15 feb. 2013

LAS GRANDES HEREJÍAS, El ataque albigense, HILAIRE BELLOC, cap 5

capitulo 5 del libro de HILAIRE BELLOC 6a00e54ecb4e39883301310ff7f6bb970c-300wi
LAS GRANDES HEREJÍAS

Traducción de Denes Martos

Edición Original: The Great Heresies - 1938
Edición Electrónica: 2008

 

Capítulo 5
El ataque albigense

En el corazón de la Edad Media, justo cuando estaba llegando a su fase más espléndida, en el gran Siglo XIII, surgió un singular y poderoso ataque a la Iglesia Católica y a toda la cultura que la misma defendía que fue completamente rechazado.

Fue un ataque, no sólo a la religión que hizo nuestra civilización, sino a la civilización misma, y su nombre genérico en la Historia es “La Herejía Albigense”.

En el caso de este gran conflicto debemos proceder, al igual que en el de todos nuestros otros ejemplos, examinando primero la naturaleza de la doctrina que se estableció en contra del cuerpo de verdades enseñado por la Iglesia Católica.

La falsa doctrina, de la cual la versión de los albigenses constituyó un ejemplo principal, ha estado siempre latente entre los hombres bajo variadas formas, no sólo en la civilización del cristianismo sino en todos aquellos lugares y en todos los momentos en que las personas tuvieron que considerar los problemas fundamentales de la vida; lo cual equivale a decir: siempre y en todas partes. Pero, en este momento de la Historia, sucedió que el fenómeno adquirió una forma particularmente concentrada. Fue entonces cuando las falsas doctrinas que estamos por examinar se destacaron con mayor nitidez y pueden ser apreciadas de un modo más claro. Por los efectos que la herejía tuvo cuando estuvo en su punto más alto de vitalidad podemos estimar los males que ocasionan doctrinas similares, sea cuando fuere que aparecen.

Durante el período cristiano, este permanente conflicto de la mente humana creció y se acumuló en tres grandes oleadas y de ellas el episodio albigense fue tan sólo el central. La primera gran oleada fue la tendencia maniquea de los primeros siglos cristianos. La tercera fue el movimiento puritano en Europa, acompañando a la Reforma y la secuela de esa enfermedad, el jansenismo. El primer movimiento fuerte de la especie quedó agotado antes del fin del Siglo VIII. El segundo fue destruido cuando el movimiento definidamente albigense fue erradicado en el Siglo XIII. El tercero, la oleada puritana, se encuentra declinando recién ahora, después de haber producido toda clase de males.

Ahora bien, ¿qué es esta tendencia general o disposición que, por su nombre más antiguo, se llamó maniquea, que se denominó albigense en la forma más nítida que estamos por tratar, y que la Historia moderna conoce como puritanismo? ¿Cuál es el motivo subyacente que produce herejías de esta clase?

Para contestar a esa pregunta principal debemos considerar una verdad primaria de la Iglesia Católica misma que, en breve, ha sido formulada como sigue: “La Iglesia Católica está fundada sobre el reconocimiento del dolor y la muerte.” En su forma más completa, la frase debería decir más bien: “La Iglesia Católica se halla arraigada en el reconocimiento del sufrimiento y la mortalidad y en su afirmación de ofrecer una solución al problema que presentan.”  Este problema se conoce generalmente como “el problema del mal”.

¿Cómo podemos llamar glorioso al destino del ser humano, y al cielo su meta, y a su Creador infinitamente bueno y todopoderoso, cuando nos encontramos sujetos al sufrimiento y a la muerte?

Casi todas las personas jóvenes e inocentes apenas si tienen conciencia de este problema. Qué tanta conciencia pueden tener depende de las fortunas que poseen, de lo temprano que hayan sido expuestas a pérdidas por muerte, o de lo pronto que puedan haber sufrido un gran dolor físico o incluso mental. Pero tarde o temprano todo ser humano que piensa en absoluto, cualquiera que no sea un idiota, se enfrenta al problema del mal. Y en la medida en que observamos a la raza humana tratando de llegar mediante el pensamiento al significado del universo, o aceptando la Revelación sobre ese significado, o siguiendo tortuosas y falsas religiones parciales o filosofías, la hallamos siempre profundamente preocupada por esa insistente pregunta: “¿Por qué habremos de sufrir? ¿Por qué habremos de morir?

