NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE,
EMPERATRIZ DE LAS AMÉRICAS
Y PATRONA DE MÉXICO.

EL NICAN MOPOHUA:
Se atribuye a Don Antonio Valeriano (1520?-1605?) sabio indígena aventajado discípulo de Fr. Bernardino de Sahagún. Don Antonio recibió la historia de labios del vidente, muerto en 1548
EL ARGUMENTO:
Se narra la Evangelización de una cultura por la intervención de Dios y de la Santísima Virgen. Leyendo entre líneas y más, desde la óptica náhuatl, se percata uno de cómo esta Evangelización empapó hasta las más íntimas fibras de la cultura pre-hispánica.
Se lleva a cabo la unión de dos pueblos irreconciliables. En la plenitud de los tiempos para América aparece María Santísima portadora de Cristo. Hay una identificación de lo esencial de la Biblia: Cristo, centro de la Historia- (Juan 3,14-16) con lo esencial del Nican Mopohua (vv.26-27) y con lo esencial del mensaje glífico de la Imagen de Nuestra Señora de Guadalupe: el Niño Sol que lleva en su vientre Santísimo.
LOS PROTAGONISTAS:
La Virgen que pide un templo para manifestar a su Hijo. El Beato Juan Diego, vidente y confidente de la Sma. Virgen. El Obispo Fr. Juan de Zumárraga a cuya Autoridad se confía el asunto. El Tío del Beato Juan Diego, sanado milagrosamente. Los criados del Obispo que siguen al Beato Juan Diego. Lo espían. La ciudad entera que reconoce lo sobrenatural de la imagen y entrega su corazón a la Sma. Virgen.
LAS APARICIONES:
Relato de las apariciones de acuerdo al Nican Mopohua, el escrito más antiguo que existe sobre las apariciones de la Virgen de Guadalupe.
PRIMERA APARICIÓN:

Al llegar junto al cerrito llamado Tepeyacac, amanecía; y oyó cantar arriba del cerro; semejaba canto de varios pájaros; callaban a ratos las voces de los cantores; y parecía que el monte les respondía. Su canto, muy suave y deleitoso, sobrepasaba al del coyoltótotl y del tzinizcan y de otros pájaros lindos que cantan.
Se paró Juan Diego para ver y dijo para sí: "¿Por ventura soy digno de lo que oigo?, ¿Quizás sueño?, ¿Me levanto de dormir?, ¡Dónde estoy?, ¿Acaso en el paraíso terrenal, que dejaron dicho los viejos, nuestros mayores?, ¿Acaso ya en el cielo?"
Estaba viendo hacia el oriente, arriba del cerrillo, de donde procedía el precioso canto celestial.
Y así que cesó repentinamente y se hizo el silencio, oyó que le llamaban de arriba del cerrito y le decían: "Juanito, Juan Dieguito”.
Luego se atrevió a ir a donde le llamaban. No se sobresaltó un punto, al contrario, muy contento, fue subiendo el cerrillo, a ver de dónde le llamaban.
Cuando llegó a la cumbre vio a una señora, que estaba allí de pie y que le dijo que se acercara.
Llegado a su presencia, se maravilló mucho de su sobrehumana grandeza: su vestidura era radiante como el sol; el risco en que posaba su planta, flechado por los resplandores, semejaba una ajorca de piedras preciosas; y relumbraba la tierra como el arco iris. Los mezquites, nopales y otras diferentes hierbecillas que allí se suelen dar parecían de esmeralda; su follaje, finas turquesas; y sus ramas y espinas brillaban como el oro.
Se inclinó delante de ella y oyó su palabra, muy suave y cortés, cual de quien atrae y estima mucho.
Ella le dijo: "¿Juanito, el más pequeño de mis hijos, dónde vas?"
El respondió: Señora y Niña mía, tengo que llegar a tu casa de México Tlatilolco, a seguir las cosas divinas, que nos dan y enseñan nuestros sacerdotes, delegados de Nuestro Señor". Ella luego le habló y le descubrió su santa voluntad. Le dijo: "Sabe y ten entendido, tú el más pequeño de mis hijos, que yo soy la siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios por quien se vive: del Creador cabe quien está todo: Señor del cielo y de la tierra. Deseo vivamente que se me erija aquí un templo, para en él mostrar y dar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa, pues yo soy vuestra piadosa madre, a ti, a todos vosotros juntos los moradores de esta tierra y a los demás amadores míos que me invoquen y en mi confíen; oír allí sus lamentos y remediar todas sus miserias, penas y dolores.
Y para realizar lo que mi clemencia pretende, ve al palacio del Obispo de México y le dirás cómo yo te envío a manifestarle lo que deseo, que aquí me edifique un templo: le contarás puntualmente cuanto has visto y admirado, y lo que has oído. Ten por seguro que te lo agradeceré bien y lo pagaré, porque te haré feliz y merecerás mucho que yo recompense el trabajo y fatiga con que vas a procurar lo que te encomiendo. Mira que ya has oído mi mandato hijo mío el más pequeño, anda y pon todo tu esfuerzo”.
Juan Diego contestó: Señora mía, ya voy a cumplir tu mandato; por ahora me despido de ti, yo tu humilde siervo”.
Luego bajó, para ir a hacer su mandato; y salió a la calzada que viene en línea recta a México.
SEGUNDA APARICIÓN:

Luego que entró, en seguida le dio el recado de la Señora del Cielo; y también le dijo cuanto admiró, vio y oyó. Después de oír toda su plática y su recado, pareció no darle crédito. El Obispo le respondió; "Otra vez vendrás, hijo mío, y te oiré más despacio; lo veré muy desde el principio y pensaré en la voluntad y deseo con que has venido”. Juan Diego salió y se vino triste, porque de ninguna manera se realizó su mensaje. En el mismo día se volvió; se vino derecho a la cumbre del cerrito, y acertó con la Señora del Cielo, que le estaba aguardando, allí mismo donde le vio la primera vez: "Señora, la más pequeña de mis hijas. Niña mía, fui a donde me enviaste a cumplir tu mandato, le vi y le expuse tu mensaje, así como me advertiste; me recibió benignamente y me oyó con atención; pero en cuanto me respondió, apareció que no lo tuvo por cierto. Me dijo: Otra vez vendrás, te oiré más despacio, veré muy desde el principio el deseo y voluntad con que has venido. Comprendí perfectamente en la manera que me respondió que piensa que es quizás invención mía que tú quieres que aquí te hagan un templo y que acaso no es de orden tuya; por lo cual te ruego encarecidamente, Señora y Niña mía, que a alguno de los principales, conocido y respetado y estimado, le encargues que lleve tu mensaje, para que le crean; porque yo soy solo un hombrecillo, soy un cordel, soy una escalerilla de tablas, soy cola, soy hoja, soy gente menuda, y tú, Niña mía, la más pequeña de mis hijas, Señora, me envías a un lugar por donde no ando y donde no paro. Perdóname que te cause pesadumbre y caiga en tu enojo, Señora y Dueña mía”. Le respondió la Santísima Virgen: "Oye, hijo mío el más pequeño, ten entendido que son muchos mis servidores y mensajeros a quienes puedo encargar que lleven mi mensaje y hagan mi voluntad; pero es de todo punto preciso que tú mismo solicites y ayudes y que con tu mediación se cumpla mi voluntad. Mucho te ruego, hijo mío el más pequeño, y con rigor te mando, que otra vez vayas mañana a ver al Obispo. Dale parte en mi nombre y hazle saber por entero mi voluntad: que tiene que poner por obra el templo que le pido. Y otra vez dile que yo en persona, la siempre Virgen Santa María, Madre de Dios, te envía”.
Respondió Juan Diego: "Señora y Niña mía, no te cause yo aflicción; de muy buena gana iré a cumplir tu mandato; de ninguna manera dejaré de hacerlo ni tengo por penoso el camino. Iré a hacer tu voluntad, pero acaso no seré oído con agrado; o si fuese oído, quizás no me creerá. Mañana en la tarde cuando se ponga el sol vendré a dar razón de tu mensaje, con lo que responda el prelado. ya me despido, Hija mía, la más pequeña, mi Niña y Señora. Descansa entretanto". Luego se fue él a descansar a su casa.
TERCERA APARICIÓN:
Al día siguiente, domingo muy de madrugada, salió de su casa y se vino derecho a Tlatilolco a instruirse de las cosas divinas y estar presente en la cuenta para ver en seguida al prelado. casi a las diez, se aprestó, después de que se oyó Misa y se hizo la cuenta y se dispersó el gentío. Al punto se fue Juan Diego al palacio del señor Obispo. Apenas llegó, hizo todo empeño para verle: otra vez con mucha dificultad le vio; se arrodilló a sus pies; se entristeció y lloró al exponerle el mandato de la Señora del Cielo, que ojalá que creyera su mensaje y la voluntad de la Inmaculada de erigirle su templo donde manifestó que lo quería. El señor Obispo, para cerciorarse le preguntó muchas cosas, donde la vio y cómo era; y el refirió todo perfectamente al señor Obispo. Más aunque explicó con precisión la figura de ella y cuanto había visto y admirado, que en todo se descubría ser ella la siempre Virgen Santísima Madre del Salvador Nuestro Señor Jesucristo; sin embargo, el (Obispo) no le dio crédito y dijo que no solamente por su plática y solicitud se había de hacer lo que pedía; que, además, era muy necesaria alguna señal para que se le pudiera creer que le enviaba la misma Señora del cielo. Así que lo oyó dijo Juan Diego al Obispo: "Señor,

