23 jun. 2017

El error de los "falibles" tomados como "infalibles", en contra de lo verdaderamente infalible.



-En muchos debates teológicos actuales (por ejemplo, la validez del bautismo de deseo), y en ausencia de un magisterio que pudiera cerrar tales debates, la mayoría de la gente se agarra a las declaraciones de teólogos notorios para afirmar cosas o que no ha dicho nunca el magisterio o que incluso contradice tal magisterio.

Y es que prácticamente no hay doctor o santo que no haya cometido errores doctrinales. Un caso muy notorio es el de Santo Tomás de Aquino, uno de los doctores más seguros y fiables de la iglesia… Al que se han detectado una serie de errores doctrinales, algunos muy serios. Sin embargo, cuando uno señala alguno de esos errores (por ejemplo , de nuevo, el del Bautismo de deseo), no hay problema en poner cara de escandalizado y decir “¡Se atreve a contradecir a Santo Tomás!” Y no es eso, el problema es que si el magisterio de la iglesia dice lo contrario de santo Tomás o cualquier otro doctor, eso significa que ese doctor se ha equivocado.
M.E.


-De hecho ante la lógica pregunta que necesariamente surge en este debate: "¿Son los santos y doctores de la iglesia infalibles?", Nunca tiene respuesta. Me he topado siempre con un sepulcral silencio, no hay respuesta, a veces exabruptos, imputaciones y cambio de tema. La aceptación por vía del silencio de que se esta defendiendo lo indefendible, la clara manifestación de  un fenómeno de orden intelectual llamado "Disonancia Cognitiva", que consiste en, Teniendo todos los elementos necesarios, una vez hecho el análisis, por no ser este coincidente con el pre-juicio que se maneja en referencia al tema analizado, a la hora de la inferencia, conclusión que necesariamente precede a la toma de posición o cambio de esta, se recurre a la "Suspensión de Juicio", que no es mas que el ejercicio pleno de la DESHONESTIDAD INTELECTUAL, pues el aceptar la "inferencia" (conclusión del análisis) nos conduce indefectiblemente a tener que aceptar la verdad, que nos obliga a cambiar de paradigmas, cambio que siempre va  aparejado de perdidas en todos los ámbitos,. El ejercicio de la "DESHONESTIDAD INTELECTUAL" es siempre doloso, culpable y consciente y se acude a el por interés, ya que no se esta dispuesto a deponer las banderas del error que se han enarbolado, defendido y enseñado, rechazando la Verdad.
Lo que se resume en las siguientes y muy conocidas expresiones:

1. Errare humanum est, perseverare diabolicum.
 - Errar es humano, caer en el mismo error es diabólico. 
 2. Errare humanum est sed in errore perseverare dementia.
 - Equivocarse es humano pero insistir en el error es locura (o de locos).
E.B.





Ejemplos históricos de teólogos aprobados enseñando el error.


En nuestros días, se ha extendido en cierto modo una falsa doctrina entre aquellos que niegan la enseñanza de la Iglesia sobre la salvación y el bautismo. El error implica el hecho de elevar escritos falibles de ciertos teólogos ‘aprobados’ al estatus del Magisterio. Este es un craso error que niega la verdadera regla de la fe (las declaraciones magisteriales) al sustituirla por otra en su lugar (la enseñanza falible de los teólogos). Habiendo adoptado una falsa regla de fe, estas personas caen en numerosos errores y herejías, especialmente en el tema de la salvación. Este archivo estará dedicado a citar hechos históricos que exponen completamente la falsedad de dicha posición. Este archivo se ampliará en cuanto el tiempo lo permita.
¡Incluso algunos partidarios de la susodicha posición creen que es generalmente inapropiado citar las fuentes primarias (esto es, las encíclicas papales, los concilios, los pronunciamientos ex cathedra, etc.) para probar un punto! Según ellos, un católico solamente debería citar lo que los teólogos escribieron sobre el significado de aquellos pronunciamientos, y a menudo ellos pierden su tiempo debatiendo sin cesar lo que los varios teólogos falibles o modernistas dijeron sobre este o aquel asunto. Esto es realmente indignante y un sinsentido herético, una metodología desastrosa y falsa centrada en el hombre. Ellos son incrédulos y están engañados. Su craso error es una consecuencia de su falla al no creer en Jesucristo ni en lo que Él instituyó en el papado. Entonces, como ellos adoran al hombre en vez de a Dios, ellos se resisten a la verdadera voz de Cristo y a su verdadera regla de la fe. Los verdaderos fieles saben que la palabra final y la verdadera regla de la fe yacen en el Magisterio y en las declaraciones promulgadas por la Cátedra de San Pedro. A San Pedro y a sus sucesores se les otorgó una protección que no se les dio a otros miembros de la Iglesia.
Lucas 22, 31-32: “Simón, Simón, Satanás os busca para ahecharos como trigo: pero yo he rogado por ti para que no desfallezca tu fe, y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos”.
Papa Pío IX, Concilio Vaticano I, 1870, ex cathedra: “Esta Sede de San Pedro permanece siempre intacta de todo error, según la promesa de nuestro divino Salvador hecha al príncipe de sus discípulos: Yo he rogado por ti [Pedro], a fin de que no desfallezca tu fe...”.

