DIA 10 DE NOVIEMBRE DIA TERCERO DEL
SANTO EJERCICIO DEL MES DE MARIA
DIA TERCERO
CONSAGRADO A HONRAR LA NATIVIDAD DE LA SANTISIMA VIRGEN MARIA
ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS DEL MES.
¡Oh
María! Durante el bello mes que os está consagrado, todo resuena con vuestro
nombre y alabanza. Vuestro Santuario resplandece con nuevo brillo y nuestras
manos os han elevado un trono de gracia y de amor, desde donde presidís
nuestras fiestas y escucháis nuestras oraciones y votos.
Para honraros, hemos esparcido frescas flores a vuestros pies y adornado vuestras frentes con guirnaldas y coronas. Mas, ¡oh María!, no os dais por satisfecha con estos homenajes; hay flores cuya frescura y lozanía jamás pasan y coronas que no se marchitan. Estas son las que Vos esperáis de vuestros hijos; porque el más hermoso adorno de una madre, es la piedad de sus hijos y la más bella corona que pueden deponer a sus pies es la de sus virtudes.
Sí, los lirios que Vos nos pedís son la inocencia de nuestros corazones. Nos esforzaremos pues, durante el curso de este mes consagrado a vuestra gloria, ¡oh Virgen santa!, en conservar nuestras almas puras y sin mancha y en separar de nuestros pensamientos, deseos y miradas, aun la sombra misma del mal.
La rosa cuyo brillo agrada a vuestros ojos, es la caridad, el amor a Dios y a nuestros hermanos. Nos amaremos pues, los unos a los otros, como hijos de una misma familia cuya madre sois, viviendo todos en la dulzura de una concordia fraternal. En este mes bendito, procuraremos cultivar en nuestros corazones, la humildad, modesta flor que os es tan querida y con vuestro auxilio llegaremos a ser puros, humildes, caritativos, pacientes y resignados.
¡Oh María, haced producir en el fondo de nuestros corazones, todas estas amables virtudes; que ellas broten, florezcan y den al fin frutos de gracia, para poder ser algún día, dignos hijos de la más santa y de la mejor de las madres. Amén.
Para honraros, hemos esparcido frescas flores a vuestros pies y adornado vuestras frentes con guirnaldas y coronas. Mas, ¡oh María!, no os dais por satisfecha con estos homenajes; hay flores cuya frescura y lozanía jamás pasan y coronas que no se marchitan. Estas son las que Vos esperáis de vuestros hijos; porque el más hermoso adorno de una madre, es la piedad de sus hijos y la más bella corona que pueden deponer a sus pies es la de sus virtudes.
Sí, los lirios que Vos nos pedís son la inocencia de nuestros corazones. Nos esforzaremos pues, durante el curso de este mes consagrado a vuestra gloria, ¡oh Virgen santa!, en conservar nuestras almas puras y sin mancha y en separar de nuestros pensamientos, deseos y miradas, aun la sombra misma del mal.
La rosa cuyo brillo agrada a vuestros ojos, es la caridad, el amor a Dios y a nuestros hermanos. Nos amaremos pues, los unos a los otros, como hijos de una misma familia cuya madre sois, viviendo todos en la dulzura de una concordia fraternal. En este mes bendito, procuraremos cultivar en nuestros corazones, la humildad, modesta flor que os es tan querida y con vuestro auxilio llegaremos a ser puros, humildes, caritativos, pacientes y resignados.
¡Oh María, haced producir en el fondo de nuestros corazones, todas estas amables virtudes; que ellas broten, florezcan y den al fin frutos de gracia, para poder ser algún día, dignos hijos de la más santa y de la mejor de las madres. Amén.
