El Papa Gregorio XVI declaró:


Un hereje es un bautizado que rechaza un dogma de la Iglesia Católica Romana. Un cismático es quien niega estar en comunión con el Papa verdadero o con los verdaderos católicos. Un apóstata es quien rechaza por completo la fe cristiana. Todos los herejes, cismáticos y apóstatas se separan automáticamente de la Iglesia Católica (Pío XII, encíclica Mistici corporis, 29 de junio de 1943). Por lo tanto, quien es hereje no es católico (Papa León XIII, encíclica Satis cognitum, 29 de junio de 1896). Y la mayoría de los herejes están convencidos que no niegan dogma alguno, cuando en realidad sí lo hacen.


21/04/2013

LA FALSA REACCIÓN

 

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Es interesantísima la carta que traigo, dirigida  al Sr. Guimaraëns   porque aclara, con la respuesta dada, la dialéctica que se reproduce en ámbitos profanos y religiosos entre la Revolución y Contra-Revolución.

Particularmente  esta dialéctica, la vemos reproducida en el ámbito de l enfrentamiento conciliar/tradicionalista, y reproducida también  a  niveles domésticos entre autores de blogs, sitios webs, firmas etc..

Se trata de aquellos que se oponen eficazmente  a lo que en nuestros  días vemos con asombro que pasa en la Iglesia, que provoca la sana reacción de algunos que son silenciados y marginados por aquellos que en nombre de la piedad, obediencia, prudencia y caridad se amoldan a la situación protestando su ortodoxia pero favoreciendo en el fondo el derribo de los bastiones, en impidiendo cual “perro del hortelano” que se haga algo que salve el Reinado Social de Jesucristo y  la Restauración de las Iglesia.

Tomado de TIA

Énfasis propios.

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KASPER Y LA AMBIGÜEDAD

Estimado Sr. Guimaraes,

Hay un interesante e-mail en circulación  (aquí) que informa de que el cardenal Kasper admite que ha habido ambigüedad intencionada en los documentos del Concilio Vaticano II.

En un artículo publicado en L’Osservatore Romano, ha dicho: “Muchas veces, [los padres conciliares] tuvieron que hallar fórmulas de compromiso, en las que, a menudo, las posiciones de la mayoría se situaban junto a las  de la minoría, con el propósito de restringirlas. Por tanto, los mismos textos conciliares tiene una enorme potencialidad conflictiva, abriendo la puerta para ser acogidos selectivamente en favor de cualquier posición. “. ( Cardenal Walter Kasper, L’Osservatore Romano, 12 de abril de 2013)

Ahora bien, esta es la tesis expuesta por Ud. acerca del Concilio Vaticano II en su obra “En las turbias aguas del Vaticano II, en la que Ud.propone es exactamente eso, que hubo una ambigüedad deliberada.

Así que mi pregunta es: ¿Por qué esta tesis de Walter Kasper se atribuye también al columnista Michael Davies, y sólo vagamente a “otros tradicionalistas” en lugar de a Ud., que  ya había propuesto antes  la tesis en 1999, según creo, e hizo famosa la expresión del  ”lenguaje ambiguo de los documentos del Concilio ‘?

No me haría la pregunta si el  no reconocer  la  autoría fuera un hecho aislado. Leyendo a CFN, The Remnant y otros periódicos conservadores, a menudo encuentro citas directas de sus libros, pero nunca hacen referencia a Ud. Parece que hay una ley no escrita de omitir su nombre entre los  escritores conservadores, aunque citen (roben en este caso) su trabajo. ¿Podría Ud. explicar eso?

Mi conclusión es que, como todos ellos transitan a su izquierda, haciendo ciertas concesiones y compromisos, especialmente por su admiración por Benedicto XVI , el Traidor, existe cierto resentimiento contra alguien que no hace concesiones y ofrece análisis claros, concisos  (cosa que falta en la mayoría de ellos )  y equilibrados de la actual situación de la Iglesia. O tal vez sea solamente envidia …

Mis felicitaciones, y disculpas porque su trabajo no reciba el debido reconocimiento,

Viva Cristo Rey!

PH

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El  Editor responde:

Estimado Mr. P.H.,

Gracias por sus elogios y por sus lúcidas observaciones. Le ofrezco estas breves consideraciones para responder a su pregunta: ¿Por qué la gente suele boicotear los nombres de los contrarrevolucionarios, incluso cuando utilizan sus obras intelectuales?

En el terreno de la lucha de la Revolución y de la Contra-Revolución (CR) para destruir o salvar a la Iglesia Católica y a los restos de la civilización cristiana, hay dos valiosos aliados de la Revolución: la Falsa Derecha y la Quinta Columna. Estos dos elementos se esfuerzan en aparecer como  la verdadera Contra revolución en orden a evitar que ésta progrese .

1. La Falsa Derecha la forman quienes tienen algunos puntos en común con el CR, por ejemplo, el estar en contra del comunismo. Sin embargo, a largo plazo, toman posiciones concesivas y reorientan a  las bases, que normalmente no están de acuerdo con la Revolución, para llevarlas otra vez a ella .

La característica de este falso movimiento de derecha en el siglo 20 fue el nazismo en Alemania y sus derivados: el fascismo, petainismo, el franquismo, el salazarismo, el integralismo, para citar sólo algunos movimientos en Italia, Francia, España, Portugal y Brasil. El nazismo era contrario al comunismo en sus métodos, pero no en sus objetivos, ya que ambos movimientos eran tributarios del socialismo. Uno de los principales movimientos de la Falsa Derecha hoy en día, con una marcada presencia entre los tradicionalistas y conservadores, es el distributismo. Ataca los abusos del capitalismo con algunos argumentos y Encíclicas católicas, pero es profundamente socialista. Tratan de imitar la Sociedad Orgánica contrarrevolucionaria, pero en realidad odian cualquier jerarquía y se esfuerzan por implantar un régimen fuerte igualitario de pequeñas  células autogestionadas.

La Falsa Derecha siempre acaba moviendo a las  bases lejos de la auténtica Contra Revolución , por lo que un miembro de la falsa derecha nunca cita a un verdadero contrarrevolucionario a menos que sea para descalificarlo.

2. La Quinta Columna se diferencia de la falsa derecha en su ámbito de actividad. Aunque ambos movimientos tienen el mismo objetivo que es el de llevar otra vez a ella, a los enemigos naturales de la Revolución. Mientras que la  Falsa derecha es activa habitualmente en asuntos  socio-políticos, la Quinta Columna se vuelca en el campo de lo religioso.

La Quinta columna trabaja para llevar al progresismo a sus enemigos habituales. Para ser eficiente, la Quinta columna normalmente se presenta fragmentada en pequeños grupos – un sitio  web aquí, un blog allá. Pretende mantener una perspectiva “moderada” y “piadosa” ante lo que pasa  para atraer a la gente bien orientada  religiosamente e impedirles así llevar a cabo una eficaz reacción al progresismo en la Iglesia.

Está profundamente comprometida con el progresismo y con sus autoridades religiosas representativas, ya sean sacerdotes, obispos, cardenales o papas. Al igual que la Falsa Derecha, un agente  de la  Quinta Columna  religiosa nunca cita a un contrarrevolucionario.

3. Los ladrones que roban frecuentemente  citas y documentos, a los que también Ud. hace referencia, parecen casi inocentes en comparación con los dos tipos de boicot descritos anteriormente. Están movidos por el deseo de parecer originales o eruditos con el fin de disfrutar del aplauso momentáneo de sus audiencias. Para conseguir esta gloria vana, roban y niegan lo que en justicia deberían reconocer a los autores de un hallazgo intelectual. Estos ladrones son personalmente deshonestos, pero lo hacen para el triunfo de una buena causa. Es como quien roba una pistola para disparar al enemigo del dueño de la pistola que también le apunta disparando.

Esta es mi opinión sobre por qué algunas personas no citan los libros de los miembros de la TIA.

Dejo a su sagacidad el trabajo de ver quiénes  encajan  en esta descripción.

Cordialmente

Atila S. Guimarães

 

Tomado íntegramente del blog AMOR DE LA VERDAD

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Mail del hereje kasper a que se alude mas arriba, y en que admite la intencionada ambigüedad del conciliábulo Vaticano….

Tomado de UNAM SANCTAM CATHOLICAM

 

Kasper Admits Intentional Ambiguity

Cardinal Walter Kasper made a stunning statement in the pages of L'Osservatore Romano this past Friday. In offering some reflections on the challenges facing the Church and the continued (perpetual) problem of the "true implementation of Vatican II", Kasper, speaking with reference to the documents of the Council, stated:
"In many places, [the Council Fathers] had to find compromise formulas, in which, often, the positions of the majority are located immediately next to those of the minority, designed to delimit them. Thus, the conciliar texts themselves have a huge potential for conflict, open the door to a selective reception in either direction." (Cardinal Walter Kasper,  L'Osservatore Romano, April 12, 2013)
In the Cardinal's statements, we basically have an affirmation of a fundamental thesis of Michael Davies and most Traditionalists: that the Council documents themselves have ambiguities in them and are subject to a multitude of interpretations. This concept of Conciliar ambiguity has been denied by many conservative/pop apologists, who insist that the Council documents are plain as day and it is only the malice of dissenters pushing a false implementation that is responsible for our current confusion.
Traditionalists, however, and ironically, Kasper, too, have insisted, however, that the destruction that followed the Council can be read back into the documents themselves. Even if the Council Fathers did not intend for the disaster that followed the Council (and most agree they did not), the documents themselves were constructed in such a way as to permit progressive interpretations when put into the hands of progressive theologians or bishops. Contra the conservative mantra of "perfect documents - imperfect implementation", Kasper affirms the Traditionalist critique of "imperfect documents lead to imperfect implementation." Benedict XVI had made the
same point. There is an intimate connection between the documents and their implementation.
But Kasper does more than just admit that "the conciliar texts themselves have a huge potential for conflict"; he goes on to state that these ambiguities, these potential conflicts, were part of an intentional program. He does not simply say the texts will bear various interpretations, but that these ambiguous passages were "compromise formulas" brought forth to placate two opposing sides, in such a way that they can be interpreted in an orthodox manner, but just as easily can be twisted by the progressives to lend seeming support to their mischief.
These are what the late Michael Davies called the "timebombs" in the conciliar texts. Davies wrote, "These 'timebombs' were ambiguous passages inserted into the official documents by the liberal periti or experts - passages which would be interpreted in an untraditional, progressivist sense after the Council closed." (Michael Davies, Liturgical Timebombs, Rockford, Ill: Tan Books, 2004, pg. 23). Davies borrowed the phrase "timebombs" from Archbishop Lefebvre's book A Bishop Speaks, which had basically put forward the same argument. In Kasper's interview, we have nothing less than an admission that there were not only timebombs, but that they were placed there intentionally, and in this he and Lefebvre are in agreement. This is a stunning admission.
Kasper made many other interesting statements that undermine other aspects of the conservative narrative of the Council. For example:
For most Catholics, the developments put in motion by the council are part of the church’s daily life. But what they are experiencing is not the great new beginning nor the springtime of the church, which were expected at that time, but rather a church that has a wintery look, and shows clear signs of crisis.
This is contra to the prevailing mantra from the JPII era that we are experiencing a 'new springtime" and a candid admission that there is in fact a crisis, despite the fact that some, such as Cardinal Timothy Dolan, continue to deny this plain truth. This simple admission of fact, that the Church is in crisis and is not experiencing the promised post-conciliar springtime, is of considerable importance in moving forward, and whatever else we may think of Kasper, I appreciate his sincerity here.
Speaking of the confusion that ensued after the Council, Kasper said:
"For those who know the story of the twenty councils recognized as ecumenical, this [the state of confusion] will not be a surprise. The post-conciliar times were almost always turbulent. The [Second] Vatican, however, is a special case."
This important admission, which I have also
stated elsewhere, really debunks the conservative Catholic talking-point that what we are experiencing in the modern Church is normal, since there is 'always confusion after a Council.' That may be true, but Kasper notes that the confusion that followed Vatican II is "a special case", different from the turbulence of previous periods. This, too, is a point that is often made by Traditionalists, who see in the Second Vatican Council not just another ecclesial event with the standard level of confusion after the fact, but rather a new kind of ecclesial event that cannot be so easily classed alongside the Councils of the past.
Cardinal Kasper affirms the positions of Michael Davies, Lefebvre and the Traditionalists? These are strange times, indeed.
There is a paraphrase of Kasper's comments
here, or you can read the original through Google translate at this blog. As of yet, the L'Osservatore Romano Englsih site has not posted the articles from the previous week, but I will link it up when it becomes available.