Se han propuesto varios caminos para escapar del torturante enigma. El más simple y burdo es el de no enfrentarlo en absoluto; es el de desviar la mirada del sufrimiento y de la muerte pretendiendo que no están allí; o bien proceder a ocultar nuestros sentimientos cuando se arrojan sobre nosotros con tanta insistencia que no podemos seguir sosteniendo la pretensión. Y también es parte del peor modo de tratar el problema, la actitud de boicotear la mención del mal y del sufrimiento tratando de olvidarlos todo lo que se pueda.

Otro camino, menos grosero pero intelectualmente igual de desdeñable, es afirmar que el problema no existe porque todos somos parte de una cosa muerta y sin significado detrás de la cual no hay ningún Dios creador: es afirmar que no existe una realidad en el bien y en el mal y en la concepción de la beatitud o de la miseria.

Otro camino, que fue el favorito de la alta civilización pagana de la que surgimos – el camino de los grandes romanos y los grandes griegos – es el camino del estoicismo. En forma vulgar, podríamos llamarlo “la filosofía del sonríe y sopórtalo”.

Algún que otro académico lo ha designado como “la religión permanente de la humanidad” pero por cierto que no es nada de eso; aunque más no sea porque no es una religión en absoluto. Esta actitud posee al menos la nobleza de enfrentar los hechos, pero no propone ninguna solución. Resulta manifiestamente negativa.

Otro camino es el profundo pero desesperanzado del Asia, del cual el mayor ejemplo es el del budismo: la filosofía que considera al individuo como una ilusión y nos alienta a deshacernos del deseo de la inmortalidad para intentar fundirnos con la vida impersonal del universo.

A la solución católica todos la conocemos. No es que la Iglesia Católica haya propuesto una solución completa al problema del mal ya que la pretensión y función de la Iglesia ha sido la de salvar almas y no la de explicar completamente la naturaleza de las cosas. Pero sobre este problema en particular la Iglesia Católica tiene una respuesta muy definida dentro de su propio campo de acción. Lo que afirma es que, primero, la naturaleza del hombre es inmortal y hecha para la beatitud; después, que la mortalidad y el dolor son el resultado de su Caída, esto es: de su rebelión contra la voluntad de Dios. La Iglesia dice que, desde la Caída, nuestra vida mortal, de acuerdo con nuestro comportamiento, es una ordalía o prueba en la que recuperamos (aunque mediante los méritos de nuestro Salvador) esa inmortal beatitud que perdimos.

Ahora bien, el maniqueo se sintió tan abrumado por la experiencia o por la perspectiva del sufrimiento y por el aterrador hecho de que su naturaleza era mortal, que se refugió en la negación de la omnipotente bondad de un Creador. Afirmó que el mal se hallaba tan activo en el universo como el bien; que los dos principios se encontraban siempre combatiéndose entre si como iguales. El hombre se hallaba sujeto tanto al uno como al otro. Si podía luchar en absoluto debía combatir por unirse al principio del bien y evitar el principio del mal, pero debía tratar al mal como una cosa todopoderosa. El maniqueo reconoció tanto a un dios bueno como a un dios malo y dispuso su mente en concordancia con esa tremenda concepción.

Tal estado de ánimo engendró toda clase de efectos secundarios. En algunas personas conduciría a la adoración del demonio; en muchas más a la magia, esto es: a la dependencia de algo diferente del propio libre albedrío, a trucos mediante los cuales podríamos repeler el poder maligno o engañarlo. De modo bastante paradójico, también condujo a realizar una buena cantidad de maldades en forma deliberada, ya sea con la excusa de que era inevitable o bien con la de que no importaba porque de cualquier manera estamos bajo el imperio de algo igual de fuerte que el poder del bien y por lo tanto nada impedía optar por actuar en consecuencia.

Pero hubo una cosa que el maniqueo de todo tipo siempre sintió y fue que la materia pertenecía al lado malo de las cosas. A pesar de que puede haber bastante mal de índole espiritual, aún así el bien tiene que ser completamente espiritual.

