9 mar. 2011

Miércoles de Ceniza -Inicio de la Cuaresma

“Memento homo, quia pulvis es et in pulverem revertis”




DIA DE AYUNO Y ABSTINENCIA.
DIA PENITENCIAL.


El miércoles de esta semana con la Liturgia de la ceniza dio comienzo la Cuaresma. Nosotros decimos “la cuaresma”. Nuestros abuelos hablaban de la “Santa Cuaresma”.

La Cuaresma fue recia, áspera en los primeros tiempos. Poco a poco nuestra blandenguería la ha ido mitigando hasta hacerla sombra de lo que fue. Su historia es iluminadora y provocante.

En la raíz más profunda de los cuarenta días de ayuno con que los cristianos se preparaban a la celebración jubilosa de la Pascua de Resurrección estuvo el ejemplo de Moisés, de Elías y de Jesucristo. En soledad y ayuno se preparó Moisés para recibir las tablas de la ley en el Sinaí. A orar y ayunar se retiró Elías al monte Orbe. Y con cuarenta días de recogimiento y ayuno se preparó Jesús, en el desierto, a su vida pública.

San Jerónimo atribuye a la Cuaresma origen apostólico. En realidad, la referencia escrita más antigua, que poseemos, es de San Ireneo. Pertenece a la Galia. Se deduce que en el siglo II estaba vigente ya esa costumbre. El ayuno se limitaba al viernes y sábado.

En tiempos de Tertuliano los montanistas ayunaban dos semanas por año y reprochaban a los cristianos el que no adoptasen su costumbre.

Por una carta de San Dionisio, Obispo de Alejandría, a su compañero Basílides sabemos de la variedad existente sobre la práctica del ayuno en ese tiempo. Dice textualmente: “aquellos que anticipan el final del ayuno habiendo ayunado dos o tres o cuatro días tienen mucho más mérito que aquellos que aguardan la aurora ayunando solamente desde el viernes”

En las comunidades judeocristianas existía, desde el comienzo, la costumbre hebrea de alimentarse en tiempo de la Pascua durante siete días del “pan de la aflicción”. El Deuteronomio se lo prescribía tajantemente. “Durante siete días comerás panes asimos (pan de la aflicción) porque saliste de Egipto apresuradamente. Así recordarás toda tu vida tu salida de Egipto. Durante siete días no se ha de ver levadura en todo tu territorio” (Dt 16, 8 y 3-4).

En el canon 5to del Concilio de Nicea (325) se urge a los Obispos celebrar dos Sínodos por año y el primero antes de la “Cuarentena”. Es hoy el testimonio oficial más antiguo.

San Atanasio, nacido en el 295 y muerto en el 373, testimonia en sus Cartas Festales la existencia de la Cuaresma. Habla de los seis días antes de la Pascua y exhorta a pasarlos en ayuno y vigilia y habla también de los ayunos de las primeras semanas de Cuaresma.

No incluía la Cuaresma a los principios cuarenta días de ayuno. Tampoco se seguía la misma norma en todas las Iglesias. En el curso, sin embargo, del siglo IV se adopta ya la norma de los cuarenta días de ayuno. Lo atestigua Eusebio, muerto en el 340, en su obra “De sollemnitate paschali”; Cirilo de Jerusalén en su catequesis del 347; el Concilio de Laodicea (360); San Jerónimo en su carta a Marcela (384); y la peregrina aquitana en el 390.

La peregina Aetheria escribe así de Jerusalén: “Como entre nosotros se observa una quadragésima antes de Pascua, así se guardan aquí ocho semanas, pues no se ayuna el domingo ni el sábado que se tiene la vigilia de Pascua y ha de ayunarse necesariamente. Aparte de este único día, aquí no se ayuna nunca el sábado. Ahora bien, si de las ocho semanas se quitan los ocho domingos y los siete sábados, pues como se ha dicho hay que ayunar un sábado, quedan cuarenta días en que hay que ayunar”. El modo de hablar de la Astheria manifiesta que en su patria se calculaba de modo distinto

En la Iglesia Latina los cuarenta días de ayuno se repartían en seis semanas, incluída la Semana Santa. No era así en la Iglesia Oriental respecto a las seis semanas. Coincidían sin embargo ambas Iglesias en el número de días de ayuno. La razón es que en Occidente se ayunaba todos los días menos el domingo, y en Oriente solamente cinco días ya que sábado y domingo no eran días de ayuno fuera del Sábado Santo. En ambos sistemas resultó que el número de días de ayuno era de 36 y no cuarenta.

Al resultar ilógico que se llamase cuaresma a un ayuno de 36 días, Occidente procedió a un reajuste. Se trasladó, según el testimonio de San Gregorio el Grande, el inicio del ayuno “caput ieiunii” al miércoles de ceniza o miércoles anterior a la Cuaresma. Tal reforma aparece ya en el Sacramentario Gelasiano de principios del s.VIII. En Oriente, en el siglo VII, también añadieron otra semana de ayuno, obteniendo así un total de cuarenta y un días.