07/04/2013

Interesantiisma reflexcion de un lector.

Gracias a D.G., y de antemano ofrezco las disculpas respectivas por hacer publica esta misiva, la que por su interesante contenido me pareció pertinente no dejar en el fuero privado.

Gladius (E.B.)

 

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Hola muchachos,
No se si estaré equivocado y mi juicio esté errado, pero leyendo sobre la verdadera devoción a nuestra Señora por San Luis de Montfort y la vida de algunos santos, veo que ellos convertían a grandes herejes, estamos hablando de muchos herejes, no de pocos.


La Virgen Santísima le ha dado una mayor eficacia al Santo Rosario para estos últimos tiempos como ustedes saben, y los herejes no se convierten, y creo que eso es mala señal para nosotros los católicos, como si no estuviéramos viviendo una verdadera devoción a nuestra Señora o como si pudiéramos dar más y no lo hacemos.  Creo que es una mala señal ver que los herejes no se convierten y pareciera que crecieran en número, la gloria de la Virgen es que convierte a grandes pecadores y a herejes, y si en tiempos pasados convirtió a tantos herejes, ¿por qué no pasa eso ahorita?. 


Mi carta no es para desanimar o desalentar ni para exhortar, lo digo para mi mismo también, sabemos que la Virgen María desea convertir a los herejes y pecadores faltando tan poco para la Segunda Venida de nuestro Señor, y eso no está pasando, hay tantos herejes y tanta abominación, que ya el mundo se ha vuelto como un circo, sus herejías y escándalos son las burlas diarias que tiene que soportar la Santísima Trinidad y ya esto se ha vuelto una costumbre, porque es el pan diario de cada día: las ofensas a Nuestro Señor Jesucristo. Pero si desde la resurrección del Señor y desde Santo Domingo para acá, se convirtieron tantos herejes, ¿por qué  ahora no? Creo que eso es mala señal para nosotros los católicos actuales, creo que no estamos viviendo una verdadera devoción a nuestra Señora, porque por sus frutos los conocerán. Y esos son los principales frutos de una verdadera devoción a María, la conversión de los pecadores por parte de Ella.


Yo se que muchos son de mala voluntad, pero igual en el pasado, muchos parecían así, y la Virgen demostró que es tan poderosa su intersección y que Jesucristo tanto la ama, que "pareciera" que Ella violara el libre albedrío del hereje y lo convirtiera a la fuerza a la fe católica, porque es tan milagrosa y tan inesperada la conversión, que deja a todos pasmados y sorprendidos.
Yo digo, si eso ocurría en el pasado, y ocurrió en el transcurso de la historia de la Iglesia Católica ¿por qué ahora no?  creo que a nuestros ojos están las pruebas y las evidencias de que pudiéramos dar más en nuestro  amor a Dios por María como Él quiere y que debemos pedirle la gracia que nos haga amar más a  nuestros enemigos, a nuestros principales enemigos que son los herejes y ellos se convertirían. No se si nos falta mayor amor a nuestros enemigos o a nuestra Santísima Madre, pero si creo que en algo estamos fallando, ¿Cómo es posible que la Virgen consiguió que se le diera una mayor eficacia al Santo Rosario y los herejes no se conviertan? Es decir, sin tono de exhortación, ni de vanidad, solo de preocupación interior ¿estamos nosotros viviendo una verdadera devoción a nuestra Señora? ¿pudiéramos dar más? ¿Realmente estamos haciendo la voluntad de Dios? ¿Será que realmente nos faltan a nosotros varias conversiones? ¿verdadera humildad?


Salve María.

10/03/2013

DECLARACIÓN DOCTRINAL DE MONS. FELLAY

 

No suelo seguir ni comentar las novedades de la FSSPX, pero dado lo escandalosa que resulta la ultima misiva de Mgr. Fellay al Sr. Levada en Roma, en la cual deja bien en claro hacia donde marchan los otrora discípulos de Mgr. Lefebvre.  No podía sustraerme más en el tiempo, máxime, cuando esto da la razón mil veces a nuestro cambio de postura que a tantos ha agradado y que otros tantos han lamentado.
Espero que Constantino Magno (quien cerró su excelente Blog antimodernista SANTAIGLESIAMILITANTE,  para dedicarse a hacer apología de las herejías de Rat –Singer y a defender el modernismo) considere que en parte se fue por el despeñadero de la doctrina, gracias a seguir fielmente la postura de los apóstatas entreguistas de la FSSPX, quienes renuncian ahora a  lo poco que les quedaba de herencia Católica (cuya sede esta en vacancia desde 1958)  y se apegan mas a la “iglesia modernista postconciliar” que se hace llamar “iglesia católica” y que por estos días elegirá a su 5.º dirigente en casi 5 décadas de existencia y que tanto daño sigue causando a la cristiandad.
Esto se hace evidente cuando leemos en el documento entregado a Roma, que se acepta parte del depósito de la fe Católico (Pastor Aeternus  del Concilio Vaticano) pero acto seguido se apostata públicamente de la fe verdadera al aceptar un documento emanado de un conciliábulo no católico  (Constitución dogmática  Lumen Gentium  del Conciliábulo Vaticano II, Capítulo 3 ( de constitutione hierarchica Ecclesiae y en especie de episcopatu)… Simplemente
ABERRANTE!!!…Dios los perdone.
Gladius
 