Esto es algo que se encuentra no sólo en los primeros maniqueos, no sólo en los albigenses de la Edad Media, sino hasta en los más modernos de los puritanos que quedan. Parece estar conectado con el estado de ánimo maniqueo en todas sus formas.

La materia está expuesta a decaer y por lo tanto es mala. Nuestros cuerpos son malos. Sus apetitos son malos. Esta idea se ramifica en toda clase de detalles absurdos. El vino es malo. Prácticamente todo placer físico, o medianamente físico, es malo y así sucesivamente. Cualquiera que lea los detalles de la historia albigense se sorprenderá una y otra vez de la actitud singularmente moderna de estos antiguos herejes porque descubrirá que tenían las mismas raíces que los puritanos que todavía sobreviven tristemente entre nosotros.

De aquí derivan las líneas principales que se completaron en detalle a medida en que se extendió el movimiento albigense. Nuestros cuerpos son materiales, decaen y mueren. Por lo tanto fue el dios malo el que hizo al cuerpo humano mientras el dios bueno hizo el alma. De allí también que Nuestro Señor sólo aparentemente se revistió de un cuerpo humano. Sólo sufrió aparentemente. De aquí también la negación de la Resurrección.

Debido a que la Iglesia Católica estuvo fuertemente en contra de actitudes de esta clase, siempre existió un conflicto irreconciliable entre ella y el maniqueo o el puritano; y la forma de este conflicto nunca fue más violenta que la adquirida durante la lucha que se entabló en el Occidente europeo entre los albigenses y la Iglesia Católica organizada del momento (Siglos XI y XII). El papado, la jerarquía, el cuerpo entero de la doctrina católica y los sacramentos católicos establecidos fueron el blanco de la ofensiva albigense.

La cuestión maniquea, toda vez que surge en la Historia, aparece como lo hacen ciertas epidemias que afectan al cuerpo humano. Viene de lugares difíciles de establecer. Emerge en varios centros, aumenta su poder y al final se convierte en una especie de plaga devastadora. Así sucedió con la gran Furia Albigense de hace 800 o 900 años atrás. Sus orígenes son, por lo tanto, oscuros; pero podemos rastrearlos.

El Siglo XI, el período de los años entre el 1000 y el 1100, puede ser llamado como el del despertar de Europa. Nuestra civilización justo acababa de pasar por aterradoras pruebas.  El Occidente había sido saqueado por tropeles de piratas paganos procedentes del Norte – los, al principio, no convertidos y más tarde sólo semi-convertidos escandinavos – y en algunas partes el cristianismo casi se extinguió. Había sido sacudido por los saqueadores mongoles del Este, paganos que en hordas cabalgaron sobre Europa desde las planicies del Norte de Asia. Y había sufrido el gran ataque mahometano sobre el Mediterráneo por el cual casi toda España quedó ocupada, se sojuzgó permanentemente el Norte de África y Siria quedando el Asia Menor y Constantinopla amenazadas.

Europa había estado sitiada pero había empezado a rechazar a sus enemigos. Los piratas del norte fueron derrotados y sometidos. Los recientemente civilizados germanos {[13]} atacaron a los mongoles y salvaron al Danubio superior y a una franja de tierra fronteriza hacia el Este. Más hacia el Este también los eslavos cristianos se organizaron. Fueron los comienzos del Reino de Polonia. Pero el principal campo de batalla fue España. Allí, durante este Siglo XI, el poder mahometano fue rechazado de una frontera fluctuante hasta otra más al Sur hasta que mucho antes del fin del Siglo XI el grueso de la península fue recapturado para el dominio cristiano. Junto con este éxito material se produjo – constituyendo tanto una causa como un efecto – un fuerte despertar de la inteligencia en materia de disputas filosóficas y de nuevas especulaciones en ciencias físicas. Comenzó uno de esos períodos que de tanto en tanto aparecen en la Historia de nuestra raza en los que, por decirlo así, “la primavera está en el aire”. La filosofía se hizo vigorosa, la arquitectura se expandió, la sociedad comenzó a ser más organizada y las autoridades civiles y eclesiásticas empezaron a extender y a codificar sus poderes.