Cuarta Aparición:

Después de oír la plática de Juan Diego, respondió la piadosísima Virgen: "Oye y ten entendido hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige; no se turbe tu corazón; no temas esa enfermedad, ni otra alguna enfermedad y angustia. ¿No estoy yo aquí?, ¿No soy tu Madre?, ¿No estás bajo mi sombra?, ¿No soy yo tu salud?, ¿No estás por ventura en mi regazo?, ¿Qué más has menester?. No te apene ni te inquiete otra cosa; no te aflija la enfermedad de tu tío, que no morirá ahora de ella; está seguro de que sanó”. (Y entonces sanó su tío, según después se supo). Cuando Juan Diego oyó estas palabras de la Señora del Cielo consoló mucho; quedó contento. Le rogó que cuanto antes se despachara a ver al señor Obispo, a llevarle alguna señal y prueba, a fin de que creyera. La Señora del Cielo le ordenó luego que subiera a la cumbre del cerrito, donde antes la veía. Le dijo: "Sube, hijo mío el más pequeño, a la cumbre del cerrito; allí donde me viste y te di órdenes, hallarás que hay diferentes flores; córtalas, júntalas, recógelas; en seguida baja y tráelas a mi presencia”. Al punto subió Juan Diego al cerrillo. Y cuando llegó a la cumbre, se asombró mucho de que hubieran brotado tantas varias exquisitas rosas de Castilla, antes del tiempo en que se dan, porque a la sazón se encrudecía el hielo. Estaban muy fragantes

EL MILAGRO DE LA IMAGEN:


La Virgen de Guadalupe, con gran regocijo popular, fue reconocida por el papado y la monarquía española como la patrona de Nueva España. El nuevo culto proporcionó fundamento espiritual autónomo para la iglesia Mexicana, pues a partir de entonces se afirmó la idea de que la cristiandad Americana surgió, gracias a la intervención de la Virgen de Guadalupe. Los criollos, los indígenas y las castas se unieron en la veneración de la Guadalupana, que representaba a la patria criolla. Esta veneración se convirtió en factor de unidad nacional. La imagen sería invocada y expuesta como un remedio contra las sequías, las inundaciones y las epidemias y, más tarde, los insurgentes la adoptaron como estandarte político. De este modo surgió un símbolo nacional, reconocido por la inmensa mayoría de habitantes de Nueva España, símbolo que liberó a los criollos de su origen español, los desligó de España y les permitió identificarse con la tierra donde vivían.

Para los mexicanos la fiesta de la Virgen de Guadalupe es la más importante a nivel nacional. Un gran número de personas desde diferentes puntos del país acuden en peregrinación hasta el santuario o Basílica de Guadalupe utilizando diferentes medios de transporte, ya que estos van desde el ir en automóvil, autobús, bicicleta o simplemente a pie, lo hacen con la finalidad de dar gracias por los favores recibidos, para solicitarle ayuda o simplemente por tradición.
En la explanada de afuera del templo puedes ver danzas prehispánicos, de la época colonial o bien un tanto modernos, si bien todos los asistentes coinciden en una cosa, el gran amor que le profesan a "la morenita"; la noche previa al gran día la virgencita recibe en su casa "mañanitas" de parte de un gran número de personas, todas ellas dispuestas a manifestar ese gran amor que sienten por ella por medio de cantos (ahí puedes ver a gran número de artistas y grupos de famosos cantándole a su reina y madre del cielo).
El 12 de diciembre de 1998, la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe recibió la visita de aproximadamente 6 millones de fieles.
Pío X en 1910, la declaró "Celestial Patrona de América Latina" y Pío XII la llamó en 1945, Emperatriz de las Américas.
Bula de Canonización de San Juan Diego Cuauhtlatoatzin, del Papa Juan Pablo II, conocida como Exaltavit humiles ("Exaltó a los humildes") por las primeras palabras con que comienza su memorable texto. Fue dada en la ciudad de México el 31 de julio de 2002.