ELLOS NIEGAN EL PROPÓSITO MISMO DEL PAPADO.

El propósito mismo de la institución del papado que Jesucristo instituyó sobre San Pedro fue para que los papas, provistos con una protección única de infalibilidad, pudieran definir, de una vez y para siempre, la verdad de Cristo en una materia. Al utilizar y adherirse a lo que los papas han definido sin desviación, los católicos estarán librados de las meras opiniones de los hombres. Esa es la enseñanza de la Iglesia sobre el propósito y el uso de las declaraciones dogmáticas. Nótese que el Concilio de Trento declara que sus cánones dogmáticos fueron promulgados a fin de que los fieles, teniendo acceso a la verdadera regla de la fe, pudieran reconocer la verdad y rechazar los errores.
Papa Pío IV, Concilio de Trento, sesión 23, cap. 4: “Estos son los puntos que de modo general ha parecido al sagrado Concilio enseñar a los fieles cristianos acerca del sacramento del Orden. Y determinó condenar lo que a ellos se opone con ciertos y propios cánones al modo que sigue, a fin de que todos, usando, con la ayuda de Cristo de la regla de la fe entre tantas tinieblas de errores, puedan más fácilmente conocer y mantener la verdad católica”.
Ya que los partidarios de la falsa metodología descrita arriba rechazan la verdadera regla de la fe (el papado), ellos, en su mala voluntad, elevan una regla ajena en su lugar. Su falsa regla de fe hecha por el hombre queda expuesta lógica e históricamente por numerosos hechos y argumentos. Si bien hemos cubierto muchos puntos sobre este asunto, este archivo resumirá ejemplos históricos claves que refutan minuciosamente su craso error.

UN RETO SOBRE EL ‘BAUTISMO DE DESEO’ Y EL ESTATUS TEOLÓGICO, REFUTADO.

Por supuesto, este tema es totalmente relevante para la controversia sobre el ‘bautismo de deseo’ (BDD). Dado que los argumentos magisteriales y dogmáticos demuestran que el ‘bautismo de deseo’ es una falsa doctrina, los defensores del BDD a menudo recurren a decir que es imposible que los ‘teólogos aprobados’ hayan enseñado el ‘bautismo de deseo’ si las declaraciones magisteriales o dogmáticas previas lo contradijeron, y enseñaron la absoluta necesidad del bautismo de agua. Al creer que los ‘teólogos aprobados’ son la regla de la fe, ellos consideran inconcebible que un teólogo o teólogos aprobados puedan contradecir algo previamente declarado por la Iglesia. Un hereje del BDD objetó de este modo:
OBJECIÓN: “Díganme, además del BdD, denme un ejemplo histórico en donde algo más fuera enseñado solemnemente, y posteriormente fuera puesto en duda públicamente por libros y sermones aprobados, sin que nadie lo notara...”.
RESPUESTA: Los siguientes hechos sobre el Canon de la Escritura refutan por completo este argumento y demuestran que la objeción está basada en la ignorancia.

LOS TEÓLOGOS APROBADOS ENSEÑARON ERRORES SOBRE EL CANON DE LA ESCRITURA DESPUÉS DE LA DECLARACIÓN SOLEMNE DEL CONCILIO DE FLORENCIA SOBRE EL TEMA