Toda esta nueva vitalidad impulsó el vigor tanto de la herejía como de la ortodoxia. Comenzaron a aparecer desde el Este, surgiendo aquí y allá pero en general a lo largo de las líneas de avance hacia el Oeste, individuos o pequeñas comunidades que proponían y propagaban una forma nueva – y, según ellos, purificada – de religión.

Aparentemente, antes de aparecer en Italia estas comunidades tenían alguna fuerza en los Balcanes. Parecen haber adquirido algo de fuerza en el Norte de Italia antes de aparecer en Francia, si bien sería en Francia que tendría lugar el conflicto principal. Se los conoció bajo diferentes nombres; “paulicianos” por ejemplo, o bien un nombre que hacía referencia a su origen búlgaro. En general se los conoció como “Los Puros”. Por su parte, ellos mismos preferían darse ese epíteto poniéndolo en griego y haciéndose llamar “Cathari” o cátaros. Toda la historia de este oscuro avance del peligro proveniente del Este de Europa ha quedado tan perdido en el posterior fulgor de gloria que se produjo durante el Siglo XIII cuando la Cristiandad llegó a la cima de su civilización, que los orígenes albigenses quedaron olvidados y su oscuridad se acentúa por la sombra que esa gloria posterior arroja sobre ellos. Sin embargo su influencia fue tanto extendida como peligrosa y hubo un momento en que pareció que nos iría a socavar por completo. Los Concilios de la Iglesia tomaron muy pronto conciencia de lo que estaba sucediendo, pero el fenómeno era difícil de definir y de controlar. En Arras, en Flandes, a una fecha tan temprana como 1025, un Concilio condenó ciertas proposiciones herejes de esa clase. Otra vez a mediados de ese siglo, en 1049, hubo una condena más general emitida por un Concilio reunido en Reims, en Champagne.

Toda la influencia pendió como un miasma o como una niebla ponzoñosa que se mueve sobre la superficie de un ancho valle y se estaciona a veces aquí y a veces allá. Comenzó a concentrarse y tomar forma de un modo fuerte en el Sur de Francia y sería allí en dónde se produciría el choque definitivo entre ella y la fuerza organizada de la Europa Católica.

En su definición y fortalecimiento a la herejía la ayudó el efecto de la primer gran marcha Cruzada que sacudió a toda Europa y la inundó de nuevas influencias procedentes del Este a la par que estimuló toda clase de actividades en el Oeste. Esa marcha, como hemos visto en una página anterior, coincidió con el final exacto del Siglo XI. Jerusalén fue capturada en 1099. Fue en el siglo siguiente, en el XII (1.100 a 1200 DC) que se manifestaron sus efectos. Fue una época considerablemente avanzada si se la compara con las anteriores. Comenzaban a surgir las universidades, así como los cuerpos de representantes llamados parlamentos, y apareció el primer arco apuntado, el “gótico”. La totalidad de la verdadera Edad Media empezó a brotar de la tierra. En esa atmósfera de vigor y crecimiento los cátaros se fortalecieron de la misma manera en que lo hicieron también todas las demás fuerzas que los rodeaban. Fue a principios de este Siglo XII que el fenómeno comenzó a ser alarmante y antes de promediar el siglo los franceses del Norte ya estaban urgiendo al papado a actuar.

El papa Eugenio envió un Legado al Sur de Francia para ver qué se podía hacer y San Bernardo, el gran orador ortodoxo de ese vital período, predicó contra ellos. Pero no se empleó la fuerza. No había una verdadera organización preparada para hacerle frente a los herejes, si bien las personas previsoras estaban demandando una acción vigorosa para que la sociedad pudiese salvarse. Al final, el peligro se volvió alarmante. En 1163 un gran Concilio de la Iglesia, celebrado en Tours, estableció la característica y el nombre por el cual se designaría el fenómeno. El nombre fue el de “albigenses”, y ha quedado desde entonces.

