30 abr. 2012

Santa (Catalina de Siena)

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SANTA CATALINA DE SIENA

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Los que combaten al catolicismo tachándolo de enervador del alma, de formar espíritus encogidos, apocados, pusilánimes, cobardes, deberían recordar que en el catolicismo se formaron las grandes mujeres, las grandes salvadoras de pueblos, que no retrocedieron en la hora del peligro, luchando valerosas por el triunfo de la verdad y la justicia. Juana de Arco, la capitana ilustre se puso al frente de un ejército; e Isabel la Católica, nuestra insigne soberana, realizó, a despecho del moro, nuestra unidad nacional.

La mujer, de suyo tímida e irresoluta, se decide, cuando la inflama el amor de Jesucristo, a afrontar todos los riesgos, a acometer todas las empresas nobles que puedan redundar en honra de Dios y provecho del prójimo. La célebre Virgen de Sena, la gloriosa Catalina, es prueba bien elocuente de que la profesión del catolicismo, lejos de disminuir, aumenta las energías espirituales imprimiéndonos una santa audacia, una inquebrantable resolución para emprender hazañas al parecer insuperables…

¡Las mujeres cristianas!... ¡Las vírgenes, las madres, las esposas y las viudas cristianas!... Estas heroínas de nuestra fe, son el modelo de la mujer perfecta, de que habla la Sagrada Escritura. No la busquemos en el paganismo. Semiramis y Cleopatra, tan preconizadas por los poetas decadentes, fueron grandes reinas, sí, pero hundidas en el légamo de sus repugnantes vicios.

En cambio, las femeniles celebridades católicas lo reúnen todo: ciencia, valor y virtud. Esta virtud nimba todas sus empresas, todas sus demandas. Dentro de la virtud se agitan, envueltas por la virtud pasan a través de las sociedades. La virtud es el estuche precioso que guarda las perlas de sus grandezas.

¡Y qué grande y de cuánta trascendencia es el ejemplo de una mujer virtuosa!... La existencia del hogar radica en la virtud de la mujer. De la mujer depende que el hogar sea tabernáculo santo o infamante cubículo.

Y los hogares son viveros de familias, y las familias inician las tribus, y las tribus forman las patrias, y las patrias constituyen el mundo…

La bella mitad del género humano, si quisiera, podría regenerar al mundo… Pero son pocas las que, como Genoveva o Catalina, se dedican a esa noble misión. Se objetará: “No todas tienen el talento y la fortaleza de aquellas dos grandes mujeres”. Cierto; pero todas tienen en su alma un germen de virtud que puede transformarse en árbol gigante que cubra con su sombra benéfica muchos corazones.

El feminismo, ese afán que caracteriza a muchas mujeres modernas por conquistar derechos y prerrogativas reservados exclusivamente a los hombres, consumiendo energías en una campaña infructífera, en una labor estéril que nada o muy poco habrá de reportar, debiera ser sustituido por el ansia de volver a la mujer muchas virtudes perdidas, muchas de esas bellezas morales que constituyen el principal encanto femenil.

Si el feminismo es tener votos, ostentar la representación de un distrito o lucir la medalla municipal, es nuevo el feminismo. Pero si es interesarse por el bien de los ciudadanos, trabajar por la religión y por la patria, el feminismo ha existido siempre… La mujer debe siempre aparecer abnegada, desinteresada, generosa, desprendida…

Jamás se movieron por el lucro Santa Genoveva, Santa Teresa, Santa Catalina… ¡Santa Catalina! Hoy celebra la Iglesia su festividad, y es justo que la consagremos algunas líneas. Mujeres como éstas son faros lucientes, antorchas fúlgidas que nos alumbran a todos. Los hombres, viendo sus grandes arrestos, pueden aprender a sacudir censurables apatías…

La vida de Santa Catalina se halla compendiada en un cuadro de Fray Bartolomeo, marcado en la galería del Louvre con el número 1008: la santísima Virgen en un trono real, sostiene a su divino Hijo, el cual regala a Santa Catalina de Sena, que ante Él se arrodilla, el anillo de los esponsales. En el fondo, Santo Domingo y San Francisco de Asís, se abrazan, como dando ejemplo de unión, de paz y caridad que deben animar a las diversas familias cristianas y monásticas. El rey David canta al son de su arpa, y San Pedro, el Príncipe de los apóstoles, se adelanta y señala con su mano a la mujer fuerte que va a combatir por la Iglesia y a libertar el Papado.

Efectivamente, Catalina fue la casta esposa de Jesucristo, de quien mereció el anillo nupcial, y fue incansable trabajadora que dedicó todos sus esfuerzos a empujar y llevar a puerto seguro la nave de la Iglesia, librándola de los muchos escollos del procelso mar de aquel siglo XIV, tan combatido por la herejía y el cisma.

La Orden de Santo Domingo fue el vaso escogido por Catalina para guardar las flores de sus virtudes; mas éstas crecieron, se expansionaron y, no pudiendo el vaso contener tan abundante profusión, las flores se desparramaron por el mundo llenándolo de suavísimos perfumes… Es decir, que la acción de Catalina no se circunscribió al claustro: una mujer de sus méritos necesariamente tenía que desarrollar aquella acción sobre la tierra. La tierra se halló inundada de sus beneficios. Lo que Teresa de Jesús fue en España, respecto de la Orden del Carmelo, esto fue Catalina de Sena en Italia, en lo que concierne a la Orden dominicana, que con el talento y acometividad de aquella mujer sublime adquirió gran desarrollo de brillantez. Fundó muchos monasterios, y en los diversos viajes apostólicos que realizó por el ducado de Toscaza, atrajo con sus palabras al seno de la religión católica muchas almas que vivían aherrojadas en los abismos del error y de la culpa.