Juan Pablo II, Papa,
Siervo de los Siervos de Dios
Para perpetua memoria del acontecimiento
"Exaltó a los humildes" (Lc. 1, 52). La mirada de Dios Padre se posó sobre un indígena mexicano, es decir, sobre Juan Diego, a quien enriqueció con el Don de renacer en Cristo, de contemplar el rostro de la Bienaventurada María Virgen y de asociarse en la evangelización del Continente Americano.
De esto concluimos abiertamente cuán verdaderas son las palabras con las que el Apóstol Pablo enseña el método de realizar la salvación eterna: "Lo plebeyo y despreciable del mundo ha escogido Dios; lo que no es, para reducir en la nada lo que es, para que ningún mortal se gloríe en la presencia de Dios". (1 Cor 1, 28.29).
Así el Beato, cuyo nombre era, según la tradición, Cuauhtlatoatzin (águila que habla) nació alrededor del año 1474, en Cuautitlán, perteneciente al reino comúnmente llamado Texcoco. Ya adulto y unido en matrimonio, abrazó el Evangelio y junto con su esposa fue lavado con el agua del bautismo, proponiéndose vivir bajo la luz de la fe y cumpliendo los compromisos aceptados con Dios y con la Iglesia.
En el mes de diciembre, de 1531, caminando hacia un lugar llamado Tlatelolco, en la colina que se llamaba Tepeyac, vio a la verdadera madre de Dios que se le apareció y que le mando ir con el Obispo de México para que le edificara un templo en el lugar de la aparición. El Sagrado Prelado, atendiendo a las insistencias del indígena, le pidió una prueba evidente del admirable acontecimiento.
El día 12 de diciembre, la Beatísima Virgen María se dejó nuevamente ver por Juan Diego, lo consoló y mandó que subiera a la cima de la colina del Tepeyac y recogiera allí flores que debía presentarle. Y a pesar del frío invernal y la aridez del lugar, el Bienaventurado encontró flores hermosísimas que puso en su manto y las llevó a la Virgen. Ella le mandó que las entregara al Obispo como un signo de verdad. Y estando ante él, Juan Diego extendió el manto y permitió que cayeran las flores; entonces en la textura del manto apareció admirablemente impresa, la imagen de la Virgen de Guadalupe, que desde entonces se convirtió en el centro espiritual de la nación.
Una vez construido el templo (a la reina del cielo) en su honor, el Bienaventurado, impulsado por la más alta piedad, todo lo dejó y dedicó su vida a la custodia de aquella pequeña capilla y en la recepción de los peregrinos. Recorrió el camino de la Santidad en la oración y en la caridad, sacando fuerzas del banquete Eucarístico de nuestro Redentor, del culto a la Madre del Redentor, de la comunión con la Santa Iglesia y también de la Obediencia a los Sagrados Pastores. Todos los que lo conocieron quedaban admirados por el esplendor de sus virtudes, principalmente de su fe, de su esperanza, de su caridad, de su humildad y el desprecio de las cosas terrenas. Juan Diego, en la simplicidad de su vida cotidiana, conservó fielmente el Evangelio sin rechazar su condición de indígena, totalmente consciente de que Dios no discrimina linajes ni culturas sino que invita a todos a que sean hijos suyos.
De esta manera, el Bienaventurado abrió más fácilmente el camino para el que los indígenas mexicanos y del Nuevo Mundo, tuviesen el encuentro con Cristo y con la Iglesia. Hasta el último día de su vida caminó con Dios, quien lo llamó a Sí el año de 1548. Su recuerdo, que siempre se asocia con la aparición de nuestra señora de Guadalupe, trasciende los siglos y alcanza las diversas regiones del mundo. El día 9 del mes de abril de 1990, delante de Nosotros se dio a conocer el decreto sobre la santidad de vida y del culto inmemorial proporcionado al siervo de Dios Juan Diego. El día 6 del mes de mayo, en la misma Basílica, estuvimos presentes en la solemne celebración en honor de Juan Diego, honrado con el título de Beato. Por esos mismos días en esa misma Arquidiócesis de México, se realizó un milagro por su intercesión, cuyo Decreto se dio a conocer el día 20 de diciembre del año 2001.
Y así, acogiendo la sentencia favorable de los Padres Cardenales y de los Obispos congregados en nuestra presencia en el Consistorio del día 26 del pasado mes de febrero, determinamos que el rito de canonización se llevara a cabo el día 31 del mes de julio del año 2002 en la ciudad de México. Hoy, pues, en esta ciudad de México, en la celebración sagrada, pronunciamos esta fórmula:
"En honor de la Santísima Trinidad, para exaltación de la fe católica y crecimiento de la vida cristiana; con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo y la Nuestra, después de haber reflexionado largamente, invocado muchas veces la ayuda divina y oído el parecer de numerosos hermanos en el episcopado, declaramos y definimos Santo al Beato Juan Diego Cuauhtlatoatzin y lo inscribimos en el catálogo de los Santos, y establecemos que en toda la Iglesia sea devotamente honrado entre los Santos. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo".
Lo que hemos decretado, queremos que ahora y para siempre tenga fuerza, sin que nada, por pequeño que sea, se oponga. Dado en la ciudad de México, el día 31 del mes de julio del año 2002, vigésimo cuarto de nuestro Pontificado.
(Sello Pontificio)
(De su puño y letra, el mismo Papa firma)Yo, Juan Pablo, Obispo de la Iglesia Católica.Marcellus Rossetti, protonot. (ario) apost. (ólico)
sale y donde dice la biblia que es madre de Dios?
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