Es un título engañoso. El distrito albigense (conocido en francés como “Albigeois”) es prácticamente el mismo que el Departamento de Tarn, en las montañas francesas centrales: un distrito cuya capital es la ciudad de Albi. No hay duda de que algunos de los misionarios herejes provinieron de allí y sugirieron ese nombre, pero la fuerza del movimiento no estuvo allá en las escasamente pobladas montañas sino en las ricas planicies hacia el Mediterráneo, en aquella región que se llamaba “Langue d’Oc”; un gran distrito cuya capital era Tolouse. Ya unos años antes de que el Concilio de Tours estableciese la etiqueta y el nombre del movimiento ahora subversivo, Pedro de Bruys había predicado las nuevas doctrinas por el “Langue d’Oc” y, con él, un compañero de nombre Enrique había deambulado predicándolas en Lausanne, en lo que es la Suiza actual, y más tarde en Le Mans, en Francia del Norte. Es de notar que la población se exasperó tanto con el primero de los nombrados que lo tomaron prisionero y lo quemaron vivo.

Pero hasta ese momento no se produjo ninguna acción oficial contra los “albigenses” y todavía se les permitió desarrollar rápidamente sus fuerzas durante años y más años, con la esperanza de que las armas espirituales fuesen suficientes para hacerles frente. El papado esperó contra toda esperanza la posibilidad de encontrar una solución pacífica. El punto de inflexión se produjo en 1167. Los albigenses, plenamente organizados ya como una contra-Iglesia (en forma bastante similar a cómo el calvinismo se organizaría en contra-Iglesia cuatrocientos años más tarde), celebraron un concilio general propio en Tolouse y se hizo evidente que la mayor parte de la pequeña nobleza – que,  compuesta por Señores de poblados individuales, constituía la masa del poder militar en el centro de Francia – se hallaba en favor del movimiento. En aquellos días Europa Occidental no estaba organizada, como lo está hoy, en grandes naciones centralizadas. Era lo que se llama “feudal”. Señores de pequeños distritos se agrupaban bajo Señores más poderosos y éstos, a su vez, bajo hombres muy poderosos que constituían la autoridad en provincias unificadas pero débilmente aglutinadas. En realidad, el verdadero soberano local era un duque de Normandía, un conde de Tolouse, o un conde de Provenza. Le debía honores y fidelidad al Rey de Francia, pero nada más.

Ahora bien, la masa de estos Señores menores del Sur favoreció al movimiento – como que desde entonces muchos otros movimientos herejes han sido favorecidos por la misma clase de hombres – porque a través de él percibían la posibilidad de un beneficio privado obtenido a costa de los bienes territoriales de la Iglesia. Ése había sido siempre el motivo principal de estas revueltas. Pero había otro motivo adicional: los celos que se sentían en la Francia del Sur contra el espíritu y el carácter de la Francia del Norte. Existía una diferencia de idioma y una diferencia de carácter entre las dos mitades de lo que nominalmente constituía la monarquía francesa. Los franceses del Norte comenzaron a clamar otra vez por la supresión de la herejía del Sur y, con ello, encendieron la llama. Al final, el 1194, después de la pérdida de Jerusalén y del fracaso de la Tercera Cruzada en recuperarla, el fenómeno estalló. Ese año, el conde de Tolouse, el soberano local, tomó partido por los herejes. Por fin, el gran papa que fue Inocencio III comenzó a moverse. Era más que tiempo de hacerlo; de hecho, casi ya era demasiado tarde. El papado había aconsejado optar por una demora, con la tenue esperanza de obtener la paz espiritual por medio de la predicación y el ejemplo; pero el único resultado de la demora fue dejar que el mal creciera hasta adquirir dimensiones que ponían en peligro a toda nuestra cultura.

Hasta qué punto esa cultura se hallaba en peligro es algo que puede verse por los principales dogmas que se enseñaban y practicaban abiertamente. Se abandonaron todos los sacramentos. En su lugar se adoptó un extraño ritual, llamado “la consolación”, en el cual se profesaba que se purificaba el alma. Se atacó la propagación de la especie; se condenó el matrimonio y los líderes de la secta difundieron todas las extravagancias que es dado encontrar alrededor del maniqueísmo o del puritanismo, sea dónde fuere que éste aparezca. El vino era maléfico; la carne era maléfica; la guerra estaba siempre absolutamente mal, del mismo modo que la pena capital. Pero el pecado más imperdonable era la reconciliación con la Iglesia Católica. En esto también lo albigenses se ajustaron al modelo. Todas las herejías hacen de ello su punto principal.

