vida interior” de Garrigou-Lagrange, porque es muy largo y complicado; 5) Algunas obritas espirituales de tono menor y de fuerte sabor contrareformista como las de Alonso Rodriguez.
Este bagaje, por cierto, no es suficiente. Ya hice referencia en otro post a la mentada “gracia de estado”. La gracia supone la naturaleza, y la naturaleza del curita es la de un joven de 26 o 27 años del siglo XXI: no más que eso. La gracia no crea una naturaleza distinta. Los años de vida espiritual podrán ser más o menos intensos pero rara vez serán suficiente para aconsejar ex abundantia cordis. En efecto, ya hemos hablado de las condiciones deplorables que posee la formación espiritual, afectiva e intelectual en los “mejores” seminarios de Argentina. Podrían darse casos extraordinarios, es verdad. No es cuestión de negar aquí a San Luis Gonzaga, a San Estanislao de Kostka o a San Gabriel de la Dolorosa, pero no creo que estos santos, y otros similares, hubiesen aceptado fácilmente ser directores espirituales apenas terminado su periodo de formación (¡y mucho menos de doncellas!). Las lecturas podrán ser más o menos, pero el abba no enseña por lo que leyó sino por lo que vivió. Lo contrario engendra monstruos. Por lo que el bagaje con el que pretenden hacer frente al venerable oficio de director espiritual es tan apropiado y efectivo como el del Dr. Frankenstein.
Pero ¿cuáles son las motivaciones profundas de estos buenos curitas? Convengamos que el poder de manipulación espiritual y psicológica que adquiere un director es enorme, y que tocar esas profundidades humanas no es tarea para neófitos. Es casi como que un recién egresado de la Facultad de Medicina se largara a hacer complejas neurocirugías. ¿No son conscientes, acaso, de su temeridad?
No tengo dudas de que el primero motivo es el lícito y laudable afán pastoral. En definitiva, para eso se hicieron curas, para colaborar en la salvación de las almas. Pero se trata de curas del siglo XXI infectados, algunos más, otros menos, por la modernidad. La modernidad en el mundo, y la modernidad en la Iglesia, que comenzó con la Contrarreforma y que es más peligrosa que aquella.
El cura se ve impelido, por ineludible necesidad espiritual, a obrar, y obrar obras concretas. Él puede tener claro teóricamente, si ha recibido una formación más o menos clásica, que su principal obrar sacerdotal es la celebración de la Santa Misa y de los demás sacramentos, y que tarea suficiente pero, en la práctica, necesita obrar obras concretas, palpables, que justifiquen su existir. Los curas egresados de seminarios progres tienen la cosa más clara: su justificación viene de un obrar que se traduce en prácticas de promoción social y se convierten entonces, en transformadores de la sociedad como los más eficaces agentes de cualquier ONG. Los curas conservadores, en cambio, con buen criterio rechazan esa vida sacerdotal, pero igualmente necesitan de concreciones palpables que les asegure que el gran sacrificio que han realizado se justifica. La dirección espiritual es una de ellas.
Hay otros motivos que provienen de la siempre presente naturaleza humana. En primer lugar, el natural deseo de fecundidad. Un dirigido espiritual es un hijo, y tener muchos dirigidos es casi como ser padre de una familia numerosa similar, quizás, a la de ellos mismos. Y cuánto más si entre esos dirigidos encuentra muchas vocaciones sacerdotales y religiosas. Le será difícil al curita resistirse a la tentación en la que cayó el jesuita Alberto Hurtado: colocar en su habitación las fotografías de todas sus vocaciones, que eran muchas y todas de la Compañía (¿tendremos que discutir nuevamente el tema de la infalibilidad de las canonizaciones? Claro que el canonizador fue el Santo subbito…).
En algunos casos, además, me animaría a decir que hay motivaciones inconscientes, surgidas de las profundidades ignotas de la psicología humana. Pero en ese tema no me meto.
¿Qué actitud tener entonces frente a la dirección espiritual? ¿Qué consejo podemos dar al respecto a nuestros hijos, parientes o amigos? Habrá que evitar, claro, el escándalo y ser cautos en los consejos. Pero habrá que evitar también el daño, a veces irreparable, que un curita metiche puede hacer al alma tierna de un niño o de un joven, o no tan tierna pero igualmente valiosa de un adulto.
Si un ciego guía a otro ciego…
Interesante post sobre la realidad de la “dirección espiritual” y una avanzada del clericalismo…
visto en The Wanderer
amil del autos gibelino@hotmail.com