CONSIDERACION
En una modesta estancia de la ciudad
de Nazaret vivían olvidados del mundo dos ancianos esposos: Joaquín,
descendiente de la familia de David y Ana, vástago ilustre de la familia de
Aarón. Ambos eran justos en la presencia de Dios y observaban su ley con un
corazón puro. Sin embargo, faltaba a su vida una gran bendición; eran ancianos
ya, y el cielo les había negado el consuelo de la paternidad. Ningún hijo que
endulzase las amarguras de la decrepitud crecía en su solitario hogar. Esto
turbaba la paz de sus tranquilos días y les arrancaba copiosas lágrimas, porque
la esterilidad era un oprobio en Israel. Para obtener la gracia de la
fecundidad, ellos se habían obligado en voto a consagrar a Dios el primer fruto
de su unión, si se dignaba bendecirla.
Después de veinte años de fervorosas
plegarias, presentase un ángel a Joaquín y le dice: “Tus oblaciones han sido
agradables al Señor y tus oraciones y las de tu esposa han sido oídas. Ana dará
a luz una hija, a la cual pondrás el nombre de MARÍA; ella pertenecerá al Señor
desde su infancia, y será perpetuamente virgen.”
Eran los primeros días del sexto mes
del año 734 de la fundación de Roma. Mil demostraciones de alegría se hacían
notar dentro de la antes desierta y silenciosa casa de Joaquín. Ana acababa de
dar a luz a una hija más hermosa que la azucena del valle y más pura que las
primeras luces del alba.
Sólo algunos parientes y amigos
rodeaban su cuna uniéndose al gozo de los felices padres. El mundo no estaba
allí, sólo se ostentaba el dulce gozo de la familia, que bendecía la mano
bienhechora que hacía nacer la felicidad en un hogar tanto tiempo habitado por
el dolor.
Pero si este acontecimiento se realiza
ignorado del mundo, en cambio los ángeles lo celebran en el cielo con cánticos
de júbilo, y el infierno se estremece, presintiendo su próxima derrota. Acababa
de nacer la Reina de los ángeles y la mujer destinada a quebrantar la cabeza de
la serpiente. Se levantaba sobre el oscuro horizonte del mundo la bella aurora
que anunciaba la venida del Sol de justicia. Pero, aquella que en el teatro
mismo de la muerte y del pecado, se levantó como una promesa de vida y de
salvación, apareció en el mundo cercada de pobres y humildes apariencias.
María se regocijaba de este olvido y
se gozaba en su oscuridad. Nacida para Dios, nada le importaba la estimación
del mundo. Deseosa sólo de dar gloria a Dios, despreciaba la efímera gloria y
los vanos honores de los hombres.
¡Que elocuente lección para nosotros,
que tan prendados vivamos de los falsos honores y pasajera gloria del mundo!
Riquezas honores, renombre, estimación, he aquí lo que ansiosamente buscamos,
sin parar un momento la atención en la nada y vanidad que envuelven. Las arcas
repletas de oro, si nos prestan comodidades temporales, están muy lejos de
darnos la verdadera felicidad, que consiste en la paz del alma y en la
tranquilidad de la conciencia; antes bien su posesión no nos satisface, el
cuidado de conservarlas nos turba, su adquisición nos impone duros sacrificios
y su pérdida nos desespera. Muchas veces el rico que sobrenada en riquezas es
más desgraciado que el pobre labriego que vive bajo un techo de paja, que come
un pan escaso y reposa de sus fatigas en desabrigado lecho. Si Dios se digna
concedernos las riquezas, no encerremos nuestro corazón en las arcas que las
guarda, y no busquemos en su posesión el bien supremo de la vida. Si no somos
pobres en el efecto, seámoslo en el afecto.
Los honores y la gloria son el barniz
de la vida, instables como el carmín de las flores, vanos como el perfume que
el viento desvanece y erizados de espinas como el tallo de las rosas. Sin
embargo, tras de esos bienes vanos e instables corre el mundo desalado.