Se hizo obvio que el fenómeno tenía que terminar en una decisión por las armas ya que, a esta altura, el gobierno local del Sur estaba apoyando esta nueva contra-Iglesia altamente organizada y, si la misma se hacía tan sólo un poco más fuerte, toda nuestra civilización colapsaría ante ella. La simplicidad de la doctrina, con su sistema dual del bien y del mal, con su negación de la Encarnación y los principales misterios cristianos y su anti-sacramentalismo, su denuncia de la riqueza clerical y su patrioterismo chauvinista – todo esto comenzó a atraer a las masas en las ciudades al igual que a los nobles. Aún así, Inocencio, por más grande que haya sido como papa, aún vacilaba como tiende a vacilar todo estadista antes de apelar concretamente a las armas; pero hasta él, justo antes del fin del Siglo, insinuó la necesidad de una cruzada.

Cuando viniese el combate, necesariamente sería algo así como la conquista de la parte Sur de Francia – o más bien de su rincón Sudoriental, entre el Ródano y las montañas, con Toulouse como capital – por parte de los barones del Norte.

Sin embargo, la cruzada se detuvo. El cambio de Siglo pasó y sólo después Raimundo, conde de Toulouse (Raimundo VI), asustado por la amenaza del Norte, prometió cambiar y le retiró su apoyo al movimiento subversivo. Hasta prometió exiliar a los líderes de la ahora ya fuertemente organizada contra-Iglesia. Pero no fue sincero. Sus simpatías siguieron estando con sus semejantes del Sur, con la masa de combatientes, con sus partidarios, con los pequeños Señores del Langue d’Oc, quienes estaban profundamente involucrados con las nuevas doctrinas. Santo Domingo de Guzmán, proveniente de España, se convirtió por la fuerza de su carácter y la rectitud de su intención en el alma de la reacción en ciernes. En 1207 el papa le pidió al Rey de Francia, en su condición de soberano y Señor con autoridad sobre Toulouse, que utilizara la fuerza. Casi todas las ciudades del Sureste ya se hallaban afectadas. Muchas estaban completamente en manos de los herejes y cuando Castelnau, el Legado papal, fue asesinado – presumiblemente con la complicidad del conde de Toulouse – la demanda de una cruzada se renovó y enfatizó. Poco después de este asesinato comenzaron los combates.

El hombre que se destacó como el mayor líder de la campaña fue cierto Señor, no muy importante y más bien pobre, de un señorío norteño – un lugar pequeño pero fortificado llamado Monfort, a un día de marcha desde París por el camino a Normandía.

Todavía pueden verse las ruinas del lugar, de pié aún entre la arbolada campiña que las rodea.  Queda algo al Norte del camino principal entre París y Chartres: un cerro abrupto, más bien aislado, en medio del paisaje. A ese pequeño cerro aislado y fortificado le había quedado el nombre de “el cerro fuerte” (mont fort) y Simón tomó su nombre de ese ancestral señorío.

Cuando la lucha comenzó, Raimundo de Toulouse se hallaba al final de su sabiduría. El Rey de Francia se estaba convirtiendo en más poderoso de lo que había sido. Hacía poco había confiscado las propiedades y todos los señoríos de los Plantagenetas en el Norte de Francia. Juan, el rey Plantageneta de Inglaterra, que hablaba en francés como lo hacía toda la clase superior de Inglaterra en aquellos días, era también (bajo el Rey de Francia) Señor de Normandía , de Maine y de Anjou; y, por herencia materna, Señor de la mitad del país al Sur del Loira: Aquitania. Toda la parte Norte de estas extensas posesiones que iban desde el Canal de la Mancha hasta las montañas centrales habían caído de un sólo golpe en manos del Rey de Francia cuando los pares de Juan de Inglaterra lo condenaron a perderlas. Raimundo de Tolouse temía correr la misma suerte. Pero aún se sentía tibio. A pesar de que marchó con los cruzados en contra de algunas de sus propias ciudades rebeladas contra la Iglesia, en su corazón deseaba que los norteños fuesen derrotados. Ya había sido excomulgado una vez. Volvió a serlo en Avignón, en 1209, el primer año de la lucha principal.