Su caridad era inagotable, y ¡heroicamente hermosa! Un rasgo: Encuéntrase cierto día por el camino un pobre que, vivo y altanero, pídele limosna. “¡Ay, hermano! –dícele la santa-, no llevó ni un maravedí”. Insiste el pobre: “Pues este mandato algo valdrá, ¿por qué no me lo dáis?” “No me acordaba, tenéis razón”, respondió Catalina. Y le entrega el manto. Los religiosos que la acompañan, reconvienen su caridad indiscreta. Entonces la Santa, verdaderamente inspirada, contesta sublime: “Prefiero que me hallen sin manto, sin hábito, antes que me encuentren sin la caridad.”

Otro rasgo: Cuidaba a una enferma repugnante, leprosa, hedionda… Esta enferma, era no más que úlceras, llagas, podredumbre… El ánimo más esforzado, el espíritu más ardiente y valientemente caritativo desfallecía de repugnancia y asco a presencia de aquel objeto humano pestilencial… Catalina sufría cada vez que disponíase a curarla. Pero al fin domó la rebelión de la naturaleza mediante un acto apenas creíble y cuyo solo relato hace estremecer. Así: sintiendo un día mayor repugnancia que de ordinario, tuvo el valor de recoger en un vaso el agua que acaba de servir para lavar una úlcera, y exclamó decidida: “Por Dios vivo, vas a beber lo que tanto horror te causa”. Y como si fuera un preciado licor, lo apuró de un solo trago. Al leer esto nuestra pusilanimidad se horroriza. El mismo demonio, dicen los viejos cronistas al referir estos hechos, debió quedar espantado.

¿Y qué decir de su gran talento? Algunos escritores sagrados suponen, con harto fundamento, que Dios concedió a esta hija del pueblo, que no había estudiado, una ciencia infusa superior a la de los más célebres teólogos. ¿Ignoráis que Santa Catalina es la patrona de los estudios en muchos colegios y universidades? ¿Nunca oísteis hablar de su cátedra teológica, de su famosa escuela místíca? Esta escuela, formada de sacerdotes, de monjes, de caballeros y de mujeres jóvenes, todos adictos, fieles, dedicados a la palabra de la Santa, es un hecho único en la historia de la Iglesia.

Nada era tan necesario –dice un ilustre escritor-, como una escuela de teología en el siglo XIV, época en que los métodos usados en las escuelas tendían a disecar los espíritus y esterilizar los ingenios.

Discípulos de Santa Catalina fueron el Padre Raimundo de Capua, hombre eminente, mezclado en muchos acontecimientos de su siglo; el Padre Tomás y el Padre Bartolomeo, ilustres dominicos; Esteban Macconi; Andrés Van, distinguido pintor que debió hallar al lado de Santa Catalina, tan bellas como dulces inspiraciones, y las bienaventuradas mujeres Florentina Juana Pazzi, Juana di Capo, Cecca, Olessa…, y otras muchas.

Todos ellos escuchaban la autorizada voz de aquella mujer admirable, que ha quedado en las páginas de las historias eclesiástica y profana como dechado de santidad y portento de sabiduría. Los favores que recibió del cielo, sus visiones, sus éxtasis, sus milagros, sus profecías; aquella impresión de las llagas de Cristo, aquel continuo alimentarse con el eucarístico manjar, prueban de cuán subidos quilates debía ser el oro de su perfección, cuando así merecía ser galardonada en la tierra por el Poder divino. Y sus explicaciones teológicas, su profundo al par que tierno Diálogo, sus cartas numerosas a pontífices y obispos, superiores de Ordenes religiosas, príncipes, capitanes y estadistas, corroboran a la posteridad la fama de su gran talento. Así se explica que ella como un haz de rayos luminosos, disipase las sombras de aquella época triste y dolorosa porque en 1374 pasó la República de Sena; que juntase los ánimos hondamente divididos por las revoluciones interiores, que les restituyese pasadas energías, que abatiese los rigores de la fuerza opresora, bárbara, brutal… Así se explica que Catalina fuese el ángel de paz entre la toscaza y el augusto representante de Cristo, cuando Gregorio IX, justamente indignado por la sublevación de los florentinos contra los legados y oficiales de su pontificia autoridad, lanzó contra ellos las formidables censuras de la excomunión. Así se explica que sobre aquel Pontífice ejerciera tan decisiva influencia, obligándole a trasladarse de Aviñón a Roma; que fuese para el Papado lo que Juana de Arco fue para la monarquía francesa, ángel protector… Así se explica que Urbano VI, en medio de aquella furiosa tempestad que anunciaba los comienzos del gran cisma de Occidente, la eligiese árbitro y consejera de sus apostólicas resoluciones… Así se explica, en fin, la influencia que su prestigioso nombre llegó a ejercer en casi todas las costas de Europa, bamboleadas entonces por los recios vaivenes de una anarquía universal…

(CONTINUARÁ… PÁG 564)

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