En la bula Cantate Domino (Decreto para los jacobitas – 1441) del Concilio de Florencia, el Papa Eugenio IV declaró solemnemente los “libros” que la Santa Iglesia Romana “recibe y venera” como inspirados y teniendo por su autor a Dios.
Papa Eugenio IV, Concilio de Florencia, Cantate Domino, 1441: “Firmísimamente cree, profesa y predica que el solo Dios verdadero, Padre e Hijo y Espíritu Santo, es el creador de todas las cosas, de las visibles y de las invisibles; el cual, en el momento que quiso, creó por su bondad todas las criaturas, lo mismo las espirituales que las corporales; buenas, ciertamente, por haber sido hechas por el sumo bien, pero mudables, porque fueron hechas de la nada; y afirma que la naturaleza no es mala, porque toda naturaleza, en cuanto es naturaleza, es buena. Profesa que uno solo y mismo Dios es autor del Antiguo y Nuevo Testamento, es decir, de la ley, de los profetas y del Evangelio, porque por inspiración del mismo Espíritu Santo han hablado los Santos de uno y otro Testamento. Los libros que ella recibe y venera, se contienen en los siguientes títulos”.
La lista dada por el Concilio de Florencia incluyó a los libros deuterocanónicos (Tobías, Judith, Sabiduría, Eclesiástico, Baruc, 1 y 2 de Macabeos). Estos son los siete libros del Antiguo Testamento que los protestantes rechazan. San Alfonso reconoció que Florencia declaró la lista de libros inspirados.
San Alfonso, Sobre el Concilio de Trento, sesión cuarta (de la Escritura y la Tradición), sección 1, # 3: “... Eugenio Cuarto... continuó el Concilio de Florencia, en el cual... con la aprobación de los Padres, él recibió a los herejes armenios y jacobitas, y en la instrucción de la fe que les fue dada, se contiene la aprobación de las tradiciones y de las Sagradas Escrituras, junto con el catálogo de los libros inspirados”.
Más importante, en su encíclica Providentissimus Deus de 1893, el Papa León XIII se refirió al decreto del Concilio de Florencia sobre este tema (en la bula Cantate Domino) como “solemne”.
Papa León XIII, Providentissimus Deus, # 20, 18 de noviembre de 1893: “En efecto, los libros que la Iglesia ha recibido como sagrados y canónicos, todos e íntegramente, en todas sus partes, han sido escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo; y está tan lejos de la divina inspiración el admitir error, que ella por sí misma no solamente lo excluye en absoluto, sino que lo excluye y rechaza con la misma necesidad con que es necesario que Dios, Verdad suma, no sea autor de ningún error. Tal es la antigua y constante creencia de la Iglesia definida solemnemente por los concilios de Florencia y de Trento, confirmada por fin y más expresamente declarada en el concilio Vaticano”.
Por lo tanto, la bula Cantate Domino, que incluye una declaración sobre la lista de los libros inspirados, fue una “definición solemne” de la Iglesia católica.