Esa lucha fue muy violenta. Se produjo una espantosa carnicería con el saqueo de las ciudades, y apareció lo que el papa más había temido: el peligro de que los motivos financieros concurriesen a envenenar el ya de por sí horrendo asunto. Los Señores del Sur naturalmente demandarían que las propiedades de los herejes conquistados se distribuyesen entre ellos. Hubo aún otro intento de reconciliación, pero Raimundo de Tolouse, probablemente desesperado por la previsión de que lo dejasen solo, se preparó para resistir. En 1207 fue declarado fuera de la ley por la Iglesia y, al igual que Juan, sus posesiones se le dieron por perdidas de acuerdo con la ley feudal.

El momento crítico de toda la campaña vino en 1213. Es probable que las fuerzas de los barones franceses del Norte hubieran superado en fuerza a las del Sur si Raimundo de Toulouse no hubiera podido conseguir aliados. Pero dos años después de su excomunión final y su desposesión, aparecieron de pronto en escena aliados muy poderosos que se pusieron de su lado. Pareció seguro que la marea se revertiría y que la causa albigense resultaría triunfadora. Con su victoria, colapsaría el reino de Francia y la causa católica en Europa Occidental. Ese corto período de años fue, por lo tanto, decisivo para el futuro. Fue entonces que una gran coalición, conducida por el ahora despojado Juan y apoyada por los alemanes, marchó contra el rey de Francia en el Norte y fracasó. Venciendo grandes dificultades, el rey francés consiguió la victoria de Bouvines, cerca de Lille (29 de Agosto de 1214). Pero ya el año anterior otra victoria decisiva de los Señores del Norte contra los albigenses del Sur había preparado el camino.

Los nuevos aliados que vinieron en auxilio del conde de Toulouse fueron los españoles, procedentes del lado Sur de los Pirineos, los hombres de Aragón. Hubo una enorme hueste de ellos, conducida por su rey, el joven Pedro de Aragón, cuñado de Raimundo de Toulouse. Un borrachín, pero hombre de una temible energía, no era una persona incompetente al momento de conducir una campaña. Condujo algo así como cien mil hombres (número que incluye a auxiliares y seguidores de campamento) a través de las montañas directamente para aliviar la situación de Toulouse.

Muret es un pequeño pueblo al suroeste de la capital de Raimundo, ubicado aguas arriba del Garona, a un día de marcha de la Toulouse propiamente dicha. La enorme hueste española, que no tenía un interés directo en la herejía en si misma pero sí un fuerte interés en debilitar el poder de los franceses, estaba acampada en el campo llano que se encuentra al Sur del pueblo de Muret. Contra ellos, la única fuerza activa disponible era la de unos mil hombres bajo el mando de Simon de Monfort. Las chances parecían ridículas: uno contra cien. Por supuesto que no eran ni remotamente tan desfavorables como parece porque los mil hombres eran nobles escogidos, armados y montados.  Las fuerzas de caballería de las huestes españolas probablemente no ascendían a más de tres a cuatro mil, estando el resto del cuerpo español constituido por infantería, buena parte de la cual se hallaba desorganizada. Pero aún así, las adversidades eran tales que el resultado constituyó una de las cosas más sorprendentes de la Historia.

Fue en la mañana del 13 de septiembre de 1213. Los mil hombres del lado católico, formando con Simon a la cabeza, asistieron a misa montados sobre sus caballos. La misa fue cantada por Santo Domingo en persona. Por supuesto, sólo los jefes y unas pocas filas de seguidores pudieron estar presentes en la iglesia – en la cual todos permanecieron montados – pero, a través de las puertas abiertas, todo el resto de la pequeña fuerza pudo observar el Sacrificio. Terminada la misa, Simón cabalgó hasta ubicarse al frente de su pequeña banda, tomó por un rodeo hacia el Oeste y luego se lanzó con una carga repentina sobre las huestes de Pedro que aún no se habían formado adecuadamente y se hallaban mal preparadas para recibir el choque. Los mil caballeros norteños de Simon destruyeron a sus enemigos por completo. Las huestes aragonesas se convirtieron en una nube de hombres en fuga, completamente divididas y no representando ya a una fuerza combativa. Pedro mismo resultó muerto.