NOTA: El articulo original es del sitio francés Sedevacantiste, pour rester CATHOLIQUE, Y fue traducido por el blog sedevacantista hispano Amor de la Verdad.
3-10-2013 12-20-06 PM
DECLARACIÓN  DOCTRINAL  de 15 de abril 2012  de Mons. FELLAY ENVIADA AL CARDENAL LEVADA
Fuente:  La Sapinière
Vista en (de Clément Lécuyer)
http://resistance-catholique.org/articles_html/2012/06/RC_2012-06-12_Communique_MGR-FELLAY-AU-VATICAN_CE-MERCREDI-13-JUIN-2012_fichiers/image001.jpg
LA Declaración  de Mons. Fellay simplemente reniega de la batalla de la Fe y de la doctrina católica
I. Nos comprometemos a ser siempre fieles a la Iglesia Católica y al Romano Pontífice, Pastor supremo, Vicario de Cristo, Sucesor de Pedro y cabeza del cuerpo de obispos.
II. Declaramos que aceptamos  las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia en materia de fe y costumbres, dando a cada  afirmación doctrinal el grado de adhesion requerido,  según la doctrina contenida en el número 25 de la Constitución dogmática Lumen Gentium  del Concilio Vaticano II  (1).
III En particular:
1. Declaramos  que aceptamos la doctrina sobre el Romano Pontífice y el Colegio de Obispos, con su cabeza el Papa, enseñada por  la Constitución dogmática  Pastor Aeternus  del Vaticano I  y por  la Constitución dogmática  Lumen Gentium  del Concilio Vaticano II , Capítulo 3 ( de constitutione hierarchica Ecclesiae y en especie de episcopatu), explicada e interpretada por la Nota explicativa previa a este capítulo.
2. Reconocemos la autoridad de Magisterio solamente  al cual ha sido confiada la tarea de interpretar auténticamente la palabra de Dios escrita o transmitida (2) en fidelidad a la tradición, recordando que “el Espíritu Santo no fue prometido a los sucesores de Pedro para que ellos den a cocer, bajo su revelación, una nueva doctrina, sino  para que con su ayuda guarden santamente y expresen fielmente la revelación  transmitida por los Apóstoles, es decir, el depósito de la fe ” (3).
3 .La Tradición es la transmisión viva de la Revelación “usque ad nos” (4) y la Iglesia, en su enseñanza, su vida, su culto, conserva y transmite a todas las generaciones  lo que ella es y  lo que ella  cree.  La Tradición progresa en la Iglesia con la ayuda del Espíritu Santo (5), no como una novedad contraria (6), sino como una mejor comprensión del depositum fidei (7).
4. La entera Tradición de la fe católica debe ser el criterio y la guía de la comprensión de las enseñanzas del  Concilio Vaticano II, que a su vez la ilumina  – es decir, profundiza y explicita ulteriormente,  algunos aspectos de la vida y de la doctrina de la Iglesia  implícitamente contenidos en ella o todavía no formulados conceptualmente (8).
5. Las afirmaciones  del Concilio Vaticano II y del Magisterio pontificio posterior sobre la relación entre la Iglesia Católica y las confesiones cristianas no-católicas, así como sobre el deber social de la religión y el derecho a la libertad religiosa, cuya  formulación es difícil conciliar [sic] con las declaraciones del magisterio doctrinal precedente, deben entenderse a la luz de la Tradición completa e ininterrumpida, según las verdades enseñadas previamente por el Magisterio de la Iglesia, sin aceptar que ninguna interpretación de estas declaraciones  pueda llevar a exponer la doctrina católica en oposición o ruptura con la Tradición y con el Magisterio.
6. Por ello es legítimo promover por medio de una legítima discusión, el estudio y la explicación teológica de las expresiones y formulaciones del Concilio Vaticano II y del magisterio posterior, en caso de que no parezca conciliable con el Magisterio anterior  de la Iglesia(9).
Declaramos reconocer la validez del sacrificio de la Misa y los Sacramentos celebrados con  intención de hacer lo que hace la Iglesia según los ritos indicados en las ediciones típicas del Misal Romano y  de los rituales de los Sacramentos legítimamente promulgada por el Papa Pablo VI y Juan Pablo II.
8 De conformidad con los criterios establecidos más arriba (III, 5), y del canon 21 del Código,  nos comprometemos a respetar la disciplina común de la Iglesia y  las leyes eclesiásticas, especialmente las contenidas en el Código de Derecho Canónico promulgado por el Papa Juan Pablo II (1983) y el Código de Derecho Canónico de las Iglesias Orientales, promulgada por el mismo Pontífice (1990) , quedando a salvo  la disciplina que se conceda a la Fraternidad de San Pío X por una ley particular.
————–
Se lee  en nota: -
(1) Véase también la nueva fórmula de la Profesión de Fe y del Juramento de Fidelidad a un cargo ejercida en nombre de la Iglesia, 1989, cf. Cann CIC 749, 750, 1 y 2, 752; CCEO can. 597, 598, 1 y 599 2.
(2) cfr. Pío XII Encíclica Humani Generis.
(3) Vaticano I, Constitución dogmática Pastor aeternus, Dz. 3070.
(4) Concilio de Trento, Dz. 1501: “Toda verdad salvadora y de la enseñanza moral (Mt XVI, 15) está contenida en los libros y en las tradiciones no escritas que, recibidas por los Apóstoles de la boca del mismo Cristo o transmitidas como de mano en mano por los Apóstoles bajo el dictado del Espíritu Santo, han llegado hasta nosotros. ’
(5) Véase el Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Dei Verbum, 8 y 9, Denz.4209-4210.
(6) Vaticano I, Constitución dogmática Dei Filius, Dz. 3020: “Por ello debemos mantener siempre el sentido de los sagrados dogmas que la Santa Madre Iglesia ha determinado de una vez por todas, y nunca desvíarse de ellos bajo la apariencia y en nombre de una inteligencia superior de estos dogmas. Crezcan abundantemente y se multiplican en  en todos y en cada uno de  los hombres, así como en toda la Iglesia, en el curso de los siglos, la inteligencia, el conocimiento y la sabiduría, pero sólo en el orden  que más les convenga, es decir, en la unidad del dogma, el significado y  la manera  de ver (San Vicente de Lerins, Commonitorium, 28). ’
(7) Vaticano I, Constitución dogmática Dei Filius, Dz. Juramento antimodernista 3011, N º 4, Pío XII, Carta encíclica Humani Generis, Dz 3886, Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Dei Verbum, 10, Dz. 4213.
(8) Como por ejemplo la enseñanza de la sacramentalidad del episcopado en la Lumen Gentium, n º 21.
(9) Existe un paralelo en la historia de los armenios con el Decreto del Concilio de Florencia, donde la porreción de los instrumentos  fue indicada como la materia del sacramento del Orden. Sin embargo, los teólogos discuten legítimamente, incluso después de este decreto, la exactitud de tal afirmación, y finalmente el tema fue resuelto de otra manera por el Papa Pío XII.
———–
Algunas observaciones rápidas  (de Clément Lécuyer)
Con esta declaración, el Obispo Fellay simplemente reniega  del combate y de la doctrina católica:
- Sostiene, cree y acepta la validez de los sacramentos y de la Nueva Misa neoprotestante . ¿Por qué entonces no participa  en ella (por el momento)?
- Afirma reconocer el Concilio Vaticano II con algunas pocas reservas. Se justifica remitiéndose al derecho  ilegítima y contradictoriao de interpretar los textos, aunque  heréticos del Vaticano II,  “a la luz de la Tradición” . ¿Nos podría  explicar cómo interpreta la  explícita y manifiesta herejía de la libertad religiosa ( Dignitatis Humanae ) y los principios del ecumenismo herético y la colegialidad enseñada en los textos del Concilio Vaticano II?
Mons. Tissier de Mallerais es el primero en reconocer la imposibilidad de la interpretación a la luz de la tradición:
“En lugar de leer el Vaticano II a la luz de la Tradición,  realmente  deberíamos  leer e interpretar el Vaticano II a la luz de la nueva filosofía. Tenemos que leer y entender el Concilio en su verdadero significado, es decir, el de  la nueva filosofía. Dado que todos estos teólogos que produjeron los textos del Concilio Vaticano II se impregnaron de la nueva filosofía. Tenemos que leerlo de esa manera, no para aceptarlo , sino para entenderlo,  como lo entienden teólogos modernos que redactaron los documentos, los comprenden. Leer el Vaticano II a la luz de la Tradición no es leerlo correctamente.Esto es retorcer los textos. Yo no quiero retorcer los textos. “(Entrevista con  Catholic Family News , 12 de febrero de 2009)
- Él reconoce el  Nuevo derecho  Canónico  que contiene  muchos errores graves y perniciosos contra la fe y se compromete a someterse a él..
Pero la verdad sea dicha, no se trata de una primicia, hace unas semanas, Mons.Fellay explicó con suavidad que  “con respecto al Concilio Vaticano II, como a la misa, creemos que es necesario aclarar y corregir cierto  número de puntos  que o bien son erróneos o bien  llevan al error. “   (entrevista con  Noticias Francia  15 de febrero 2013)
En resumen, es claro que al escribir esta declaración, Mons. Fellay y los que le siguen, abandonan el escaso  barniz de “tradicionalismo” que tenían. Ahora  es notorio que proclaman públicamente renegar  del combate de la fe (que en cualquier caso era defectuoso originalmente). Los liberales están  objetivamente  cerca del modernismo.
Por Clemente Lecuyer  publicdo  en: Fraternidad San Pío X: vía sin salida
 
 
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3-10-2013 12-16-07 PM
















































07/03/2013

Los Sentimientos Humanos serán considerados Enfermedades

 

Antares

En 2013 está prevista que salga publicada la nueva edición del DSM-5 (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales). Este manual es considerado “La Biblia de la Psiquiatría”. En esta nueva edición, prácticamente cada emoción experimentada por un ser humano: tristeza, miedo, ansiedad, impaciencia, alegría, etc. serán ahora consideradas como “trastornos mentales” exigiendo un tratamiento químico que beneficiará jugosamente a la Industria farmacéutica.

Hubo un tiempo, no hace tampoco tanto,  en que la evolución espiritual de la humanidad, con su reflejo en el arte, parecía seguir un orden lógico. Todo tenía una sensación subyacente de orden y el mundo, a pesar de su caos inmanente, plasmaba en el arte de las épocas todo lo que bullía  en el ser humano, tanto dentro como fuera.

Corrientes artísticas como el Impresionismo, a finales del siglo XIX o el Expresionismo, a principios del siglo XX propusieron las emociones del ser humano como fuente inagotable de inspiración en todos los campos artísticos. Los impresionistas se lanzaron a la calle a pintar el mundo de forma espontánea y directa. Observaban la luz, ésta provocaba sensaciones y ellos las plasmaban en sus lienzos. Los expresionistas deformaron la realidad para expresar de forma más subjetiva la naturaleza y el ser humano. Pero ambos movimientos tenían en común que dieron primacía a la expresión de los sentimientos y no tanto a la descripción objetiva de la realidad.

Pero la nueva edición del DSM, prevista para 2013 considera que las emociones, que son las que hacen más rica y plena la vida de una persona, son patologías mentales. Aquí les dejamos unos ejemplos extraídos del “jugoso” manual:

Trastorno de Desafío a la Autoridad: si un niño muestra hostilidad hacia la autoridad paterna o a los profesores. Necesitará medicación.

Trastorno de Acaparamiento: si usted hace acopio de alimentos, agua, etc. en prevención de un desastre natural que sepa que usted está enfermo y que necesitará medicación.

Trastorno de Déficit de Atención: si usted o su hijo demuestran tener distracciones de moderadas a graves, periodos de atención breve, inquietud motora, inestabilidad emocional y conductas impulsivas. ¿Quién no ha estado agitado alguna vez? ¿Qué niño no es hiperactivo?¿Quién no se ha distraído en una clase o reunión soporífera? Bien, que sepa usted que está gravemente enfermo y necesitará medicación.

Trastorno de Ansiedad Generalizada: se diagnostica en una persona que se siente un poco ansiosa de hacer algo, como por ejemplo hablar con un psiquiatra. El mero hecho de acudir al psicólogo o al psiquiatra hace que los síntomas de este “trastorno” surjan de la nada.

Trastorno del Cálculo: si se te dan mal las matemáticas

Trastorno de la expresión Escrita: si tu hijo no es muy hábil escribiendo.

Trastorno de la Lectura: si a tu hijo le cuesta un poco más que a los demás aprender a leer.

Trastorno de Hiperactividad: si tienes un hijo inquieto.

Trastorno de la ingestión Alimentaria: si en un mes tu hijo come poco y no engorda.

Y así muchos más. La lista de trastornos es interminable y demencial. Cuando lees el DSM te das cuenta de que para la psiquiatría solo eres normal si estás en coma, estás muerto o eres un zombi sin emociones.

Psiquiatras que trabajan para la gran industria farmacéutica, se reúnen cada dos años y simplemente diseñan nuevos trastornos. Proponen medicamentos adecuados para su tratamiento para así obtener pingües comisiones y beneficios de las grandes corporaciones farmacéuticas. Así el DSM aumenta cada año, más y más, la lista de “trastornos mentales” de tal manera que usted siempre estará enfermo y si no lo está, al tiempo.

 

3-6-2013 7-27-14 AM

05/03/2013

Un hereje no puede ser un papa valido.

 

Un hereje es un bautizado que rechaza un dogma de la Iglesia Católica Romana. Un cismático es quien niega estar en comunión con el Papa verdadero o con los verdaderos católicos. Un apóstata es quien rechaza por completo la fe cristiana. Todos los herejes, cismáticos y apóstatas se separan automáticamente de la Iglesia Católica (Pío XII, encíclica Mistici corporis, 29 de junio de 1943). Por lo tanto, quien es hereje no es católico (Papa León XIII, encíclica Satis cognitum, 29 de junio de 1896). Y la mayoría de los herejes están convencidos que no niegan dogma alguno, cuando en realidad sí lo hacen.