El nacimiento de María nos enseña a no
fundar en esas frivolidades un título de orgullo, despreciando a los que están
colocados en esfera inferior a la nuestra ¿Qué son esos bienes comparados con
los de la eternidad? Polvo y paja ¿De qué sirven al rico sus tesoros y al
grande sus honores, si su eterna morada es el infierno? ¿Y que puede importar
al pobre su miseria, al humilde sus abatimientos, si al fin encuentra en el
cielo riquezas que no se agotan y honores que no desvanecen jamás? Busquemos
ante todo el reino de Dios y su justicia, que lo demás se nos dará por
añadidura.
EJEMPLO
María
consoladora de los afligidos.
Uno de los más insignes devotos de
María, de los que en el seno de la Iglesia se han distinguido más por su fervor
en honrarla, ha sido San Francisco de Sales, honra y lumbrera del episcopado
católico. Cuando este ilustre Santo era todavía estudiante en París quiso Dios
aquilatar su virtud, permitiendo que fuera tentado en orden a su predestinación.
El espíritu de las tinieblas le
sugirió la idea de que era inútil cuanto hacía por adelantar en los caminos de
la santificación, porque estaba irremisiblemente condenado.
Se comprende fácilmente cuán horribles
serían las angustias del santo joven, estando en la persuasión de que él, que
tanto amaba a Dios, se hallaría en la necesidad de odiarlo, maldecirlo y
blasfemarlo, por toda una eternidad en el infierno. Esta consideración, que
para cualquier alma que tiene fe, bastaría para convertir la vida en un
infierno anticipado, era para Francisco un martirio más cruel que las torturas
de los mártires. Aquella idea, clavada día y noche en su mente, alejaba el
sueño de sus ojos y le hacía olvidar el alimente y el reposo no permitiéndole
hacer otra cosa que llorar. Pálido; triste, agitado, se arrastraba como un
espectro por las calles de París sin rumbo fijo y abismado en profunda
meditación.
Agobiado bajo el paseo de esta enorme
montaña y buscando en todas partes un consuelo que no hallaba en ninguna,
penetró un día en el templo de San Esteban para ir a postrarse a los pies de la
Santísima Virgen, su protectora, su refugio y su madre. Allí, deshecho en un
río de lágrimas, levanto hacia ella sus ríos de lágrimas, levantó hacia ella
sus ojos cansados de llorar, y, con todo el amor que ardía en su corazón, le
dijo: - “Si es tanta mi desdicha que he de condenarme y estar en la desgracia
de Dios después de mi muerte, a lo menos concédeme el consuelo de poderlo amar
durante toda mi vida.”
Y tomando en su mano una tablilla que
estaba colgada al lado del altar y en la cual se hallaba escrita la bella
oración de San Bernardo, Acordaos, oh
piadosísima Virgen María, la reza con un fervor que conmovió, sin duda, las
entrañas maternales de la que con tanta razón es llamada Consoladora de los afligidos. Y a fin de interesar más y más su
protección hizo allí voto de perpetua virginidad y la promesa de rezarle todos
los días de su vida una tercera parte del Rosario.
Tan tierno, tan puro y tan probado
amor merecía ciertamente una recompensa digna de tanta fidelidad, tornando en
dulcísima paz los tormentos que martirizaban aquel corazón tan desinteresado en
amar como constante de sufrir. Como el navegante que, tras de larga y
tormentosa noche, ve amanecer un día sereno en un mar de calma, así sintió
Francisco que tras de dos meses de crueles padecimientos, renacía el sosiego
del alma y se disipaban al soplo del cielo aquellos negros temores que, a no
estar precipitado por la gracia, lo habrían precipitado en el abismo de la
desesperación. El que momentos antes creía que su destino habría de ser odiar a
Dios eternamente en el infierno, tuvo la dulce certidumbre que lo amaría y
bendeciría eternamente en el cielo. Cierto que esta gracia le había sido
alcanzada por la intercesión de María a quién acababa de invocar en el extremo
de su aflicción, redobló su amor y su confianza hacia tan bondadosa Madre: y
fiel a sus promesas, la amo y honró toda su vida con la ternura del hijo más
amante.