Muret es un nombre que siempre debería ser recordado como una de las batallas decisivas del mundo. De haber fallado, toda la campaña hubiera fracasado. Probablemente Bouvines nunca se hubiera librado y las probabilidades son tales que la monarquía francesa misma hubiera colapsado, subdividiéndose en clases feudales independientes de todo Señor central.

Una de las muchas cosas desalentadoras en la enseñanza de la Historia es observar que la importancia suprema del lugar y de la acción que se libró allí aún siguen casi sin ser reconocidas. Un autor norteamericano le ha hecho plena justicia en un libro p0r demás acertado, y me refiero al volumen “The Inquisition” (La Inquisición) del Sr. Hoffman Nickerson. No conozco otra monografía en inglés sobre este asunto que merezca tanto como ésta en primera fila en materia de enseñanza histórica. Si Muret se hubiera perdido en lugar de ganarse por milagro, no sólo la monarquía francesa se hubiera debilitado y en Bouvines nunca se hubiera triunfado, sino que la nueva herejía se hubiera impuesto con casi total certeza. Con ello, nuestra cultura Occidental, mutilada, hubiera caído por tierra.

Porque el país sobre el cual los albigenses mantenían su poder era el más rico y el mejor organizado de Occidente. Poseía la más alta cultura, dominaba el comercio del Mediterráneo Occidental con el gran puerto de Narbona, constituía la valla de contención de todos los esfuerzos del Norte hacia el Sur, y su ejemplo hubiera sido seguido de modo inevitable. Tal como sucedieron las cosas, la resistencia albigense colapsó. Los norteños ganaron su campaña y el Sur se hallaba económicamente semi-arruinado y debilitado en su poder de intentar una revolución contra la ahora poderosa monarquía central de París. Por ello es que Muret debería contar, junto con Bouvines, como la fundación de esa monarquía y, con ella, de la alta Edad Media. Muret abre y sella el Siglo XIII – el Siglo de San Luis, de Eduardo de Inglaterra y de toda la ebullición de la cultura occidental.

En cuanto a la herejía albigense en si misma, fue atacada políticamente tanto por organizaciones civiles y eclesiásticas como por la fuerza de las armas. La primera Inquisición surgió por la necesidad de extirpar los restos de la enfermedad. (Es significativo que una persona que se declarara inocente ¡sólo tenía que demostrar que estaba casada para ser absuelta! Eso demuestra la naturaleza de la herejía.)

Bajo el triple golpe de pérdida de riqueza, pérdida de organización militar y una completa erradicación política, este fenómeno maniqueo pareció desaparecer en un siglo. Pero sus raíces se extendían por debajo de la superficie y desde allí, ya sea por la secreta tradición de los perseguidos o por la misma naturaleza de la tendencia maniquea, reaparecería con certeza bajo otras formas. Acechó en las montañas centrales de la propia Francia y, en formas emparentadas, acechó en los valles de los Alpes. Es posible trazar una especie de vaga continuidad entre los albigenses y los grupos puritanos posteriores, tales como los Vaudois; del mismo modo en que es posible rastrear algún tipo de conexión entre los albigenses y las anteriores herejías maniqueas. Pero el fenómeno principal, el fenómeno conocido por el nombre de albigense – el peligro que resultó tan próximo a ser mortal para Europa – fue destruido.

Lo fue a un costo espantoso: la mitad de una alta civilización material quedó destruida y se generaron memorias de odio que ardieron bajo la superficie durante generaciones enteras. Pero el precio valió la pena porque Europa se salvó. La familia de Toulouse fue readmitida en su posición y títulos; sus posesiones no pasaron a la corona francesa sino hasta mucho más tarde. Pero su antigua independencia terminó y, con ella, se acabó esa amenaza a nuestra cultura a la que tan poco le faltó para tener éxito.

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