 

PapaPauloIV

 Pablo IV, bula Cum ex Apostolatus Officio, 15 de febrero de 1559 (Bula Ex cathedra (infalible) que es imposible sea abrogada por el CIC (documento FALIBLE) como muchos pretenden, para justificar su adhesión a los últimos RECLAMANTES AL PONTIFICADO CATOLICO.): “6. Agregamos, [por esta Nuestra Constitución, que debe seguir siendo válida en perpetuidad, Nos promulgamos, determinamos, decretamos y definimos:] que si en algún tiempo aconteciese que un obispo, incluso en función de arzobispo, o de patriarca, o primado; o un cardenal, incluso en función de legado, o electo Pontífice Romano que antes de su promoción al cardenalato o asunción al Pontificado, se hubiese desviado de la fe católica, o hubiese caído en herejía:

(i) o lo hubiese suscitado o cometido, la promoción o la asunción, incluso si ésta hubiera ocurrido con el acuerdo unánime de todos los cardenales, es nula, inválida y sin ningún efecto;

(ii) y de ningún modo puede considerarse que tal asunción haya adquirido validez, por aceptación del cargo y por su consagración, o por la subsiguiente posesión o cuasi posesión de gobierno y administración, o por la misma entronización o adoración del Pontífice Romano, o por la obediencia que todos le hayan prestado, cualquiera sea el tiempo transcurrido después de los supuestos antedichos.
(iii) Tal asunción no será tenida por legítima en ninguna de sus partes…
(vi) los que así hubiesen sido promovidos y hubiesen asumido sus funciones, por esa misma razón y sin necesidad de hacer ninguna declaración ulterior, están privados de toda dignidad, lugar, honor, título, autoridad, función y poder

10. Por lo tanto, a hombre alguno sea lícito infringir esta página de Nuestra Aprobación, Innovación, Sanción, Estatuto, Derogación, Voluntades, Decretos, o por temeraria osadía, contradecirlos. Pero si alguien pretendiese intentarlo, sepa que habrá de incurrir en la indignación de Dios Omnipotente y en la de sus santos Apóstoles Pedro y Pablo.

Dado en Roma, junto a San Pedro, en el año de la Encarnación del Señor 1559, XV anterior a las calendas de Marzo, año 4º de nuestro Pontificado

+ Yo, Pablo, obispo de la Iglesia católica…”

  • San Roberto Belarmino: Un papa que se manifieste hereje, por ese mismo hecho (per se) cesa de ser papa y cabeza, así como por lo mismo deja de ser un cristiano y miembro de la Iglesia.  Por tanto, él puede ser juzgado y castigado por la Iglesia.  Este es la enseñanza de todos los Padres antiguos, que enseñaban que los herejes manifiestos pierden inmediatamente toda jurisdicción”. (De Romano Pontifice, II, 30)
  • Enciclopedia Católica, “Papal Elections” [Las Elecciones Papales], 1914, Vol. 11, p. 456:Desde luego, la elección de un hereje, de un cismático, o de una mujer [como Papa] será nula e inválida.

Notas:

[1] The Papal Encyclicals [Las Enciclicas Papales], edición inglesa,, Vol. 1 (1740-1878), p. 256

[2] Decrees of the Ecumenical Councils [Los Decretos de los Concilios Ecumenicos], edición inglesa,, Sheed & Ward and Georgetown University Press, 1990, Vol. 1, p. 479.

[3] Von Pastor, History of the Popes[Historia de los Papas], edición inglesa, II, 346; citado por Warren H. Carroll, A History of Christendom[Una Historia de la Cristiandad], Vol. 3 (The Glory of Christendom[La Gloria de la Cristiandad]), edición inglesa, Front Royal, VA: Christendom Press, p. 571.

04/03/2013

Concilio Vaticano

 

Concilio Vaticano

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PRIMERA SESIÓN: 8 de diciembre de 1869

Decreto de apertura del concilio

Pío, obispo, siervo de los siervos de Dios, con la aprobación del sagrado concilio, para memoria eterna. Reverendísimos padres, ¿es vuestro deseo que, para alabanza y gloria de la Santa e indivisa Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, para aumento y exaltación de la fe y religión católicas, para el desarraigo de los actuales errores, para la reforma del clero y del pueblo cristiano, y para la paz común y la concordia de todos, el santo concilio ecuménico Vaticano deba ser inaugurado, y sea declarado inaugurado?

[Respondieron: Sí]

Pío, obispo, siervo de los siervos de Dios, con la aprobación del sagrado concilio, para memoria eterna. Reverendísimos padres, ¿es vuestro deseo que la siguiente sesión del santo concilio ecuménico Vaticano sea llevada a cabo en la fiesta de la Epifanía del Señor, esto es, el 6 de enero de 1870?

[Respondieron: Sí]

 

SEGUNDA SESIÓN: 6 de enero de 1870
Profesión de fe

Yo, Pío, obispo de la Iglesia Católica, con fe firme creo y profeso cada uno de los artículos contenidos en la profesión de fe que la Santa Iglesia Romana utiliza, a saber: Creo en un Dios Padre todopoderoso, creador de cielo y tierra, de todo lo visible y lo invisible. Y en un Señor Jesucristo, Hijo Unigénito de Dios. Nacido del Padre antes de todas las edades. Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero. Engendrado no creado, consubstancial al Padre: por quien todas las cosas fueron hechas. Quien por nosotros los hombres y por nuestra salvación descendió del cielo. Se encarnó por el Espíritu Santo en la Virgen María: y se hizo hombre. Fue crucificado también por nosotros, padeció bajo Poncio Pilato y fue sepultado. Al tercer día resucitó de acuerdo a las Escrituras. Ascendió a los cielos y está sentado a la derecha del Padre. Él vendrá de nuevo con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin. Y en el Espíritu Santo, señor y dador de vida, quien procede del Padre y del Hijo. Quien junto con el Padre y el Hijo es adorado y glorificado: quien habló por los profetas. Y en una Santa, Católica y Apostólica Iglesia. Confieso un bautismo para la remisión delos pecados. Y espero la resurrección de los muertos. Y la vida del mundo futuro. Amén.

Acepto y abrazo firmemente las tradiciones apostólicas y eclesiales, así como todas las demás observancias y constituciones de la misma Iglesia.

Del mismo modo acepto la Sagrada Escritura de acuerdo con aquel sentido que la Santa Madre Iglesia sostuvo y sostiene, ya que es su derecho el juzgar sobre el verdadero sentido e interpretación de las Sagradas Escrituras; no las recibiré e interpretaré sino de acuerdo con el consentimiento unánime de los padres.

Profeso también que hay siete sacramentos de la nueva ley, verdadera y adecuadamente conocidos, instituidos por nuestro Señor Jesucristo y necesarios para la salvación, aunque cada persona no necesita recibirlos todos.

Ellos son: bautismo, confirmación, la Eucaristía, penitencia, última unción, orden y matrimonio; y ellos confieren gracia. De estos, bautismo, confirmación y orden no pueden ser repetidos sin cometer sacrilegio.

Asimismo recibo y acepto los ritos de la Iglesia Católica que han sido recibidos y aprobados en la solemne administración de todos los sacramentos mencionados.

Abrazo y acepto todo y cada una de las partes de lo que fue definido y declarado por el santo Concilio de Trento acerca del pecado original y la justificación. Asimismo

Profeso que en la misa es ofrecido a Dios un verdadero, apropiado y propiciatorio sacrificio por los vivos y muertos; y que en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía están verdadera, real y substancialmente el cuerpo y la sangre, junto con el alma y la divinidad, de nuestro Señor Jesucristo; y que allí tiene lugar la conversión de toda la substancia del pan en su cuerpo, y de toda la substancia del vino en su sangre, y esta conversión la Iglesia Católica llama transubstanciación.

Confieso que bajo ambas especies solas, Cristo todo y completo y el verdadero sacramento son recibidos.

Sostengo firmemente que existe el purgatorio, y que las almas detenidas allí son ayudadas por los sufragios de los fieles. Asimismo, que los santos reinantes con Cristo deben recibir honor y plegarias, y que ellos ofrecen plegarias a Dios en nuestro beneficio, y que sus reliquias deben ser veneradas.

Resueltamente afirmo que las imágenes de Cristo y la siempre Virgen Madre de Dios, y asimismo aquellas de otros santos, deben ser cuidadas y conservadas, y que se les debe mostrar el honor y la reverencia debidas.

Afirmo que el poder de las indulgencias fue dejado por Cristo en la Iglesia, y que su uso es eminentemente beneficioso para el pueblo cristiano.

Reconozco a la Santa, Católica, Apostólica y Romana Iglesia, madre y maestra de todas las Iglesias.

Asimismo acepto indudablemente y profeso todas aquellas otras cosas que han sido transmitidas, definidas y declaradas por los sagrados cánones y concilios ecuménicos, especialmente el sagrado Trento; de la misma manera también condeno, rechazo y anatematizo cualquier cosa contraria, y cualquier herejía que ha sido condenada, rechazada y anatematizada por la Iglesia.

Esta verdadera fe católica, fuera de la cual nadie puede salvarse, que ahora libremente profeso y sinceramente sostengo, es la que resueltamente he de mantener y confesar, con la ayuda de Dios, en toda su integridad y pureza hasta mi último aliento, y haré todo lo que pueda para asegurar que los demás hagan lo mismo. Esto es lo que yo, el mismo Pío, prometo, voto y juro. De esta manera me ayuden Dios y sus santos evangelios.

 

Dei Filius
Constitución dogmática sobre la fe católica
TERCERA SESIÓN: 24 de abril de 1870

Pío, obispo, siervo de los siervos de Dios, con la aprobación del Sagrado Concilio, para perpetua memoria.

El Hijo de Dios y redentor del género humano, nuestro Señor Jesucristo, prometió, estando pronto a retornar a su Padre celestial, que estaría con su Iglesia militante sobre la tierra todos los días hasta el fin del mundo1. De aquí que nunca en momento alguno ha dejado de acompañar a su amada esposa, asistiéndola cuando enseña, bendiciéndola en sus labores y trayéndole auxilio cuando está en peligro. Ahora esta providencia salvadora aparece claramente en innumerables beneficios, pero es especialmente manifiesta en los frutos que han sido asegurados al mundo cristiano por los concilios ecuménicos, de entre los cuales el Concilio de Trento merece especial mención, celebrados aunque fuese en malos tiempos. De allí vino una más cercana definición y una más fructífera exposición de los santos dogmas de la religión y la condenación y represión de errores; de allí también, la restauración y vigoroso fortalecimiento de la disciplina eclesiástica, el avance del clero en el celo por el saber y la piedad, la fundación de colegios para la educación de los jóvenes a la sagrada milicia; y finalmente la renovación de la vida moral del pueblo cristiano a través de una instrucción más precisa de los fieles y una más frecuente recepción de los sacramentos. Además, de allí también vino una mayor comunión de los miembros con la cabeza visible, y un mayor vigor en todo el cuerpo místico de Cristo. De allí vino la multiplicación de las familias religiosas y otros institutos de piedad cristiana; así también ese decidido y constante ardor por la expansión del reino de Cristo por todo el mundo, incluso hasta el derramamiento de la propia sangre.