En los inicios no había uniformidad en las Iglesias respecto a la hora en que se rompía el ayuno cotidiano. En algunas partes se hacía una comida a la hora nona o sea hacia las tres de la tarde y en otras , como en casi todo el Occidente, “ad vesperem”, es decir al atardecer. En el siglo XII existen testimonios de que no es censurable comer a partir de la hora nona. Santo Tomás de Aquino, siguiendo las huellas de Alejandro de Hales da la razón: “Cristo estuvo afligido hasta la hora nona. A esa hora cesó su aflicción al entregar su espíritu. Es justo que esta mortificación de los que ayunan, cese también a la hora nona”.

En el siglo XIV de acuerdo a la teoría del franciscano Ricardo de Mittleton, cunde la práctica de cesar el ayuno a la hora sexta. Esta práctica continuó en el siglo XV. Tal planteamiento produjo otras trasgresiones como de tomar algo líquido, que derivó más tarde en la comida ligera que se llamó colación.

Estaba totalmente prohibido comer carne. Tal prohibición se extendía incluso a los domingos de cuaresma. Se suponía que esa prohibición se extendía igualmente a los huevos y alimentos lácteos. Así aparece en el Concilio de Laodicea en el siglo IV. A partir, sin embargo del s. VIII figuran en las comidas cuaresmales de Occidente los huevos, la leche, el pescado y los quesos. Desde el principio fueron prohibidos el vino y toda clase de bebidas fermentadas. San Jerónimo protesta contra el uso de tales bebidas. Sin embargo a partir del siglo VII se tolera beber vino en todo el Occidente. En el siglo XIII se bebe, a cualquier hora del día, agua o vino juzgando que la bebida no rompe el ayuno.

En los primeros tiempos debían observar el ayuno todos los bautizados. En el siglo VIII se establecen las causas de dispensa del ayuno y de la abstinencia de carnes: enfermedad, vejez y necesidad.

Antiguamente los monjes observaban otras dos cuaresmas. La de San Martín antes de la Navidad y la de San Juan Bautista después de Pentecostés. En algunos sitios se ayunaba después de la Ascensión hasta Pentecostés. Se llamaba “Cuaresma de la Ascensión”. Actualmente sólo entre los griegos subsiste pluralidad de cuaresmas.

Durante la cuaresma cesaban los juegos, las representaciones teatrales, festines y bodas. Se suspendían también los procesos criminales. Se multiplicaban los ejercicios de caridad y de penitencia. El penitente era considerado como un cristiano que, al haber perdido su pertenencia plena a la Iglesia, debía recuperarla por medio de ejercicios ascéticos. Uno de estos era situarse a las puertas de la Iglesia durante la misa. El miércoles de ceniza el Obispo imponía las manos, les hacía una aspersión de agua bendita y los cubría con ceniza. Con el tiempo la imposición de ceniza se hizo extensiva a todos.

En la Iglesia Latina el Jueves Santo se hacía la reconciliación. Un Diácono los presentaba al Obispo y pedía su reconciliación. Se les decía a los penitentes que el gozo de la Iglesia sería grande si al bautismo de los catecúmenos se añadía la reconciliación de los penitentes y que así como las aguas lavan también lo hacen las lágrimas. Se les citaban pasajes del evangelio y a la demanda del diácono los penitentes suplicaban indulgencia. El Obispo pronunciaba una oración, un prefacio eucarístico y luego decía una plegaria solemne pidiendo a Dios los perdonase.

La Cuaresma constituyó desde los primeros siglos el tiempo de preparación de los catecúmenos para la recepción del bautismo.

Durante el tiempo cuaresmal no se celebraba la fiesta de ningún santo. En el XII Concilio de Toledo (656) se rechaza establecer la fiesta de la Anunciación el 25 de marzo por caer ese día siempre dentro de la Cuaresma. Se decidió celebrarla el día 18 de diciembre. Esta disciplina desaparece en todo el Occidente en el siglo VIII, excepto en Milán. No obstante, Occidente consideró privilegiados todos los domingos de cuaresma. Los orientales no celebraron las fiestas del Santoral durante la cuaresma y se escandalizaron cuando los latinos introdujeron su celebración.

En la Iglesia Oriental durante los días de ayuno no se ofrecía el sacrificio de la Misa. Sólo se celebraba la misa de los presantificados, es decir la oblación de una Hostia que había sido consagrada el domingo anterior. Costumbre que ha perdurado por siglos. En Occidente, sin embargo, se celebraba misa al igual que todos los días del año, excepto el Viernes y Sábado Santo. El Viernes Santo era misa de presantificados (la cual perdura hasta nuestros días) y el Sábado Santo era misa de la noche de Pascua.

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