SIN EMBARGO, DESPÚES DE FLORENCIA, MUCHOS TEÓLOGOS APROBADOS CONTRADIJERON LA DECLARACIÓN DE FLORENCIA

No obstante, después del Concilio de Florencia (antes del Concilio de Trento), ¡algunos de los teólogos más distinguidos y eruditos en la Iglesia sostuvieron y publicaron la posición incorrecta de que los siete libros deuterocanónicos no formaban parte de la Escritura inspirada! Quizá el ejemplo más importante al respecto es el cardenal Francisco Jiménez en su famosa Biblia Políglota Complutense. Esta Biblia célebre fue dedicada al Papa León X y publicada en 1520, poco después de la muerte del cardenal Jiménez en 1517. El Papa León X aprobó la Biblia Políglota Complutense del cardenal Jiménez. En su prefacio a la Biblia, el cardenal Jiménez excluyó a los libros deuterocanónicos de los libros sagrados que pueden ser usados para probar doctrinas eclesiásticas. Con respecto a estos libros, él escribió: “Los libros que están sin el canon, que la Iglesia recibe más bien para la edificación de las personas que para el establecimiento de las doctrinas eclesiásticas se dan solo en griego, pero con una traducción doble”. Eso significa que después del Concilio de Florencia, un clérigo famoso, en una Biblia aprobada por el Papa León X (si bien no enseñando con capacidad infalible), negó la inspiración de los libros deuterocanónicos.
Además, Jiménez no fue el único clérigo que cometió este error después del Concilio de Florencia. El cardenal Seripando, un célebre teólogo, un legado del Papa Pablo III y una figura clave en el Concilio de Trento, también fue un oponente de los libros deuterocanónicos. Lo mismo es cierto de San Antonino, del cardenal Tomás Cayetano (el representante del Papa para oponerse a Martín Lutero), entre otros.
El siguiente resumen del P. Francisco Gigot (1859-1920) es muy interesante. (Nota: Gigot es acusado por algunos de modernismo, pero eso es irrelevante para el asunto. En el siguiente pasaje él simplemente está resumiendo los hechos).
P. Francisco E. Gigot, Colección – 4 libros, edición inglesa, Aeterna Press: “Fue la misma tradición eclesiástica que se proclamó solemnemente poco después en el Concilio de Florencia, cuando Eugenio IV, con la aprobación de los padres de la asamblea, declaró como inspirados por el mismo Espíritu Santo a todos los libros hallados en las Biblias en latín que se usaban entonces, sin distinguirlos en dos clases o categorías...
De hecho, durante la segunda mitad del siglo quince, es decir, después del cierre del Concilio de Florencia, algunos escritores eclesiásticos, tales como Alonso Tostado, obispo de Ávila (1455), San Antonino, arzobispo de Florencia (1459) y Dionisio el cartujano (1471) continuaron en tomar la posición de San Jerónimo en contra de los libros deuterocanónicos... Así como en la última parte del siglo quince, en el comienzo del siglo dieciséis, encontramos algunos eruditos católicos que se opusieron a los libros que no estaban contenidos en el texto hebreo. El primero entre estos es el ilustre cardenal español Jiménez (1517). En el prefacio a su edición magnífica de la Biblia en varios idiomas, llamada la Políglota de Jiménez [la Políglota Complutense], él reproduce el pasaje de San Jerónimo contra los libros deuterocanónicos. ‘Los libros’, escribe, ‘que están sin el canon, que la Iglesia recibe más bien para la edificación de las personas que para el establecimiento de las doctrinas eclesiásticas se dan solo en griego, pero con una traducción doble’... el dominico Tomás de Vio, mejor conocido con el nombre de cardenal Cayetano (1534). Al final de su comentario sobre el libro de Ester, el cardenal escribe abiertamente: ‘En este lugar cerramos nuestro comentario sobre los libros históricos del Antiguo Testamento, porque los libros que quedan (Judith, Tobías, 1 y 2 de Macabeos) son considerados por San Jerónimo por fuera de los libros canónicos y ubicados entre los apócrifos junto con la Sabiduría y el Eclesiástico... Ni se debe inquietar por la extrañeza del hecho, si usted encontrara estos libros considerados entre los libros canónicos, o bien en los sagrados concilios o en los santos doctores. Porque el lenguaje de los concilios y los doctores debe igualmente ser revisado por el juicio de Jerónimo; y según su opinión, esos libros y algunos otros que puedan estar como ellos en el canon de la Biblia, no son canónicos en el sentido de establecer puntos de fe; y aún así, pueden ser llamados canónicos para la edificación de los fieles, en la medida en que se reciben en el canon de la Biblia para este propósito, y son tratados con respeto. Porque con esta distinción usted será capaz de entender las palabras de Agustín y lo que fue escrito en el Concilio de Florencia bajo Eugenio IV, y lo que fue escrito en el concilio provincial de Laodicea y Cartago, y por los Papas Inocencio y Gregorio’”.
Estos hechos prueban que un concilio puede declarar algo solemnemente, y que subsecuentemente los teólogos ‘aprobados’ puedan fallar en reconocerlo o en reconocer su significado. Este caso refuta por completo la objeción susodicha y la falsa metodología de los herejes en nuestros días que niegan el dogma de la salvación. Esto expone la insensatez de los adoradores del hombre que confunden los escritos de teólogos aprobados con el Magisterio, como si los primeros fueran protegidos necesariamente, mientras que el Magisterio estuviera para ser redefinido por ellos. Y este es apenas un ejemplo histórico. Ya hemos cubierto otros, y continuaremos presentando ejemplos en este archivo en cuanto el tiempo lo permita.
Estos hechos demuestran que los teólogos y los papas (en su capacidad falible) pueden estar completamente inadvertidos de (o equivocados) sobre lo que un concilio previo ha declarado sin que ellos se conviertan necesariamente en herejes. Ellos pueden equivocarse sobre el estatus teológico de una verdad. Es por eso que debemos adherirnos y profesar a lo que los papas y el Magisterio enseñan oficialmente, no a lo que los teólogos dicen, si hay alguna contradicción.Papa Benedicto XIV, Apostolica, # 6, 26 de junio de 1749: “La sentencia de la Iglesia es preferible a la de un Doctor conocido por su santidad y enseñanza”.
Papa Alejandro VIII, Contra los errores de los jansenistas, # 30: “Siempre que uno hallare una doctrina claramente fundada en Agustín, puede mantenerla y enseñarla absolutamente, sin mirar a bula alguna del Pontífice – Condenado”.
Papa Pío XII, Humani generis, # 21, 12 de agosto de 1950: “Y el divino Redentor no ha confiado la interpretación auténtica de este depósito a cada uno de los fieles, ni aun a los teólogos, sino solo al magisterio de la Iglesia”.
*Nota: Este archivo se ampliará con más ejemplos en cuanto el tiempo lo permita.

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