Mientras recordamos con corazones agradecidos, como corresponde, estos y otros insignes frutos que la misericordia divina ha otorgado a la Iglesia, especialmente por medio del último sínodo ecuménico, no podemos acallar el amargo dolor que sentimos por tan graves males, que han surgido en su mayor parte ya sea porque la autoridad del sagrado sínodo fue despreciada por muchos, ya porque fueron negados sus sabios decretos.

Nadie ignora que estas herejías, condenadas por los padres de Trento, que rechazaron el magisterio divino de la Iglesia y dieron paso a que las preguntas religiosas fueran motivo de juicio de cada individuo, han gradualmente colapsado en una multiplicidad de sectas, ya sea en acuerdo o desacuerdo unas con otras; y de esta manera mucha gente ha tenido toda fe en Cristo como destruida. Ciertamente, incluso la Santa Biblia misma, la cual ellos clamaban al unísono ser la única fuente y criterio de la fe cristiana, no es más proclamada como divina sino que comienzan a asimilarla a las invenciones del mito.

De esta manera nace y se difunde a lo largo y ancho del mundo aquella doctrina del racionalismo o naturalismo —radicalmente opuesta a la religión cristiana, ya que ésta es de origen sobrenatural—, la cual no ahorra esfuerzos en lograr que Cristo, quien es nuestro único Señor y salvador, sea excluido de las mentes de las personas así como de la vida moral de las naciones y se establezca así el reino de lo que ellos llaman la simple razón o naturaleza. El abandono y rechazo de la religión cristiana, así como la negación de Dios y su Cristo, ha sumergido la mente de muchos en el abismo del panteísmo, materialismo y ateísmo, de modo que están luchando por la negación de la naturaleza racional misma, de toda norma sobre lo correcto y justo, y por la ruina de los fundamentos mismos de la sociedad humana.

Con esta impiedad difundiéndose en toda dirección, ha sucedido infelizmente que muchos, incluso entre los hijos de la Iglesia católica, se han extraviado del camino de la piedad auténtica, y como la verdad se ha ido diluyendo gradualmente en ellos, su sentido católico ha sido debilitado. Llevados a la deriva por diversas y extrañas doctrinas2, y confundiendo falsamente naturaleza y gracia, conocimiento humano y fe divina, se encuentra que distorsionan el sentido genuino de los dogmas que la Santa Madre Iglesia sostiene y enseña, y ponen en peligro la integridad y la autenticidad de la fe.

Viendo todo esto, ¿cómo puede ser que no se conmuevan las íntima entrañas de la Iglesia? Pues así como Dios desea que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad3, así como Cristo vino para salvar lo que estaba perdido4 y congregar en la unidad a los hijos de Dios que estaban dispersos5, así también la Iglesia, constituida por Dios como madre y maestra de todas las naciones, reconoce sus obligaciones para con todos y está siempre lista y anhelante de levantar a los caídos, de sostener a los que tropiezan, de abrazar a los que vuelven y de fortalecer a los buenos impulsándolos hacia lo que es mejor. De esta manera, ella no puede nunca dejar de testimoniar y declarar la verdad de Dios que sana a todos6, ya que no ignora estas palabras dirigidas a ella: «Mi espíritu está sobre ti, y estas palabras mías que he puesto en tu boca no se alejarán de tu boca ni ahora ni en toda la eternidad»7.

Por lo tanto nosotros, siguiendo los pasos de nuestros predecesores, en conformidad con nuestro supremo oficio apostólico, nunca hemos dejado de enseñar y defender la verdad católica, así como de condenar las doctrinas erradas. Pero ahora es nuestro propósito profesar y declarar desde esta cátedra de Pedro ante los ojos de todos la doctrina salvadora de Cristo, y, por el poder que nos es dado por Dios, rechazar y condenar los errores contrarios. Hemos de hacer esto con los obispos de todo el mundo como nuestros co-asesores y compañeros-jueces, reunidos aquí como lo están en el Espíritu Santo por nuestra autoridad en este concilio ecuménico, y apoyados en la Palabra de Dios como la hemos recibido en la Escritura y la Tradición, religiosamente preservada y auténticamente expuesta por la Iglesia Católica.

Capítulo 1: Sobre Dios creador de todas las cosas

La Iglesia Santa, Católica, Apostólica y Romana cree y confiesa que hay un sólo Dios verdadero y vivo, creador y señor del cielo y de la tierra, omnipotente, eterno, inmensurable, incomprensible, infinito en su entendimiento, voluntad y en toda perfección. Ya que Él es una única substancia espiritual, singular, completamente simple e inmutable, debe ser declarado distinto del mundo, en realidad y esencia, supremamente feliz en sí y de sí, e inefablemente excelso por encima de todo lo que existe o puede ser concebido aparte de Él.

Este único Dios verdadero, por su bondad y virtud omnipotente, no con la intención de aumentar su felicidad, ni ciertamente de obtenerla, sino para manifestar su perfección a través de todas las cosas buenas que concede a sus creaturas, por un plan absolutamente libre, «juntamente desde el principio del tiempo creo de la nada a una y otra creatura, la espiritual y la corporal, a saber, la angélico y la mundana, y luego la humana, como constituida a la vez de espíritu y de cuerpo»8.

Todo lo que Dios ha creado, lo protege y gobierna con su providencia, que llega poderosamente de un confín a otro de la tierra y dispone todo suavemente9. «Todas las cosas están abiertas y patentes a sus ojos»10, incluso aquellas que ocurrirán por la libre actividad de las creaturas.

Capítulo 2: sobre la revelación

La misma Santa Madre Iglesia sostiene y enseña que Dios, principio y fin de todas las cosas, puede ser conocido con certeza a partir de las cosas creadas con la luz natural de la razón humana: «porque lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de lo creado»11.

Plugo, sin embargo, a su sabiduría y bondad revelarse a sí mismo y los decretos eternos de su voluntad al género humano por otro camino, y éste sobrenatural, tal como lo señala el Apóstol: «De muchas y distintas maneras habló Dios desde antiguo a nuestros padres por medio los profetas; en estos últimos días nos ha hablado por su Hijo»12.

Es, ciertamente, gracias a esta revelación divina que aquello que en lo divino no está por sí mismo más allá del alcance de la razón humana, puede ser conocido por todos, incluso en el estado actual del género humano, sin dificultad, con firme certeza y sin mezcla de error alguno.

Pero no por esto se ha de sostener que la revelación sea absolutamente necesaria, sino que Dios, por su bondad infinita, ordenó al hombre a un fin sobrenatural, esto es, a participar de los bienes divinos, que sobrepasan absolutamente el entendimiento de la mente humana; ciertamente «ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó lo que Dios preparó para aquellos que lo aman»13.

Esta revelación sobrenatural, conforme a la fe de la Iglesia universal declarada por el sagrado concilio de Trento, «está contenida en libros escritos y en tradiciones no escritas, que fueron recibidos por los apóstoles de la boca del mismo Cristo, o que, transmitidos como de mano en mano desde los apóstoles bajo el dictado del Espíritu Santo, han llegado hasta nosotros»14.

Los libros íntegros del Antiguo y Nuevo Testamento con todas sus partes, según están enumerados en el decreto del mencionado concilio y como se encuentran en la edición de la Antigua Vulgata Latina, deben ser recibidos como sagrados y canónicos. La Iglesia estos libros por sagrados y canónicos no porque ella los haya aprobado por su autoridad tras haber sido compuestos por obra meramente humana; tampoco simplemente porque contengan sin error la revelación; sino porque, habiendo sido escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios por autor y han sido confiadas como tales a la misma Iglesia.

Ahora bien, ya que cuanto saludablemente decretó el concilio de Trento acerca de la interpretación de la Sagrada Escritura para constreñir a los ingenios petulantes, es expuesto erróneamente por ciertos hombres, renovamos dicho decreto y declaramos su significado como sigue: que en materia de fe y de las costumbres pertinentes a la edificación de la doctrina cristiana, debe tenerse como verdadero el sentido de la Escritura que la Santa Madre Iglesia ha sostenido y sostiene, ya que es su derecho juzgar acerca del verdadero sentido e interpretación de las Sagradas Escrituras; y por eso, a nadie le es lícito interpretar la Sagrada Escritura en un sentido contrario a éste ni contra el consentimiento unánime de los Padres.

Capítulo 3: Sobre la fe

Ya que el hombre depende totalmente de Dios como su creador y Señor, y ya que la razón creada está completamente sujeta a la verdad increada; nos corresponde rendir a Dios que revela el obsequio del entendimiento y de la voluntad por medio de la fe. La Iglesia Católica profesa que esta fe, que es «principio de la salvación humana»15, es una virtud sobrenatural, por medio de la cual, con la inspiración y ayuda de la gracia de Dios, creemos como verdadero aquello que Él ha revelado, no porque percibamos su verdad intrínseca por la luz natural de la razón, sino por la autoridad de Dios mismo que revela y no puede engañar ni ser engañado. Así pues, la fe, como lo declara el Apóstol, «es garantía de lo que se espera, la prueba de las realidades que no se ven»16.

Sin embargo, para que el obsequio de nuestra fe sea de acuerdo a la razón17, quiso Dios que a la asistencia interna del Espíritu Santo estén unidas indicaciones externas de su revelación, esto es, hechos divinos y, ante todo, milagros y profecías, que, mostrando claramente la omnipotencia y conocimiento infinito de Dios, son signos ciertísimos de la revelación y son adecuados al entendimiento de todos. Por eso Moisés y los profetas, y especialmente el mismo Cristo Nuestro Señor, obraron muchos milagros absolutamente claros y pronunciaron profecías; y de los apóstoles leemos: «Salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban»18. Y nuevamente está escrito: «Tenemos una palabra profética más firme, a la cual hacéis bien en prestar atención, como a lámparas que iluminan en lugar oscuro»19.

Ahora, si bien el asentimiento de la fe no es de manera alguna un movimiento ciego de la mente, nadie puede, sin embargo, «aceptar la predicación evangélica» como es necesario para alcanzar la salvación, «sin la inspiración y la iluminación del Espíritu Santo, quien da a todos la facilidad para aceptar y creer en la verdad»20. Por lo tanto, la fe en sí misma, aunque no opere mediante la caridad21, es un don de Dios, y su acto es obra que atañe a la salvación, con el que la persona rinde verdadera obediencia a Dios mismo cuando acepta y colabora con su gracia, la cual puede resistir22.

Por tanto, deben ser creídas con fe divina y católica todas aquellas cosas que están contenidas en la Palabra de Dios, escrita o transmitida, y que son propuestas por la Iglesia para ser creídas como materia divinamente revelada, sea por juicio solemne, sea por su magisterio ordinario y universal.

