22 ene. 2012

Un naufragio moral

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Por Leonardo

-“Mientras iba nadando, rocé con mi pie otro pie, pero ni siquiera miré, seguí nadando para adelante. Y sí, tenía conciencia de algo, si alguien me pedía ayuda, nos hundíamos los dos”- Así describió María Inés Lona, una jueza argentina de 72 años su escapada a nado del naufragio del crucero de este fin de semana.

El hundimiento del Costa Concordia en las costas italianas en cierta forma nos trae la imagen de un cetáceo varado en la playa; imponente y a la vez incapaz de salvarse a sí mismo. Mientras este gigante se hunde lentamente, cientos de personas se esfuerzan por rescatar a los desaparecidos, otras tantas tratan de superar la impresión del accidente, y un grupo menor llora a sus familiares muertos.

Pero detengámonos un minuto a pensar en quiénes viajan en un crucero, o mejor qué se va a hacer a uno de estos viajes, y esto nos dará la respuesta a la primera pregunta. En un crucero, según promocionan en las página de la red, se realizan actividades de ocio y esparcimiento, relax, piscina, comida sin límites, acceso a casinos y disfrutar, disfrutar, disfrutar… incluso se pueden llevar a los hijos porque tienen servicio de guardería ¡hasta la 1.30 de la mañana! con juegos y entretención para hartarse. Ciertamente, entonces, a un crucero no van personas con inquietudes espirituales o buscando apartarse del mundo, porque un crucero es el resumen del mundo (entendido como uno de los enemigos de nuestra alma), flotando en el mar.

Ahora, si leemos nuevamente sobre el comportamiento de los sobrevivientes del barco, sin contar al capitán o a la tripulación, porque ellos merecen un capítulo aparte, sabremos que encajan perfectamente con el perfil del viajero de crucero. La señora Lona nos indica que “no es una heroína, sino una sobreviviente” y nos recuerda “que en los momentos de aflicción no corre la solidaridad y que por suerte no le tocó que nadie le pidiera ayuda mientras nadaba a tierra firme”. Aquí nos encontramos con dos problemas, uno de forma y otro de fondo. Tal vez cualquiera de nosotros ante la inminencia de la muerte habría actuado igual, siguiendo nuestros instintos, pero ¿lo habríamos publicado a los cuatro vientos?, ¿o es que lo que la jueza manifiesta como reacciones de tanta frialdad se le habrían dado con o sin crisis? ¿Es que ya no debemos esperar en las catástrofes encontrar más héroes, sino que sólo sobrevivientes?

Y como contrapartida tenemos a los habitantes de la Isla Giglio, donde queremos creer que aún quedan vestigios de caridad cristiana, que por ayudar a los turistas se desprendieron de todas sus frazadas en una fría noche de invierno, a las religiosas de un asilo que albergaron a decenas de personas sin importar la hora, ni las bajas temperaturas, y al cura párroco que fue capas de abrir la iglesia y cubrir a los náufragos hasta con los mantos de los santos.

Roguemos pues por los sobrevivientes, para que este encuentro con la muerte les ayude a buscar la felicidad en la que es “Causa de nuestra alegría”, por los desaparecidos para que confíen en la que es “Esperanza de los desesperados” y a los difuntos los encomendamos a Nuestra Señora del Carmen, esperando que ninguno de ellos haya sido el del pie con el que rozó la jueza cuando iba nadando hacia la salvación de su cuerpo.

Vea la entrevista a María Inés Lona en

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