4 oct. 2009

La democracia como superstición

Augusto Merino M. viva-chile.cl
03-foto-1-autorCuando se habla de democratizar los procedimientos del gobierno, o los  canales de participación municipal, o el proceso de selección de líderes políticos, estamos bien. Cuando se habla de democratizar la familia, o la Iglesia, o las guarderías infantiles o la cultura, estamos mal. ¿Por qué?

Porque la democracia es un método de gobernar. Y, para precisar, añadiremos que se trata de gobernar el Estado, tarea que tiene su propia lógica y plantea exigencias particulares. Cualquiera entiende que no es lo mismo gobernar el Estado que gobernar la familia. Una madre de familia sensata no llama a plebiscito a sus guaguas para que voten sobre si quieren Cerelac o Nestum. Ni consulta a los imberbes sobre si han de bañarse o no.

Y, por el contrario, cualquiera entiende que el gobernante que procede como si todos los ciudadanos fueran niños de pecho, no sólo se transforma en déspota sino que se expone a graves peligros políticos. Todo esto ya lo sabía el viejo Aristóteles; pero la modernidad lo ha olvidado, en daño propio.

A cada institución, el método de gobierno que le corresponda.

Hay que reconocer, pues, que la democracia, como método gubernativo, tiene su lugar propio en el Estado, es decir, en el gobierno político. Gobernar grupos o instituciones de naturaleza no política (la familia, la Iglesia, la universidad, etc.) requiere otros métodos, apropiados a su naturaleza específica, que bien pueden no ser democráticos, como resulta claro en el caso de la madre de familia que mencionábamos. No se puede absolutizar un método. Querer democratizar todo es superstición: el supersticioso confía en un fetiche como si éste fuera todopoderoso, como si hubiera que recurrir a él para todo, como si sirviera para todo.

La democracia no es un fetiche mágico, sino sólo un instrumento de gobierno político.

Por eso, hay que tener cuidado con esa prédica supersticiosa que proclama que la democracia debe usarse en todas partes. Esta actitud es realmente pueril: es la del niño al que se le regala por Navidad un martillo: al día siguiente se lo verá golpeándolo todo con él, y argumentando que en todas partes hace falta un buen martillazo.

En una palabra: ni gobernar el Estado como si fuera una familia, o una universidad, o una iglesia; ni gobernar la familia, la universidad o la iglesia como si fuera un Estado.

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