Ya que «sin la fe… es imposible agradar a Dios»23 y llegar al consorcio de sus hijos, se sigue que nadie pueda nunca alcanzar la justificación sin ella, ni obtener la vida eterna a no ser que «persevere hasta el fin»24 en ella. Así, para que podamos cumplir nuestro deber de abrazar la verdadera fe y perseverar inquebrantablemente en ella, Dios, mediante su Hijo Unigénito, fundó la Iglesia y la proveyó con notas claras de su institución, para que pueda ser reconocida por todos como custodia y maestra de la Palabra revelada.

Sólo a la Iglesia Católica pertenecen todas aquellas cosas, tantas y tan maravillosas, que han sido divinamente dispuestas para la evidente credibilidad de la fe cristiana. Es más, la Iglesia misma por razón de su admirable propagación, su sobresaliente santidad y su incansable fecundidad en toda clase de bienes, por su unidad católica y su invencible estabilidad, es un gran y perpetuo motivo de credibilidad y un testimonio irrefragable de su misión divino.

Así sucede que, como estandarte levantado para todas las naciones25, invita también a sí a quienes no han creído aún, y asegura a sus hijos que la fe que ellos profesan descansa en el más seguro de los fundamentos. A este testimonio se añade el auxilio efectivo del poder de lo alto. El benignísimo Señor mueve y auxilia con su gracia a aquellos que se extravían, para que puedan «llegar al conocimiento de la verdad»26; y confirma con su gracia a quienes «ha trasladado de las tinieblas a su luz admirable»27, para que puedan perseverar en su luz, no abandonándolos, a no ser que sea abandonado. Por lo tanto, la situación de aquellos que por el don celestial de la fe han abrazado la verdad católica, no es en modo alguno igual a la de aquellos que, guiados por las opiniones humanas, siguen una religión falsa; ya que quienes han aceptado la fe bajo la guía de la Iglesia no tienen nunca una razón justa para cambiar su fe o ponerla en cuestión. Siendo esto así, «dando gracias a Dios Padre que nos ha hecho dignos de compartir con los santos en la luz»28 no descuidemos tan grande salvación, sino que «mirando en Jesús al autor y consumador de nuestra fe»29, «mantengamos inconmovible la confesión de nuestra esperanza»30.

Capítulo 4: Sobre la fe y la razón

El asentimiento perpetuo de la Iglesia católica ha sostenido y sostiene que hay un doble orden de conocimiento, distinto no sólo por su principio, sino también por su objeto. Por su principio, porque en uno conocemos mediante la razón natural y en el otro mediante la fe divina; y por su objeto, porque además de aquello que puede ser alcanzado por la razón natural, son propuestos a nuestra fe misterios escondidos por Dios, los cuales sólo pueden ser conocidos mediante la revelación divina. Por tanto, el Apóstol, quien atestigua que Dios es conocido por los gentiles «a partir de las cosas creadas»31, cuando habla sobre la gracia y la verdad que «nos vienen por Jesucristo»32, declara sin embargo: «Proclamamos una sabiduría de Dios, misteriosa, escondida, destinada por Dios desde antes de los siglos para gloria nuestra, desconocida de todos los príncipes de este mundo… Dios nos la reveló por medio del Espíritu; ya que el Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios»33. Y el Unigénito mismo, en su confesión al Padre, reconoce que éste ha ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y se las ha revelado a los pequeños34.

Y ciertamente la razón, cuando iluminada por la fe busca persistente, piadosa y sobriamente, alcanza por don de Dios cierto entendimiento, y muy provechoso, de los misterios, sea por analogía con lo que conoce naturalmente, sea por la conexión de esos misterios entre sí y con el fin último del hombre. Sin embargo, la razón nunca es capaz de penetrar esos misterios en la manera como penetra aquellas verdades que forman su objeto propio; ya que los divinos misterios, por su misma naturaleza, sobrepasan tanto el entendimiento de las creaturas que, incluso cuando una revelación es dada y aceptada por la fe, permanecen estos cubiertos por el velo de esa misma fe y envueltos de cierta oscuridad, mientras en esta vida mortal «vivimos lejos del Señor, pues caminamos en la fe y no en la visión»35.

Pero aunque la fe se encuentra por encima de la razón, no puede haber nunca verdadera contradicción entre una y otra: ya que es el mismo Dios que revela los misterios e infunde la fe, quien ha dotado a la mente humana con la luz de la razón. Dios no puede negarse a sí mismo, ni puede la verdad contradecir la verdad. La aparición de esta especie de vana contradicción se debe principalmente al hecho o de que los dogmas de la fe no son comprendidos ni explicados según la mente de la Iglesia, o de que las fantasías de las opiniones son tenidas por axiomas de la razón. De esta manera, «definimos que toda afirmación contraria a la verdad de la fe iluminada es totalmente falsa»36.

Además la Iglesia que, junto con el oficio apostólico de enseñar, ha recibido el mandato de custodiar el depósito de la fe, tiene por encargo divino el derecho y el deber de proscribir toda falsa ciencia37, a fin de que nadie sea engañado por la filosofía y la vana mentira38. Por esto todos los fieles cristianos están prohibidos de defender como legítimas conclusiones de la ciencia aquellas opiniones que se sabe son contrarias a la doctrina de la fe, particularmente si han sido condenadas por la Iglesia; y, más aun, están del todo obligados a sostenerlas como errores que ostentan una falaz apariencia de verdad.

La fe y la razón no sólo no pueden nunca disentir entre sí, sino que además se prestan mutua ayuda, ya que, mientras por un lado la recta razón demuestra los fundamentos de la fe e, iluminada por su luz, desarrolla la ciencia de las realidades divinas; por otro lado la fe libera a la razón de errores y la protege y provee con conocimientos de diverso tipo. Por esto, tan lejos está la Iglesia de oponerse al desarrollo de las artes y disciplinas humanas, que por el contrario las asiste y promueve de muchas maneras. Pues no ignora ni desprecia las ventajas para la vida humana que de ellas se derivan, sino más bien reconoce que esas realidades vienen de «Dios, el Señor de las ciencias»39, de modo que, si son utilizadas apropiadamente, conducen a Dios con la ayuda de su gracia. La Iglesia no impide que estas disciplinas, cada una en su propio ámbito, aplique sus propios principios y métodos; pero, reconociendo esta justa libertad, vigila cuidadosamente que no caigan en el error oponiéndose a las enseñanzas divinas, o, yendo más allá de sus propios límites, ocupen lo perteneciente a la fe y lo perturben.

Así pues, la doctrina de la fe que Dios ha revelado es propuesta no como un descubrimiento filosófico que puede ser perfeccionado por la inteligencia humana, sino como un depósito divino confiado a la esposa de Cristo para ser fielmente protegido e infaliblemente promulgado. De ahí que también hay que mantener siempre el sentido de los dogmas sagrados que una vez declaró la Santa Madre Iglesia, y no se debe nunca abandonar bajo el pretexto o en nombre de un entendimiento más profundo. «Que el entendimiento, el conocimiento y la sabiduría crezcan con el correr de las épocas y los siglos, y que florezcan grandes y vigorosos, en cada uno y en todos, en cada individuo y en toda la Iglesia: pero esto sólo de manera apropiada, esto es, en la misma doctrina, el mismo sentido y el mismo entendimiento»40.

 

 

CÁNONES

Sobre Dios creador de todas las cosas

1. Si alguno negare al único Dios verdadero, creador y señor de las cosas visibles e invisibles: sea anatema.

2. Si alguno fuere tan osado como para afirmar que no existe nada fuera de la materia: sea anatema.

3. Si alguno dijere que es una sola y la misma la substancia o esencia de Dios y la de todas las cosas: sea anatema.

4. Si alguno dijere que las cosas finitas, corpóreas o espirituales, o por lo menos las espirituales, han emanado de la substancia divina; o que la esencia divina, por la manifestación y evolución de sí misma se transforma en todas las cosas; o, finalmente, que Dios es un ser universal e indefinido que, determinándose a sí mismo, establece la totalidad de las cosas, distinguidas en géneros, especies e individuos: sea anatema.

5. Si alguno no confesare que el mundo y todas las cosas que contiene, espirituales y materiales, fueron producidas de la nada por Dios de acuerdo a la totalidad de su substancia; o sostuviere que Dios no creó por su voluntad libre de toda necesidad, sino con la misma necesidad con que se ama a sí mismo; o negare que el mundo fue creado para gloria de Dios: sea anatema.

Sobre la revelación

1. Si alguno dijere que Dios, uno y verdadero, nuestro creador y Señor, no puede ser conocido con certeza a partir de las cosas que han sido hechas, con la luz natural de la razón humana: sea anatema.

2. Si alguno dijere que es imposible, o inconveniente, que el ser humano sea instruido por medio de la revelación divina acerca de Dios y del culto que debe tributársele: sea anatema.

3. Si alguno dijere que el ser humano no puede ser divinamente elevado a un conocimiento y perfección que supere lo natural, sino que puede y debe finalmente alcanzar por sí mismo, en continuo progreso, la posesión de toda verdad y de todo bien: sea anatema.

4. Si alguno no recibiere como sagrados y canónicos todos los libros de la Sagrada Escritura con todas sus partes, tal como los enumeró el Concilio de Trento, o negare que ellos sean divinamente inspirados: sea anatema.

Sobre la fe

1. Si alguno dijere que la razón humana es de tal modo independiente que no puede serle mandada la fe por Dios: sea anatema.

2. Si alguno dijere que la fe divina no se distingue del conocimiento natural sobre Dios y los asuntos morales, y que por consiguiente no se requiere para la fe divina que la verdad revelada sea creída por la autoridad de Dios que revela: sea anatema.

3. Si alguno dijere que la revelación divina no puede hacerse creíble por signos externos, y que por lo tanto los hombres deben ser movidos a la fe sólo por la experiencia interior de cada uno o por inspiración privada: sea anatema.

4. Si alguno dijere que todos los milagros son imposibles, y que por lo tanto todos los relatos de ellos, incluso aquellos contenidos en la Sagrada Escritura, deben ser dejados de lado como fábulas o mitos; o que los milagros no pueden ser nunca conocidos con certeza, ni puede con ellos probarse legítimamente el origen divino de la religión cristiana: sea anatema.

5. Si alguno dijere que el asentimiento a la fe cristiana no es libre, sino que necesariamente es producido por argumentos de la razón humana; o que la gracia de Dios es necesaria sólo para la fe viva que obra por la caridad41: sea anatema.

6. Si alguno dijere que la condición de los fieles y de aquellos que todavía no han llegado a la única fe verdadera es igual, de manera que los católicos pueden tener una causa justa para poner en duda, suspendiendo su asentimiento, la fe que ya han recibido bajo el magisterio de la Iglesia, hasta que completen una demostración científica de la credibilidad y verdad de su fe: sea anatema.

