25 abr. 2012

Santoral (San Marcos Evangelista)

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SAN MARCOS, EVANGELISTA

0468

Cristo es Dios, y Dios es la fortaleza, la Sabiduría y el Amor. Cristo, fuerte, podría haber sometido en un momento a todas las naciones de la tierra. Cristo, sabio, podía haber llenado de asombro a los más grandes filósofos. Cristo, amable, podía haber cautivado a toda la humanidad. Sin embargo, Cristo, durante su paso por el mundo, circunscribe su acción a la nación judaica. Los hombres famosos de aquel tiempo por su autoridad y su saber desconocen el nombre de Cristo. Atenas y roma ignoran que en Judea vive el Hombre-Dios, cuyas manos realizan curas milagrosas, y en cuyas palabras flota la luz del cielo y una armonía de imperecedero amor.

¿Por qué el Redentor sublime rehúsa conquistar en una hora, en un minuto al siglo? Porque entonces hubiérase dicho que el mundo había sido seducido, arrebatado, sorprendido por Dios. Nuestra libertad hubiera sufrido mengua, y los portentos que ilustran a cada paso la historia de nuestra Religión, no hubieran tenido ocasión de manifestarse.

Claro está que poseyendo a Dios, huelgan todos los prodigios: pero son los prodigios humanos, no aquellos en que interviene la Divina Sabiduría. Cuando luce el sol, están demás las lámparas eléctricas, pero no las plantas y las flores en cuyas corolas refleja sus fulgores el gran disco.

Dios, proyectando sus lumbres sobre la flor de los humanos corazones, torna a estos más vivos y resplandecientes; y así como en cada una de las flores coloreadas por la luz, hay un nuevo motivo de admiración y agradecimiento a esa luz, así también en cada uno de los corazones que pule y abrillanta Dios, hallamos ocasiones de admirar y agradecer su sabia Providencia.

Con la súbita conversión del mundo al cristianismo, no hubieran aparecido los apóstoles y los mártires, y desconoceríamos los grandes sacrificios, las grandes bellezas del alma humana. En cambio, convertido poco a poco por doce pescadores, por doce hombres sin instrucción, sin armas, sin recursos de ningún género, frente a frente de los poderes de la tierra que oponían a la predicación apostólica las argumentaciones de sus filósofos y la crueldad de sus verdugos, suscita el hecho en nosotros profunda admiración, y no podemos menos de alabar la Omnipotencia divina que realizó tan asombroso milagro.

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