En medio de las aflicciones y
adversidades que siembran el camino de la vida busquemos en el regazo de María,
siempre abierto para los desgraciados, consuelo y amparo.
JACULATORIA
¡Oh amable reina del cielo!
Sé en la desgracia mi aliento
Y en la aflicción mi consuelo.
ORACION
Llenos nuestros corazones del más puro regocijo, venimos ¡oh tierna y hermosa Niña!, a presentarte nuestros homenajes de amor al pie de la pobre cuna en que dulcemente te dormías durante las bellas horas de tu infancia. Si el mundo te desconoció y si los hombres no vieron en ti sino a una pobre hija de Adán, porque no eran de púrpura tus pañales ni fue tu cuna recamada de oro, nosotros te saludamos como a la aurora de bendición que anuncia la salida del sol de justicia. Entre las modestas apariencias que te cercan, vemos en ti a la corredentora del linaje humano y a la Madre del Salvador del mundo. Tú viniste a la tierra para ser la consoladora de los afligidos, el amparo de los débiles y el sagrado asilo de los desventurados. Tú naciste para ser un puerto de salvación para los infelices náufragos de la vida, un escudo de protección contra las asechanzas del infierno y una estrella cuya luz apacible guía los pasos de los peregrinos de este valle oscuro y desolado; por eso tu nacimiento es para nosotros un motivo del más ardiente júbilo, Él ha glorificado a la Trinidad, ha regocijado a los ángeles y ha hecho temblar al infierno. Dígnate ¡oh María! nacer nuevamente en nuestros corazones por el amor y hacer brotar en nuestras almas las convicciones que abriga la tuya cuando naciste al mundo. Inspíranos un santo desprecio por los honores, riquezas y vanos placeres de la tierra para que, ardiendo sólo en las llamas del amor divino, no busquemos ni otros tesoros que los del cielo. Amén.
PRACTICAS ESPIRITUALES
1. Desprenderse
de algún objeto que sea ocasión de vanidad, a lo menos dejar de usarlo este
día.
2. Rezar
devotamente las letanías de la Santísima Virgen, para honrarla en su gloriosa
Natividad.
3. Dar
una limosna a los pobres.
ORACION FINAL
PARA TODOS LOS DIAS
¡Oh
María, Madre de Jesús nuestro Salvador y nuestra buena Madre!, nosotros venimos
a ofreceros con estos obsequios que colocamos a vuestros pies, nuestros
corazones deseosos de seros agradables y a solicitar de vuestra bondad, un
nuevo ardor en vuestro santo servicio.
Dignaos presentarnos a vuestro Divino Hijo, que en vista de sus méritos y a nombre de su Santa Madre, dirija nuestros pasos por el sendero de la virtud. Que haga lucir con nuevo esplendor, la luz de la fe sobre los infortunados pueblos que gimen por tanto tiempo en las tinieblas del error; que vuelvan hacia Él y cambie tantos corazones rebeldes, cuya penitencia regocijará su corazón y el vuestro.
Que
confunda a los enemigos de su Iglesia y que en fin, encienda por todas partes
el fuego de su ardiente caridad; que nos colme de alegría en medio de las
tribulaciones de esta vida y de esperanza para el porvenir. Amén.Dignaos presentarnos a vuestro Divino Hijo, que en vista de sus méritos y a nombre de su Santa Madre, dirija nuestros pasos por el sendero de la virtud. Que haga lucir con nuevo esplendor, la luz de la fe sobre los infortunados pueblos que gimen por tanto tiempo en las tinieblas del error; que vuelvan hacia Él y cambie tantos corazones rebeldes, cuya penitencia regocijará su corazón y el vuestro.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Se permiten los comentarios anónimos sin necesidad de cuenta, los mensajes con groserías, apologia de ideas contrarias a las mias o brutalidades no se publicaran, no obstante ello de ser interesantes serán editados y publicados con la advertencia de que han sido modificados.