Sobre la fe y la razón

1. Si alguno dijere que en la revelación divina no está contenido ningún misterio verdadero y propiamente dicho, sino que todos los dogmas de la fe pueden ser comprendidos y demostrados a partir de los principios naturales por una razón rectamente cultivada: sea anatema.

2. Si alguno dijere que las disciplinas humanas deben ser desarrolladas con tal grado de libertad que sus aserciones puedan ser sostenidas como verdaderas incluso cuando se oponen a la revelación divina, y que estas no pueden ser prohibidas por la Iglesia: sea anatema.

3. Si alguno dijere que es posible que en algún momento, dado el avance del conocimiento, pueda asignarse a los dogmas propuestos por la Iglesia un sentido distinto de aquel que la misma Iglesia ha entendido y entiende: sea anatema.

Así pues, cumpliendo nuestro oficio pastoral supremo, suplicamos por el amor de Jesucristo y mandamos, por la autoridad de aquél que es nuestro Dios y Salvador, a todos los fieles cristianos, especialmente a las autoridades y a los que tienen el deber de enseñar, que pongan todo su celo y empeño en apartar y eliminar de la Iglesia estos errores y en difundir la luz de la fe purísima.

Mas como no basta evitar la contaminación de la herejía, a no ser que se eviten cuidadosamente también aquellos errores que se le acercan en mayor o menor grado, advertimos a todos de su deber de observar las constituciones y decretos en que tales opiniones erradas, incluso no mencionadas expresamente en este documento, han sido proscritas y prohibidas por esta Santa Sede.

 

 

Pastor Aeternus
Constitución dogmática sobre la Iglesia de Cristo
CUARTA SESIÓN: 18 de julio de 1870

Pío, obispo, siervo de los siervos de Dios, con la aprobación del Sagrado Concilio, para perpetua memoria.

El eterno pastor y guardián de nuestras almas42, en orden a realizar permanentemente la obra salvadora de la redención, decretó edificar la Santa Iglesia, en la que todos los fieles, como en la casa del Dios viviente, estén unidos por el vínculo de una misma fe y caridad. De esta manera, antes de ser glorificado, suplicó a su Padre, no sólo por los apóstoles sino también por aquellos que creerían en Él a través de su palabra, que todos ellos sean uno como el mismo Hijo y el Padre son uno43. Así entonces, como mandó a los apóstoles, que había elegido del mundo44, tal como Él mismo había sido enviado por el Padre45, de la misma manera quiso que en su Iglesia hubieran pastores y maestros hasta la consumación de los siglos46.

Así, para que el oficio episcopal fuese uno y sin división y para que, por la unión del clero, toda la multitud de creyentes se mantuviese en la unidad de la fe y de la comunión, colocó al bienaventurado Pedro sobre los demás apóstoles e instituyó en él el fundamento visible y el principio perpetuo de ambas unidades, sobre cuya fortaleza se construyera un templo eterno, y la altura de la Iglesia, que habría de alcanzar el cielo, se levantara sobre la firmeza de esta fe47.

Y ya que las puertas del infierno, para derribar, si fuera posible, a la Iglesia, se levantan por doquier contra su fundamento divinamente dispuesto con un odio que crece día a día, juzgamos necesario, con la aprobación del Sagrado Concilio, y para la protección, defensa y crecimiento del rebaño católico, proponer para ser creída y sostenida por todos los fieles, según la antigua y constante fe de la Iglesia Universal, la doctrina acerca de la institución, perpetuidad y naturaleza del sagrado primado apostólico, del cual depende la fortaleza y solidez de la Iglesia toda; y proscribir y condenar los errores contrarios, tan dañinos para el rebaño del Señor.

Capítulo 1:
Acerca de la institución del primado apostólico en el bienaventurado Pedro

Así pues, enseñamos y declaramos que, de acuerdo al testimonio del Evangelio, un primado de jurisdicción sobre toda la Iglesia de Dios fue inmediata y directamente prometido al bienaventurado Apóstol Pedro y conferido a él por Cristo el Señor. Fue sólo a Simón, a quien ya le había dicho «Tú te llamarás Cefas»48, que el Señor, después de su confesión, «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo», dijo estas solemnes palabras: «Bendito eres tú, Simón Bar-Jonás. Porque ni la carne ni la sangre te ha revelado esto, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo, tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del reino de los cielos, y todo lo que ates en la tierra será atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra será desatado en el cielo»49. Y fue sólo a Simón Pedro que Jesús, después de su resurrección, le confió la jurisdicción de Pastor Supremo y gobernante de todo su redil, diciendo: «Apacienta mis corderos», «apacienta mis ovejas»50.

A esta enseñanza tan manifiesta de las Sagradas Escrituras, como siempre ha sido entendido por la Iglesia Católica, se oponen abiertamente las opiniones distorsionadas de quienes falsifican la forma de gobierno que Cristo el Señor estableció en su Iglesia y niegan que solamente Pedro, en preferencia al resto de los apóstoles, tomados singular o colectivamente, fue dotado por Cristo con un verdadero y propio primado de jurisdicción. Lo mismo debe ser dicho de aquellos que afirman que este primado no fue conferido inmediata y directamente al mismo bienaventurado Pedro, sino que lo fue a la Iglesia y que a través de ésta fue transmitido a él como ministro de la misma Iglesia.

[Canon] Por lo tanto, si alguien dijere que el bienaventurado Apóstol Pedro no fue constituido por Cristo el Señor como príncipe de todos los Apóstoles y cabeza visible de toda la Iglesia militante; o que era éste sólo un primado de honor y no uno de verdadera y propia jurisdicción que recibió directa e inmediatamente de nuestro Señor Jesucristo mismo: sea anatema.

Capítulo 2:
Sobre la perpetuidad del primado del bienaventurado Pedro en los Romanos Pontífices

Aquello que Cristo el Señor, príncipe de los pastores y gran pastor de las ovejas, instituyó en el bienaventurado Apóstol Pedro, para la perpetua salvación y perenne bien de la Iglesia, debe por necesidad permanecer para siempre, por obra del mismo Señor, en la Iglesia que, fundada sobre piedra, se mantendrá firme hasta el fin de los tiempos51. «Para nadie puede estar en duda, y ciertamente ha sido conocido en todos los siglos, que el santo y muy bienaventurado Pedro, príncipe y cabeza de los Apóstoles, columna de la fe y fundamento de la Iglesia Católica, recibió las llaves del reino de nuestro Señor Jesucristo, salvador y redentor del género humano, y que hasta este día y para siempre él vive», preside y «juzga en sus sucesores»52 los obispos de la Santa Sede Romana, fundada por él mismo y consagrada con su sangre.

Por lo tanto todo el que sucede a Pedro en esta cátedra obtiene, por la institución del mismo Cristo, el primado de Pedro sobre toda la Iglesia. «De esta manera permanece firme la disposición de la verdad, el bienaventurado Pedro persevera en la fortaleza de piedra que le fue concedida y no abandona el timón de la Iglesia que una vez recibió»53. Por esta razón siempre ha sido «necesario para toda Iglesia —es decir para los fieles de todo el mundo—» «estar de acuerdo» con la Iglesia Romana «debido a su más poderosa principalidad»54, para que en aquella sede, de la cual fluyen a todos «los derechos de la venerable comunión»55, estén unidas, como los miembros a la cabeza, en la trabazón de un mismo cuerpo.

Por lo tanto, si alguno dijere que no es por institución del mismo Cristo el Señor, es decir por derecho divino, que el bienaventurado Pedro tenga perpetuos sucesores en su primado sobre toda la Iglesia, o que el Romano Pontífice no es el sucesor del bienaventurado Pedro en este misma primado: sea anatema.

Capítulo 3:
Sobre la naturaleza y carácter del primado del Romano Pontífice

Y así, apoyados por el claro testimonio de la Sagrada Escritura, y adhiriéndonos a los manifiestos y explícitos decretos tanto de nuestros predecesores los Romanos Pontífices como de los concilios generales, nosotros promulgamos nuevamente la definición del Concilio Ecuménico de Florencia, que debe ser creída por todos los fieles de Cristo, a saber, que «la Santa Sede Apostólica y el Romano Pontífice mantienen un primado sobre todo el orbe, y que el mismo Romano Pontífice es sucesor del bienaventurado Pedro, príncipe de los apóstoles, y que es verdadero vicario de Cristo, cabeza de toda la Iglesia, y padre y maestro de todos los cristianos; y que a él, en el bienaventurado Pedro, le ha sido dada, por nuestro Señor Jesucristo, plena potestad para apacentar, regir y gobernar la Iglesia universal; tal como está contenido en las actas de los concilios ecuménicos y en los sagrados cánones»56.

Por ello enseñamos y declaramos que la Iglesia Romana, por disposición del Señor, posee el principado de potestad ordinaria sobre todas las otras, y que esta potestad de jurisdicción del Romano Pontífice, que es verdaderamente episcopal, es inmediata. A ella están obligados, los pastores y los fieles, de cualquier rito y dignidad, tanto singular como colectivamente, por deber de subordinación jerárquica y verdadera obediencia, y esto no sólo en materia de fe y costumbres, sino también en lo que concierne a la disciplina y régimen de la Iglesia difundida por todo el orbe; de modo que, guardada la unidad con el Romano Pontífice, tanto de comunión como de profesión de la misma fe, la Iglesia de Cristo sea un sólo rebaño bajo un único Supremo Pastor57. Esta es la doctrina de la verdad católica, de la cual nadie puede apartarse de ella sin menoscabo de su fe y su salvación.

Esta potestad del Sumo Pontífice de ninguna manera desacredita aquella potestad ordinaria e inmediata de la jurisdicción episcopal, por la cual los obispos, quienes han sido puestos por el Espíritu Santo58 como sucesores en el lugar de los Apóstoles, cuidan y gobiernan individualmente, como verdaderos pastores, los rebaños particulares que les han sido asignados. De modo que esta potestad sea es afirmada, apoyada y defendida por el Supremo y Universal Pastor; como ya San Gregorio Magno dice: “Mi honor es el honor de toda la Iglesia. Mi honor es la fuerza inconmovible de mis hermanos. Entonces yo recibo verdadero honor cuando éste no es negado a ninguno de aquellos a quienes se debe”59.

Además, se sigue de aquella potestad suprema del Romano Pontífice de gobernar la Iglesia universal, que él tiene el derecho, en la realización de este oficio suyo, de comunicarse libremente con los pastores y rebaños de toda la Iglesia, de manera que puedan ser enseñados y guiados por él en el camino de la salvación. Por lo tanto condenamos y rechazamos las opiniones de aquellos que sostienen que esta comunicación de la Cabeza Suprema con los pastores y rebaños puede ser lícitamente impedida o que debería depender del poder secular, lo cual los lleva a sostener que lo que es determinado por la Sede Apostólica o por su autoridad acerca del gobierno de la Iglesia, no tiene fuerza o efecto a menos que sea confirmado por la aprobación del poder secular.

