4 ago. 2018

La Iglesia Católica enseña que no debemos de rezar por difuntos no católicos


La Iglesia Católica enseña que no debemos de rezar por difuntos no católicos

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Es un dogma que no hay salvación fuera de la Iglesia católica. Todos los que mueren como no católicos van al infierno. Por lo tanto, no se pueden ofrecer oraciones por las personas que mueren como no católicas. Si una persona fue una no católica o una hereje durante su vida, a menos que haya evidencia de una conversión a la verdadera fe en el fuero externo, se considera que la persona murió como hubo vivido (esto es, como una no católica y fuera de la Iglesia). Por consiguiente, no se pueden ofreceroraciones por una persona que, según la última evidencia disponible, fue una no católica o una hereje,  con la esperanza de que hubiera una conversión de esa persona en sus días finales. Solamente se pueden ofrecer oraciones por las personas que murieron con la verdadera fe. Aquí hay unas citas que reiteran la enseñanza de la Iglesia de que los católicos no pueden rezar por (o considerarlos entre los fieles difuntos) aquellos que mueren como no católicos o sin la verdadera fe.
Papa San Gregorio Magno, Morales, Libro 34: “Entonces existe, por lo tanto, la misma razón para no orar por los hombres condenados al fuego eterno, como la hay ahora de no orar por el diablo y sus ángeles que están ahora condenados para siempre. Y esta es ahora la razón por la que los hombres santos no oran por los hombres incrédulos e impíos que están muertos; porque los santos no están dispuestos a que el mérito de su oración deba ser reservado, en la presencia del Justo Juez, en beneficio de aquellos que saben que ya están condenados a los tormentos perpetuos”.
Santo Tomás de Aquino, Summa Theologica, Supl., q. 71, a. 5: “San Gregorio dice: ‘Es una misma la causa de por qué no se ore entonces, a saber, después del juicio, por los hombres condenados al fuego eterno, que la de ahora no se ruegue por el diablo y sus ángeles, deputados al eterno suplicio. Y aun la misma por la que ahora los santos no recen por los finados infieles e impíos; porque, conociendo cierto que ya están condenados a la pena eterna, no tendría acogida en presencia del justo juez el mérito de su oración’”.
Santo Tomás también cita a San Agustín, que enseñó lo mismo:
Santo Tomás de Aquino, Summa Theologica, Supl., q. 71, a. 5: “Dice San Agustín: ‘A los que mueren sin la fe que obra por el amor y sin sus sacramentos, en vano se le ofrecen sufragios [oraciones] por sus parientes’. Pero en este caso están todos los condenados. Luego, no les aprovechan los sufragios”.
Al articular este principio, (esto es, que la oración solo puede ofrecerse por aquellos que han muerto como verdaderos cristianos, no por herejes ni por los no católicos), el Papa San Gregorio II también dice que no se permiten las ofrendas por aquellos que mueren como verdaderos cristianos (esto es, los católicos) pero en un claro estado de pecado. De este modo, para orar por un difunto, él o ella debieron haber poseído la verdadera fe católica y no morir en pecado mortal.
Papa San Gregorio II (circa 731 d.C.): “Pides consejo acerca de si es lícito hacer ofrendas por los muertos. La enseñanza de la Iglesia es esta – que todo hombre debe hacer ofrendas por aquellos que murieron como verdaderos cristianos [católicos]… Pero no se le permite hacerlo por aquellos que mueren en estado de pecado, incluso si fueran cristianos”.
En la siguiente cita, San Francisco Javier habla de un corsario pagano que murió en su barco. Él dice que “por su propia mano [él] lanzó su alma en el infierno”, y repite el principio de que las oraciones no deben ser ofrecidas por las personas que mueren fuera de la verdadera fe.

San Francisco Javier, 5 de noviembre de 1549: “El corsario que comandaba nuestro barco murió aquí en Cagoxim. Él hizo su trabajo para nosotros, en total, como queríamos… Él mismo escogió morir en sus propias supersticiones; ni siquiera nos dejó el poder de recompensarle por la bondad que pudiéramos hacerle después de la muerte a los otros amigos que mueren en la profesión de la fe cristiana, encomendando sus almas a Dios, porque el pobre hombre por su propia mano lanzó su alma en el infierno, donde no hay ninguna redención”.

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