Ya que el Romano Pontífice, por el derecho divino del primado apostólico, presida toda la Iglesia, de la misma manera enseñamos y declaramos que él es el juez supremo de los fieles60, y que en todos las causas que caen bajo la jurisdicción eclesiástica se puede recurrir a su juicio61. El juicio de la Sede Apostólica (de la cual no hay autoridad más elevada) no está sujeto a revisión de nadie, ni a nadie le es lícito juzgar acerca de su juicio62. Y por lo tanto se desvían del camino genuino a la verdad quienes mantienen que es lícito apelar sobre los juicios de los Romanos Pontífices a un concilio ecuménico, como si éste fuese una autoridad superior al Romano Pontífice.

[Canon] Así, pues, si alguno dijere que el Romano Pontífice tiene tan sólo un oficio de supervisión o dirección, y no la plena y suprema potestad de jurisdicción sobre toda la Iglesia, y esto no sólo en materia de fe y costumbres, sino también en lo concerniente a la disciplina y gobierno de la Iglesia dispersa por todo el mundo; o que tiene sólo las principales partes, pero no toda la plenitud de esta suprema potestad; o que esta potestad suya no es ordinaria e inmediata tanto sobre todas y cada una de las Iglesias como sobre todos y cada uno de los pastores y fieles: sea anatema.

Capítulo 4:
Sobre el magisterio infalible del Romano Pontífice

Aquel primado apostólico que el Romano Pontífice posee sobre toda la Iglesia como sucesor de Pedro, príncipe de los apóstoles, incluye también la suprema potestad de magisterio. Esta Santa Sede siempre lo ha mantenido, la práctica constante de la Iglesia lo demuestra, y los concilios ecuménicos, particularmente aquellos en los que Oriente y Occidente se reunieron en la unión de la fe y la caridad, lo han declarado.

Así los padres del cuarto Concilio de Constantinopla, siguiendo los pasos de sus predecesores, hicieron pública esta solemne profesión de fe: «La primera salvación es mantener la regla de la recta fe... Y ya que no se pueden pasar por alto aquellas palabras de nuestro Señor Jesucristo: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”63, estas palabras son confirmadas por sus efectos, porque en la Sede Apostólica la religión católica siempre ha sido preservada sin mácula y se ha celebrado la santa doctrina. Ya que es nuestro más sincero deseo no separarnos en manera alguna de esta fe y doctrina, …esperamos merecer hallarnos en la única comunión que la Sede Apostólica predica, porque en ella está la solidez íntegra y verdadera de la religión cristiana»64.

Y con la aprobación del segundo Concilio de Lyon, los griegos hicieron la siguiente profesión: «La Santa Iglesia Romana posee el supremo y pleno primado y principado sobre toda la Iglesia Católica. Ella verdadera y humildemente reconoce que ha recibido éste, junto con la plenitud de potestad, del mismo Señor en el bienaventurado Pedro, príncipe y cabeza de los Apóstoles, cuyo sucesor es el Romano Pontífice. Y puesto que ella tiene más que las demás el deber de defender la verdad de la fe, si surgieran preguntas concernientes a la fe, es por su juicio que estas deben ser definidas»65.

Finalmente se encuentra la definición del Concilio de Florencia: «El Romano Pontífice es el verdadero vicario de Cristo, la cabeza de toda la Iglesia y el padre y maestro de todos los cristianos; y a él fue transmitida en el bienaventurado Pedro, por nuestro Señor Jesucristo, la plena potestad de cuidar, regir y gobernar a la Iglesia universal»66.

Para cumplir este oficio pastoral, nuestros predecesores trataron incansablemente que el la doctrina salvadora de Cristo se propagase en todos los pueblos de la tierra; y con igual cuidado vigilaron de que se conservase pura e incontaminada dondequiera que haya sido recibida. Fue por esta razón que los obispos de todo el orbe, a veces individualmente, a veces reunidos en sínodos, de acuerdo con la práctica largamente establecida de las Iglesias y la forma de la antigua regla, han referido a esta Sede Apostólica especialmente aquellos peligros que surgían en asuntos de fe, de modo que se resarciesen los daños a la fe precisamente allí donde la fe no puede sufrir mella67. Los Romanos Pontífices, también, como las circunstancias del tiempo o el estado de los asuntos lo sugerían, algunas veces llamando a concilios ecuménicos o consultando la opinión de la Iglesia dispersa por todo el mundo, algunas veces por sínodos particulares, algunas veces aprovechando otros medios útiles brindados por la divina providencia, definieron como doctrinas a ser sostenidas aquellas cosas que, por ayuda de Dios, ellos supieron estaban en conformidad con la Sagrada Escritura y las tradiciones apostólicas.

Así el Espíritu Santo fue prometido a los sucesores de Pedro, no de manera que ellos pudieran, por revelación suya, dar a conocer alguna nueva doctrina, sino que, por asistencia suya, ellos pudieran guardar santamente y exponer fielmente la revelación transmitida por los Apóstoles, es decir, el depósito de la fe. Ciertamente su apostólica doctrina fue abrazada por todos los venerables padres y reverenciada y seguida por los santos y ortodoxos doctores, ya que ellos sabían muy bien que esta Sede de San Pedro siempre permanece libre de error alguno, según la divina promesa de nuestro Señor y Salvador al príncipe de sus discípulos: «Yo he rogado por ti para que tu fe no falle; y cuando hayas regresado fortalece a tus hermanos»68.

Este carisma de una verdadera y nunca deficiente fe fue por lo tanto divinamente conferida a Pedro y sus sucesores en esta cátedra, de manera que puedan desplegar su elevado oficio para la salvación de todos, y de manera que todo el rebaño de Cristo pueda ser alejado por ellos del venenoso alimento del error y pueda ser alimentado con el sustento de la doctrina celestial. Así, quitada la tendencia al cisma, toda la Iglesia es preservada en unidad y, descansando en su fundamento, se mantiene firme contra las puertas del infierno.

Pero ya que en esta misma época cuando la eficacia salvadora del oficio apostólico es especialmente más necesaria, se encuentran no pocos que desacreditan su autoridad, nosotros juzgamos absolutamente necesario afirmar solemnemente la prerrogativa que el Hijo Unigénito de Dios se digno dar con el oficio pastoral supremo.

Por esto, adhiriéndonos fielmente a la tradición recibida de los inicios de la fe cristiana, para gloria de Dios nuestro salvador, exaltación de la religión católica y salvación del pueblo cristiano, con la aprobación del Sagrado Concilio, enseñamos y definimos como dogma divinamente revelado que:

El Romano Pontífice, cuando habla ex cathedra, esto es, cuando en el ejercicio de su oficio de pastor y maestro de todos los cristianos, en virtud de su suprema autoridad apostólica, define una doctrina de fe o costumbres como que debe ser sostenida por toda la Iglesia, posee, por la asistencia divina que le fue prometida en el bienaventurado Pedro, aquella infalibilidad de la que el divino Redentor quiso que gozara su Iglesia en la definición de la doctrina de fe y costumbres. Por esto, dichas definiciones del Romano Pontífice son en sí mismas, y no por el consentimiento de la Iglesia, irreformables.

[Canon] De esta manera si alguno, no lo permita Dios, tiene la temeridad de contradecir esta nuestra definición: sea anatema.

Dado en Roma en sesión pública, sostenido solemnemente en la Basílica Vaticana en el año de nuestro Señor de mil ochocientos setenta, en el decimoctavo día de julio, en el vigésimo quinto año de Nuestro Pontificado.


1Ver Mt 28,20.

2Ver Heb 13,9.

31Tim 2,4.

4Ver Lc 19,10.

5Ver Jn 11,52.

6Ver Sab 16,12.

7Is 59,21.

8Concilio de Letrán IV, can. 2 y 5.

9Ver Sab 8,1.

10Heb 4,13.

11Rom 1,20.

12Heb 1,1ss.

131Cor 2,9

14Concilio de Trento, sesión IV, dec. I.

15Concilio de Trento, sesión VI, dec. sobre la justificación, cap. 8.

16Heb 11,1.

17Cf. Rom 12,1.

18Mc 16,20.

192Pe 1,19.

20Concilio II de Orange, can. VII.

21Cf. Gal 5,6

22Cf. Concilio de Trento, sesión VI, dec. sobre la justificación, cap. 5s.

23Heb 11,6.

24Mt 10,22; 24,13

25Cf. Is 11,12

261Tim 2,4.

271Pe 2,9.

28Col 1,2

29Heb 12,2

30Heb 10,23.

31Rom 1,20.

32Ver Jn 1,17.

33

1Cor 2, 7-8.10.

34Ver Mt 11,25.

352Cor 5,6s.

36Concilio de Letrán V, sesión VIII, 19.

37Ver 1Tim 6,20.

38Ver Col 2,8.

39Ver 1Re 2,3.

40Vicentius Lerinensis, Commonitorium primum, c. 23 (PL 50, 668).

41Ver Gal 5,6.

42Ver 1Pe 2,25.

43Ver Jn 17,20-21.

44Ver Jn 15,19.

45Ver Jn 20,21.

46Ver Mt 28,20.

47San León I Magno, Sermo 4, De natali ipsius, c. 2 (PL 54, 150c).

48Jn 1,42.

49Mt 16,16-19.

50Jn 21,15-17.

51Ver Mt 7,25; Lc 6,48.

52Del discurso de Felipe, el legado papal, en la tercera sesión del concilio de Éfeso, 11, julio 431 (Denz. n. 112).53

San León I Magno, Sermón 3, cap. 3 (PL 54, 146B).

54San Ireneo de Lyón, Contra los herejes, l. III, c. 3, n. 2 (PG 7, 849A).

55San Ambrosio de Milán, Epístola 11, c. 4 (PL 16, 986B [ed. 1866 y 1880]).

56Concilio de Florencia, 6ta sesión.

57Ver Jn 10,16.

58Ver Hch 20,28

59Greogorio I Magno, Carta a Eulogio de Alejandría, VIII, 29 (30) (MGH, Ep. 2, 31 28-30; PL 77, 933C).

60Pío VI, Carta Super soliditate (28 Nov. 1786).

61De la profesión de fe del Emperador Miguel Palaeólogo, leída en el segundo Concilio de Lyon, sesión IV, 6 de julio de 1274.

62San Nicolás I, Carta al Emperador Miguel, 28 de setiembre de 865, (PL 119, 954).

63Mt 16,18.

64Fórmula del Papa Hormisdas, 11 de agosto de 515.

65De la profesión de fe del Emperador Miguel Palaeólogo, leída en el segundo Concilio de Lyon, sesión IV, 6 de julio de 1274.

66Concilio de Florencia, sesión VI.

67San Bernardo, Carta 190 (Tratado a Inocencio II Papa contra los errores de Abelardo ) (PL 182, 1053D).

68Lc 22,32.